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Narrativa: cuentos: Mi primera relato publicado en esta página. Carta a Sophie
Enviado el Wednesday, 17 July a las 18:02:49 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Benjami escribió "

Lo sé, Sophie, lo sé. Parece que no hay razones para mi abulia, para mi hastío, para mi resignada desesperación. Pero sí las hay. En el fondo, sí. No puedo entrar en el Salón del Tiempo, el salón de los relojes de Albert. Es ésta razón suficiente para justificar las pocas ganas de vivir que me quedan. Sé que he estado atada toda mi vida a esos malditos relojes; sé que han encarcelado mi espíritu durante muchos, muchísimos años. Pero compréndeme. O tal vez mejor, recuerda la nota que escribió antes de suicidarse: "Mis relojes, Madelaine, mis relojes. Que no se pare el tiempo. Eternízalo, te lo ruego." Palabras dañinas, sí, pero sus palabras, las únicas que he tenido durante toda mi vida. Las únicas palabras que he digerido, las únicas que me han perfilado. Entiéndeme, Sophie, entiéndeme.


Todavía no sé por qué, pero no puedo abrir la puerta del salón de los relojes. Tengo la llave aquí, en mi mano, pero no me sirve para nada, es imposible abrir la puerta con ella. Lo he intentado cientos de veces. Entra perfectamente en la cerradura, incluso puedo girarla con facilidad. Pero nada más. Empujo con todas mis fuerzas, pero su resistencia es feroz, tremenda. No puedo. Sabes que la puerta es grandísima, pesada, pero siempre he podido abrirla, aunque reconozco que algunas veces me ha costado una eternidad. Lo he intentado por todos los medios: probando con la copia de la llave, forzando la cerradura... en momentos de desesperación, me he enfrascado con ella a golpes de martillo. Pero todos estos intentos han sido inútiles. Impasible, inmóvil, densa, imperturbable, la puerta del Salón del Tiempo sigue sin poder abrirse.

Tal vez, Sophie, los relojes han querido independizarse, darse cuerda ellos mismos -ojalá fuese así, ojalá-. O quien sabe, tal vez estén jugando conmigo y, cuando intento abrir la puerta, ellos se colocan al otro lado y me lo impiden. Pero no, no puede ser. Albert se encargó de cuidarlos y mimarlos durante toda su vida, y sé por experiencia que cuando se trata a un reloj con cariño y se le ofrece dedicación plena, nunca intentará vivir solitariamente. Es más, todo lo contrario: cuando no se le atienda con esmero, será capaz de llevar a cabo las mayores atrocidades. Lo sé, y tal vez por ello algunas veces siento miedo. Aunque espero que no sean intransigentes conmigo. No es que yo no quiera darles cuerda; es que no puedo abrir la puerta.

Los relojes, Sophie, los relojes de Albert. A estas alturas, pasadas ya varias semanas desde la última vez que los cuidé, han tenido que pararse todos menos dos, o quizá tres, no sé. Poco a poco habrán dejado de marcar las horas, los minutos, los segundos. Estarán agonizando los últimos, muertos casi todos, pues un reloj que no marca el tiempo no es ya un reloj, es un cadáver. Eso sí, perecerán con elegancia y exactitud, pues Albert lo dejó todo atado y bien atado. Según su edad, irán falleciendo todos y cada uno de ellos. Primero, los más viejos; después, los de mediana edad, y así hasta el más joven. Es lógico, pues cuánto más antiguos son, más atenciones requiere. Pasa como con nosotros: los viejos necesitan más atención que los mozuelos. Tienen más vida gastada, y cada segundo de lo que les resta tiene que ser cuidado al más mínimo detalle.

