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Narrativa: cuentos: Los imitadores
Enviado el Monday, 02 December a las 22:29:33 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Anónimo escribió "

La señora Zulema Ezcurra, modista preferida de las damas de la Sociedad Filantrópica de Belgrano –agrupación de la que, por cierto, nadie sabe todavía cuáles son sus fines en los seis años que lleva desde su formación– comentaba con mi esposa Eugenia y sus amigas las tendencias de la moda de aquel avanzado otoño de 1916.

Las mujeres agradecían el fin de la moda de los cuellos altos que las obligaban a erguir el pescuezo; discutían acerca de la aceptación de la pelerina, prenda que, incorporada a los trajes, eliminaba otros abrigos yuxtapuestos; criticaban los atavíos de esas mujeres vestidas como doncellas con faldas anchas y cortas, mostrando las pantorrillas y rematando –en el colmo de la ridiculez– con sombreros hasta la nariz.

Yo escuchaba, a mi pesar –pues mi estudio estaba siendo remodelado– desde un rincón de la sala mientras leía en La Nación las noticias que llegaban desde Francia. ¡Qué época extraña la nuestra! Mientras en cualquier lugar del mundo las damas más distinguidas cotejaban telas y diseños, un enfrentamiento cruel, como ninguno antes hubo, se desarrollaba en el centro de la civilización; el hombre veía espigarse a la técnica y la ciencia desbordaba todo límite, al tiempo que, en los bazares se ofrecían la piedra imán para mejorar la suerte de los que aspiran gozar de los dones de la vida, la faja eléctrica del doctor Sanden contra la ciática, las medallas Mascota contra la jetta y el libro Un gran plan astral –bonito y temerario título– que prometía abrir las puertas de la salud, la fortuna y la felicidad; la señorial vestimenta y la más elegante circunspección disimulaban el odio y las pasiones, que desenfadaban sus señales cada vez más abiertamente; los oligarcas y propietarios veían crecer en su entorno el reclamo de los sindicatos y del socialismo, junto con la aparición del sufragio libre, individual y secreto; el velo de los vestidos mal ocultaba un premonitorio desahogo femenino que el arte anunciaba con sus preferencias por los pechos descubiertos y las posturas insinuantes. Las mujeres de ese tiempo eran –salvo las de la Sociedad Filantrópica– osadas, ingeniosas y activas –valga como ejemplo la mención de Emmeline Pankhurst que encabezó un vehemente movimiento por el voto femenino en Gran Bretaña– frente a hombres perdidos, enlutados en sus trajes ceremoniosos con expresión marmórea, como si quisieran adelantar la pose final que los inmortalizaría, escondiendo su sensibilidad detrás de sus bigotes engomados, respingados y profusos. Recuerdo que esa tarde, entre tés, masitas y comentarios farandulescos, las damas reunidas en mi casa de la calle Vértiz se referían a la presencia en Montevideo de Miss Ruth Rouse en la Universidad de Mujeres donde disertó acerca de la incorporación progresiva de la mujer a las casas de altos estudios en Inglaterra, Suiza, Extremo Oriente, Rusia y Grecia. Algo estaba pasando en el planeta, algo ocurría ante nuestros ojos distraídos que nos vencía y avanzaba a un ritmo mayor que el de las agujas del reloj, el mundo estaba cambiando.

Antes de retirarse, las damas en cuestión me saludaron una por una con refinada distinción, amabilidad que me correspondía recibir por ser el abogado más solicitado de Palermo y zonas vecinas, el nombre del doctor Augusto Neumann era entonces afamado, incluso entre sus enemigos, aunque el título de “cuervo liberal” era el mote más difundido por el que éstos me reconocían.