También habrán comenzado a agonizar los relojes de arena, esos que últimamente odio tanto. No sé por qué, Sophie, pues al principio, cuando comencé a vivir con Albert, eran los que más me gustaban. Pasaba mucho tiempo viendo cómo caía la arena, lentamente, de un cono a otro. Era para mí un espectáculo maravilloso. Pero con el paso del tiempo, comencé a sentir verdadera repugnancia hacia ellos. Sentía como si la arena penetrara en mi cuerpo y empantanara toda mi sangre, secándome casi por completo -la sequedad, Sophie, esa sequedad que amargamente saboreo día tras día-.

Te comprendo, comprendo todas las dudas que acerca de mi situación esbozas en tu última carta. No entiendes la razón de mi obsesión por los relojes de Albert. Te confieso que yo tampoco la entiendo muy bien. Tan sólo puedo decirte que, cuando decidí vivir con él, no pensé que su afición por esas maquinitas tan monótonas y mecánicas se convertiría en mi pesadilla, en mi tortura, en la razón de mi no vivir. No sabía de antemano que toda mi vida la pasaría aquí, donde estoy sentada ahora mismo, en mi pequeña salita sin ventanas, cerca del salón de los relojes en el que Albert pasaba horas y horas (Sí, Sophie, horas y horas, incluso días y días. Supongo que te he repetido esto ya miles de veces, pero entiéndeme, mi vida fue, es y será una repetición).

Una vez por semana, los miércoles, Albert reclamaba mi atención para recordar cómo había que girar adecuadamente los relojes de arena y cuál era el funcionamiento de los nuevos clocks británicos. Después de la lección semanal, volvía de nuevo a mi salita. Podía permanecer allí con él, en el Salón del Tiempo. No me lo impedía. Pero era demasiado doloroso verlo absorto en sus manecillas, en sus agujas, en sus péndulos. -únicamente en sus relojes, Sophie, únicamente absorto en sus relojes; nunca se quedó absorto conmigo-.

Tampoco entiendo muy bien por qué elegí a Albert y no a otro hombre. Tal vez por su extrañeza (esa extrañeza que tanto me gustaba de joven, tú lo sabes), tal vez por mis ansias de experimentar sensaciones nuevas, o tal vez porque lo quería. Aunque algunas veces pienso que si decidí vivir con él fue por mi compasión. De todos los hombres que conocí, Albert fue el único digno de mi casi santa beneficencia. Me daba pena verlo tan solo, tan alejado de los demás, con la sola ocupación de sus relojes. Y en el fondo, un gran hombre, porque Albert era un gran hombre, Sophie. Su grandeza nunca pudo expresarla, ni siquiera conmigo. Quizá por eso se suicidó, quizá... aunque esto tan sólo lo pienso algunas veces. No le des mucha importancia.

Me consolaba un poco saber que había situaciones peores que la mía. Albert tan sólo me pedía que le dejara tranquilo con sus tan amados relojitos. Yo, mientras tanto, podía hacer todo lo que quisiera: leer, dar una vuelta por la calle principal del pueblo, divertirme, escribirte estas cartas... incluso pienso que podría haberme enamorado de otro hombre y seguir a la vez con él. No le habría importado; él tan sólo se preocupaba por sus relojes. Incluso me habría dejado su cama para acostarme con mi amante. Únicamente me habría pedido que los sábados, a las once y media de la noche, como todos los sábados, entrara en su Salón, me desnudara poco a poco, e hiciera el amor con él, no para satisfacerme, ni para satisfacerse él mismo, sino para no romper la armonía trazada por su delicada -o delirante- razón cronométrica. Cuando el reloj de pared situado encima del escritorio marcara las doce, su arena seca sería vertida en el interior de mis entrañas. Después, todo volvería a su estado natural: él allí, en su Salón del Tiempo; yo aquí, en mi salita sin ventanas.

Pero no, nunca pude enamorarme de otra persona. Cuando me di cuenta de la situación en la que estaba inmersa, ya era demasiado tarde; Madelaine era tan sólo un reloj más de la colección de Albert, una pieza más de su museo. El único reloj consciente, sí, pero tan sólo de su destino fatal. Yo dependía tanto de Albert como sus relojes dependían de él. Y sigo dependiendo. La diferencia entre ellos y yo estribaba tan sólo en que el reloj Madelaine, cuando Albert desapareciera, haría las veces de relojero. Nada más.
Pero basta de recuerdos, todo esto ya lo sabes tú bien. Ahora tan sólo me preocupan los relojes, Sophie, los relojes de Albert que están pereciendo en estos instantes.

Cierto es que, como me comentas en tu última carta, puedo aprovechar la situación para librarme de una vez por todas de estos esclavos de Cronos, éstos que han marcado el rumbo y el destino de mi vida. Ahora que no puedo darles cuerda, que no puedo seguir alimentando su movimiento imparable; ahora que desaparecen, que se borran de mi vista, puedo olvidarlos y dedicarme a otras cosas. Pero, ¿a qué otras cosas, Sophie, a qué otras? Tan sólo sé cuidar relojes de cuerda y de arena. Sí, sé que puedes decirme que también sé escribirte cartas, por ejemplo. Pero si lees todas las que te he enviado hasta ahora, (que son muchas, muchísimas, tantas como ratos de desesperación he padecido en mi vida) todas tratan del mismo tema: los relojes de Albert. En algunas te he descrito cómo era su Salón; en otras, cuál era la relación de Albert con sus hijos de madera (sí, sus hijos, y de madera). En algunas otras, eso sí, he recordado la infancia y la juventud que tú y yo pasamos juntas, pero mi intención no era otra que intentar olvidarme tan sólo un momento de los relojes, evadirme de la situación tan horrorosa en la que me encontraba -olvido y evasión imposibles, pues yo, al igual que ellos, tan sólo marcaba el tiempo-. Todas han tenido que ver con los relojes, todas. No sé hacer otra cosa: tan sólo hablar de relojes, de relojes y de más relojes. Yo también soy una esclava de Cronos, Shopie.

Siempre he terminado mis cartas diciéndote que no podía seguir escribiendo, pues tenía que, o bien atender a las necesidades de Albert, o bien las de mis peculiares ahijados. Tal vez pienses ahora que, una vez que han desaparecido de mi vida todos -Albert incluido, tal vez desgraciadamente-, el final de mis cartas será distinto. Pero no, te equivocas. Mis cartas, si es que sigo escribiéndote cartas, continuarán empapadas de instantes, inundadas de tic-tacs, embadurnadas en arena ardiente. Nada puede separarme de la relojería, o lo que es lo mismo, nada puede separarme de la desdichada condición que los relojes y yo compartimos; la desdichada condición del tiempo, que pasa, sin más.

Ahora mismo, en el momento en el que escribo estas líneas, siento que el último reloj del Salón del Tiempo, el más joven, acaba de pararse, acaba de expirar. Tal vez ahora, si me acerco a la puerta, podré abrirla con facilidad, con tan sólo un empujoncito leve. Seguramente pueda entrar en su mundo y hacer las veces de redentora milagrosa, devolviendo la vida a todos y cada uno de ellos. Mas no tiene sentido alguno darle cuerda a relojes muertos. Se han parado, y con su descanso se ha terminado el tiempo. El último deseo de Albert se ha visto frustrado. Me veo en la obligación desgraciada de terminar con todo esto de una vez por todas. Ya no tengo relojes, ya no tengo tiempo. El Salón del tiempo es un cementerio. Fuera, en una salita sin ventanas, tan sólo sobrevive un reloj que, pacientemente, espera su último segundo. Un reloj que únicamente vivía para darle cuerda a los demás. Vida rutinaria, vacía, mugrienta, pero vida a fin de cuentas. A partir de ahora, Sophie, tan sólo puedo mirar al infinito, consumirme, y esperar con paciencia el decisivo instante de mi muerte, el descenso a los infiernos del último granito de mi corazón de arena.
"

 
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