Mi esposa hizo las valijas esa noche para marcharse a la mañana siguiente junto a mi hijo Mariano rumbo a Córdoba, algunas cuestiones pendientes me obligaban a postergar una semana mi partida y el comienzo de mis ya muy retrasadas vacaciones, ciertamente en el verano me había sido imposible rumbear hacia la costa por exceso de trabajo. Sabía que estarían bien en compañía de mis primos y de mi tío Eulogio, en la estancia propiedad de éste, cerca de Río Tercero. Recuerdo que esa noche, después de cenar, conversamos en nuestro cuarto acerca de algunos asuntos: buscar la “parejita” –tanto Eugenia como yo coincidíamos en que es mejor que un niño se anime a compartir sus cosas y perder algo de ese egoísmo natural de todo ser humano–; una posible mudanza –Eugenia se sentía perdida en una casa tan grande como aquella, por más que dos mucamas y un jardinero fueran una obligada, aunque lejana, compañía discreta–; el futuro del recién electo gobierno radical con el que mi esposa simpatizaba. Recuerdo también que acarició levemente mi frente donde sobresalía cada vez más –debido al obstinado éxodo capilar– una pequeña cicatriz como invocación de un entrevero en la época de Uriburu, todo por defender a ese bandido de Benavídez que, en mi juventud dislocada, sabía comprarnos con unas ginebras y el verso prometedor de una banca que beneficiaría a sus seguidores del Abasto cuando triunfara la “causa”. Lejos habían quedado esas historias, me ofende rememorarlas igual que ese signo frontal cuyo origen siempre he modificado.

Acompañé a Eugenia y a Marianito a tomar el tren de las 8.00, luego Cipriano, nuestro chofer, me llevó a mi oficina de la calle Paraguay. En el camino pensé lo contentos que se pondrían los parientes al ver al nene con dos años rozagantes y al oír sus primeras expresiones claras.



Al llegar noté que la señorita Florencia, mi secretaria, había cambiado su peinado, el cual lucía un poco más alto, sólo por galantería sentí obligación de alabar esa innovación. Ella primero pareció sorprendida, quizás porque nunca fue mi hábito ponderar su apariencia –en parte porque no me gusta dar confianza a mis empleados y en parte porque realmente su vestimenta y arreglos normalmente le agregaban veinte años a su ya marchita figura y, a decir verdad, el nuevo peinado tampoco colaboraba en agraciarla–, pero luego devolvió con gentil agradecimiento mi elogio.

Esa tarde recibí en mi despacho al señor Juan Carlos Zárate, representante de una comisión de vecinos de la calle Entre Ríos. Esta era la cuarta vez que me visitaba por el tema del contrato de pavimentación de esa calle, algunos cándidos creen que el progreso es posible sin corrupción. Yo francamente estaba en contra de sus reclamos pero los clientes siempre tienen la razón. Lo notable de ese encuentro fue que el señor Zárate parecía bastante poco informado del estado de la protesta ante la Municipalidad que yo llevaba adelante, escuchó mis explicaciones como si fuera la primera vez que las atendiera, llegué a sospechar que el hombre había sufrido algún tipo de pérdida de la memoria. Este fue el primer hecho realmente extraño que viví en esos días.

Por la noche cené en un restaurant de la avenida Santa Fe con un grupo de médicos del Hospital Británico que impulsaban la creación de una sala con el nombre de Edith Cavell. Resultó ser una velada más adecuada para mi esposa y sus supuestas obras de beneficencia, de todos modos consideré conveniente establecer buenos vínculos con otro tipo de cuervos, que bien podrían calificarse en este caso de “blancos”. Entre ellos se encontraba el doctor Andrés Villaverde, viejo conocido de la familia, había atendido a mi madre en su trance final. Lo noté mucho más obeso que la última vez, se lo comenté pero no le dio importancia a su peso, sin embargo, no dejaba de llamarme la atención el crecimiento de su abdomen, al punto que me hablaba tan retirado de la mesa, a causa de su barriga, que me costaba oír su voz, además, por otra parte, ésta sonaba mucho más aflautada y tenue de lo acostumbrado. Un golpe fuerte sufrió mi confianza cuando, al día siguiente, apareció en mi oficina el ingeniero Félix Carlos Ribeiro, conocido miembro de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Habitualmente era un muchacho bien compuesto, sereno, de digno y seguro andar, ese día se presentó ante mí con un cambio tal en su personalidad que llegué a pensar en pedirle sus documentos. Para empezar el tal Ribeiro, quien sostenía un litigio con una compañía constructora, llevaba un andar menos solemne y mucho más cadencioso –como si bailara esa danza portuaria y orillera llamada “tango”–, su desparpajo al hablar y su novedosa incivilidad al sentarse no eran propias de un profesional de su talla. Me confesó, para mi sorpresa mayor, haber decidido cambiar de religión, comentaba haber encontrado la verdad en el budismo y algo así como el zen. Lo atendí con disgusto y rápidamente, la señorita Florencia y yo no salíamos de nuestro desconcierto por el cambio en tal personaje.

Algo parecido me sucedió con la señorita María Cristina Unzué. La misma llegó dos días después del anterior episodio y observé un rictus distinto en su rostro, como si algo le hubiese sucedido a esa jovial muchacha que sostenía un juicio por daños y perjuicios –y con razón– contra un peluquero de zona norte. Generalmente era de buen talante, agradable, de conversación ágil y atractiva, en esta oportunidad demostraba una aspereza notable, un sarcasmo desconocido en su voz y una mirada mudada en añoranza. También me pareció que esos ojos nunca habían sido tan azules, en realidad la recordaba con ojos marrones. Le pregunté si se sentía mal o algo la inquietaba y me respondió que todo estaba bien, yo insistí diciéndole que la notaba algo rara y casi con desdén me contestó que debían ser mis impresiones.

Me pareció demasiado curioso que se me presentaran tantos signos de cambios en personas conocidas cuyo carácter y hasta aspecto físico, estaba yo seguro de que habían sufrido alteraciones.

Esa noche, al volver a casa, imaginé la más extravagante idea que pudo haberme asaltado. Como en una novela de ciencia ficción pensé que los personajes reales habían sido sustituidos por otros, muy similares, parecidos, pero no idénticos, de manera que algunos de los detalles identificatorios escapaban al reemplazante y su caracterización quedaba así al descubierto. Me parecieron juegos de mi mente ociosa sin la compañía habitual de mis seres queridos, sí indudablemente extrañaba a Eugenia y Marianito.

Al día siguiente la absurda hipótesis comenzó a transformarse en amenazadora realidad. Cipriano, el buen amigo de la familia y hábil conductor, realizó un par de maniobras inusualmente incompetentes en el viaje hacia mi lugar de trabajo. Fui clemente con su impericia, al bajar lo miré para hacerle un comentario y noté algo llamativo, al sacarse la gorra para peinarse con sus gruesos dedos. Vi que había encanecido de golpe, nunca lo había visto así, cambié mi primera intención y lo interrogué por el notable color de su cabello. Él respondió con una risita –otro detalle novedoso pues nunca lo había visto sonreír– que esas canas las tenía desde hacía veinte años. ¡Qué ridículo, nada menos veraz! Yo conocía bien su nuca y nunca había notado esa blancura, si bien es cierto que no es ese sector el más incriminador del encanecimiento.

Por un momento sentí un sacudimiento que no cesó hasta que pude retomar el ritmo habitual de trabajo. Una nueva sorpresa me esperaba en el bar de la esquina. Allí me tenía que encontrar al mediodía con mi colega y amigo Ricardo Pinedo. No me importaron los gestos novedosos, algo mucho más evidente me había atrapado de Ricardo ese día, cierto matiz inédito en su persona. Mientras hablaba, noté una pronunciación distinta en sus palabras, una especie de gangosidad y dificultad notoria para la pronunciación de las “erre” definitivamente desconocidas en él, otrora brillante orador de dicción límpida y espléndida. No recuerdo ni de qué hablamos, sólo sé que no volví a la oficina, me refugié en mi casa temeroso reflexionando en un rincón opaco en mi estupidez y en esa sensación de miedo que alteraba mi ánimo.

Al día siguiente debía partir hacia la estancia bien temprano y así lo hice sin poder sacar de mi mente esa especie de preocupación malsana. Era verdaderamente sombría la insinuación de una inexplicable confabulación que nos estaba cercando con imitadores torpes, incompetentes falsarios, reemplazantes sutiles pero imperfectos que dejaban entrever su adulteración en el detalle, en el fragmento o elemento, evidenciando la ausencia inapelable de precisión de toda transcripción fallida. ¿Cuál podría ser el motivo de semejante patraña? ¿Quién o quiénes serían los beneficiados de tan ingrato propósito? Eran estos pensamientos un verdadero insulto al intelecto, como lo son todas las obsesiones. Sin embargo, me encontraba irremediablemente invadido por aquellas ideas y por el pánico que engendraban en mi alma.

Anhelaba que los aires campestres, los paisajes mansos y los cielos amplios me ayudaran a higienizar mi geografía mental atiborrada de ese creciente embrollo que genera la ciudad moderna con sus tranvías, sus automóviles frenéticos, y los tiempos siempre cortos que obligan a apurar los pasos lentos del pasado. El viaje en tren me permitió un desmedido incremento de la fantasía, en mis fábulas llegué a inquietarme grandemente con la posibilidad de que ese plan macabro de impostores llegara a tomar a mis propios familiares. ¿Qué sería de mí en tal caso? ¿Qué podría hacer yo en un mundo sin Eugenia y Marianito?

El tío Eulogio me recibió mate en mano, mis primos Enrique y Francisco estaban trabajando en el campo. Volver a ver a mi esposa y mi hijo fue para mí una gran alivio.

Todo se desarrolló con la esperada mansedumbre y quietud de la campiña en aquel primer día de mi llegada. La bondad de mis primos y mi tío hicieron el resto para que, entre los sembradíos que recorrimos antes de caer el sol, gozara de una paz rara, casi de otro mundo. Eugenia estaba más linda que nunca, por cierto, la ciudad enturbiaba su belleza, a cielo claro, a plena luz solar, brillaba como un diamante, en el crepúsculo fue una luna nueva. ¡Cuánto la amé esa noche!

Poco duró tanto sosiego interior, al día siguiente apareció lo que tanto temía, un ribete de mi amenazadora desconfianza. Durante la cena Eugenia hizo un comentario desfavorable y sin fundamento dirigido hacia el nuevo presidente. Le llamé la atención acerca de su antigua adhesión a la causa radical y me respondió con severidad que no podría esperarse un buen gobierno de aquellos que habían sido conspiradores fuera del poder. Semejante convencimiento nunca antes habían tenido sus opiniones políticas. Los demás integrantes de la mesa –a excepción de mi hijo que ya encontrará su tiempo para esta clase de polémicas– mi tío, mis primos y la prometida de Enrique –que a la sazón se hallaba presente–, convenían con semejante aseveración. Preferí guardarme mis palabras, no porque difiriera en mi parecer, sino para evitar una discusión con mi propia esposa ante terceros acerca de semejante mudanza en sus convicciones.

Luego, a solas en nuestra habitación, le recordé a Eugenia sus dichos, intentando renovar el diálogo sobre el tema político. Ella ignoró mis palabras con evasivas y pasó llanamente a otras cuestiones en las que había estado pensando en los días previos a mi llegada. Me confesó que la idea de buscar otro hijo ya no la seducía, más pañales, más preocupaciones infantiles, menos vida propia. En cambio, estaba decidida a militar en un partido político, nada menos que en el socialismo. En los pocos días de su pausa cordobesa había leído en los periódicos acerca del atentado sufrido por el doctor Juan B. Justo mientras se dirigía a la redacción de La Vanguardia, este hecho la había conducido a reflexionar en los postulados que éste sustentaba (las reivindicaciones obreras y una justa legislación laboral) y reconocía en él a un hombre de noble talla y consideraba una digna misión acompañar sus propuestas.

Era evidente que el campo había producido su efecto en Eugenia, al punto de resultar casi una nueva mujer ante mí, creí, por un momento, desconocer a aquella muchacha rubia y menuda, de aire apocado y carácter estable, sin más intereses que los hogareños, que conocí en aquel baile del Club Feminista Radical de la cuarta circunscripción realizado en el salón Mariano Moreno de la calle Santiago del Estero. Curiosamente, de aquella entidad reflotaba Eugenia cierto adormecido deseo de participación ciudadana, al tiempo que rechazaba su original adhesión política a ese círculo. No pude evitar recordar que aquel salón había dado nombre a nuestro primogénito.

Nada podría haberme turbado más que este insinuante y aterrador pensamiento, el que mi propia esposa hubiera sido reemplazada por una vil estafadora. Aquella que fuera mi pasión juvenil, mi descanso maduro, mi comprensiva compañera y amorosa madre de mi hijo no parecía ser la misma que estaba tendida a mi lado, osadamente semidesnuda.

Semejante estremecimiento no me permitía pensar con la claridad habitual, algo tenía que hacer para interceptar el avieso desenvolvimiento de los hechos, pero antes debía estar totalmente seguro, no podía cometer un error por apresuramiento u obnubilación en una cuestión tan grave. Imaginé mil formas de confirmar fehacientemente, con la fuerza probatoria de un testigo clave, la sustitución de mi amada esposa. En un rapto de lucidez consideré aquel rastro que deja la personalidad impresa en la firma, ese conjunto de garabatos particulares e insustituibles que sirve de garantía, en cualquier transacción comercial o en cualquier trámite legal, de la persona física, de ese humano y carnal individuo que no existe para la ley sino transformado en rasgo, marca, abreviatura, letra y tinta seca. ¿Por qué no efectuar el camino inverso legalmente incuestionable, y, así, desde la rúbrica yerta a la viviente alma verificar su adecuación o su discrepancia? Con este fuerte propósito le pedí a Eugenia, la mañana siguiente, como al descuido, antes de salir mis primos y yo a revisar unos animales, que me firmara un cheque de su cuenta bancaria –tuve que fingir ante ella el olvido de mi propia chequera, cosa que me perturbó hacer pues jamás le había mentido antes– que enviaría por correo para pagar el importe de unos aranceles judiciales que había olvidado dejar a mi secretaria. Ella accedió impávidamente –no podía suponer mi pretexto–, me dijo que más tarde cumpliría con mi pedido.

Al volver al casco, me mostré confiado y sereno. Después de almorzar anuncié mi deseo de cumplir con la bucólica costumbre de la siesta, Eugenia, en cambio decidió dar un paseo a caballo, no sin antes anticiparme que me había dejado el cheque ya firmado en nuestro cuarto junto al espejo. Me dirigí hacia él con temblorosos pasos, mis axilas exhalaban su húmeda impaciencia. Como frente al terror mismo me encontré de pronto frente a la puerta de la habitación, la abrí lentamente retardando lo que, intuía iba a convertirse en la más penosa escena de mi vida. Me dirigí hacia la repisa de mármol que coronaba ese lustroso y sólido mueble, ahí se encontraba la chequera de mi esposa. Yo conocía perfectamente su firma, la había visto muchas veces, podría describirla trazo a trazo; la gran E inicial, el ángulo de la perfecta cursiva que se lucía en su segundo nombre, Magdalena, podía imaginar la suavidad de la pluma acariciando el papel dibujando su apellido, Castiglione y, finalmente, ese adorno inferior de derecha a izquierda dibujando graciosamente un tirabuzón como dejando el vestigio de un viento arremolinado. Revisé las hojas de la chequera, ninguna estaba firmada, por un momento mi confusión tranquilizó mi ahogo, alargando el suspenso. De pronto, al alzar la cabeza vi enganchado en el marco del espejo el cheque firmado a la altura de mi cara. Fue entonces el momento preciso en que los relojes murieron, quedó muda la tarde, los torrentes se secaron, las azucenas hedieron, todo lo vivo se transformó en carroña. Ante mí estaba la prueba irrefutable de la más tremenda revelación. Pulida y tersa, pareja y monótona, ausente de huellas, virgen de relieves, así lucía mi frente en el espejo, omitiendo todo indicio.

Todo estaba cambiando, para bien o para mal. Y yo ¿dónde me encontraba? "

 
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Re: Los imitadores (Puntuación 1)
por marwinri el Friday, 27 December a las 21:07:25
Hay un uso de la palabra a nivel orfebre. Que gusto leer semejante lenguaje!!!!! Y no menos para la información con la que tejes magistralmente la historia. Que elegancia de narración! Que manera de hacer sentir una revolución…
Todo cambia no? Aunque casi no lo notemos
Verdaderamente fui transportada al escenario del relato, me sentí como él, igual de desorientada pero con menos esperanzas.





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