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Narrativa: cuentos: Nieva donde nunca llovió
Enviado el Tuesday, 09 July a las 18:04:20 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Anónimo escribió " Nieva donde nunca llovió

Abría los sobrecillos de azúcar con la hermosa delicadeza de una doncella de tiempos lejanos. Los regó en el café sin preocupaciones y revolvió la taza del líquido como ejerciendo un acto natural, común.
Se lo llevó a la boca, lo probó e inmediatamente lo rechazó, en el presciso instante en que el labio inferior comenzaba a sonrojarse.

-Mierda, que caliente está.
Recordó a su madre y sus vicios y a las monjas y su impaciencia terrible y concluyó mientras se enfriaba el café, que su infancia había sido inútil.


Desde la calle, abajo, llegaba el bullicio jubiloso que sólo provoca la victoria, llegaban las coplas de canciones inventadas a la consecuencia del presente, llegaban botas militares bañadas en betún resonando como cañones tapados y el ritmo gordo del trombón y la dureza de los tambores con estrellas blancas en los costados.
Veía a hombres que alzaban una bandera extranjera mientras bebían de una cerveza local,
mujeres que eran traidas a la fuerza por sus esposos que decían saber lo que acontecía, y escuchaba también los chillidos persistentes de bebés que habrían tiempo después de rebelarse ante esta tierra seca y oscura donde nevaba cuando nunca había llovido.
Bebió a lentos sorbos el café que ya estaba tibio y luego se fue a bañar y al salir no reconoció las huellas de su presencia en la casa, que parecía haber cambiado con los gritos de los todavía abajo presentes.
Se vistió rápido, mas olvidó regarse el desodorante y apenas se peinó cuando miró al reloj italiano que marcaba sin ton ni son las nueve y cuarenta y cinco de la mañana del lunes quince de agosto.
Se le hacía tarde para el trabajo así que caminó velozmente, sin embargo esto no bastó para que no reconociera en el cielo la peste gris que cada vez cubría más los amarillos y los colores claros del trópico, y el ambiente más hostil, y las gentes de ojos pálidos, y las flores que perdían tristemente el aroma a verano y la brillantez de la miel escondida detrás de los pétalos.

Treinta años atrás el país era gobernado por Francisco de la Santa Fe Quiñones Acevedo Pereira y Quevedo, un nombre muy corto para tanta grandeza.
En aquellos tiempos decían que la vida era muy barata y el arroz más limpio.
Hacían guerra con otros países y siempre las ganaban, pero nunca conquistaron
porque concideraban a la libertad como un principio de cada hombre y de cada nación, sólo lo hacían por diversión extraña, por pasión al arte, por jugar.
Las fincas era fructíferas, los montes de tomates llenos de plantaciones que crecían sin medida y la idea de un cambio era muy remota.
Se comían buenos plátanos, siempre maduros, y la malanga y la yuca alcanzaron su mayor internacionalización.
Ese año ganaron tres competencias de fútbol y dos de campo traviesa y además fundaron la barriada El Cafetal, dedicada en su totalidad a la producción cafetalera.
Era una bella Pax Romana sin Julio Cesar ni Augustos.
Los rosales y las gardenias y mágnolias mostraban un exotismo afrodisíaco y los astros en las noches claras sin nubes, brillaban de manera preciosa y aparecían nuevas constelaciones a las que llamaban con nombres propios en su mayoría Franciscos, Quiñones o Pereiras Quevedos.
Armando Mejía acababa de cumplir en marzo diecisiete años y ya salía con una joven de su misma edad que siempre vestía al pelo suelto y una dulzura como de bisabuela en sillón de madera y respaldar de guano.
Se llamaba María y era muy pobre. Sus padres eran descendientes de indios de la región que en vez de extinguirse cuando la colonización, decidieron mezclarse. Vivía en la orilla derecha de un lago de mangles, en una casa con techo de cajas donde guardaban los comerciantes monturas para caballos y botas de cuero mejicanas, las paredes eran suaves y ligeras como el talco y habían dibujos de familiares o acontecimientos de importancia en la estirpe.
Un sólo cuarto donde dormía la madre y la hermana menor, mientras que en la sala, junto a los dibujos, dormía el padre en un catre de rayas verdes y blancas y en otro canapé descansó todas las noches hasta unos meses después de cumplir los diecisiete años, María y su segunda hermana que era menor que ella y de las tres, la del medio.
Para Armando llegar hasta la casa en la orilla derecha del lago de mangles, debía atravesar una playa pedragosa y sucia que se extendía dos kilómetros y luego nadar por el lago calmado y despacio y lleno de mierda por veinte minutos más, por eso al llegar al
hogar de su novia, siempre tenía que acudir el padre a bañarlo atrás de la casa con dos cubos rojos y una esponja verde y por esto siempre dejaba en el cuarto de la madre y la hermana menor, un calzoncillo, un pantalón y una camisa limpia.
Pero aquel enrredo, aquellas largas tardes de aventuras en el lago y en la playa para ver a la novia, llegaron a su fín unas semanas después de aquel domingo en que arrivó
Armando a la casa de la amada María y los padres y hermanas de esta habían salido y quien tuvo que bañarlo atrás de la casucha fue ella, que perdió el control y perdió la vista y el resto de los sentidos y los dos cubos y la esponja no sirvieron de nada porque la peste los unía y los llamaba con un silbido bajito y la mierda se mezcló en los dos cuerpos que se revolvían en el lodo y en la poca yerba del sitio y la inmundicia era hermosa y ambos se unieron y ambos se ligaron como lo hicieron los antepasados de ella muchos años antes y Francisco de la Santa Fe Quiñones Acevedo Pereira y Quevedo y todos sus logros se olvidaron por unos instantes de lindos sentimientos y un sinsonte y un colibrí los vigilaban desde el aire que se hacía más puro y a la vez cargado.

María se embarazó e instantaneamente fue botada de la casa en el mangle y fue a vivir a un convento de monjas con mal humor, porque Armando había sido encarcelado por causas desconocidas y no pudo conocer la noticia.
Allí nació, entre jardines interiores y puertas de adornos raros, el fruto de aquel amor que culminó en el fango, rodeados por desperdicios y un deleite consumido con agresividad inexperta y fuerza animal.
Era varón, de brazos gordos y manos amplias, ojos claros y piel débil. Pocos años después desarrolló una pasión eufórica por el café y los sobrecillos de azúcar, de los que se convirtió en un abridor profesional.
Aquel fue el primer hijo de los dos que tendría María.

María dió nacimiento también a una complicada y turbulenta relación amorosa con el padre Rogelio Angel Pesadumbre.
Ambos se conocieron en el convento una tarde en que la cúspide del sol no era anaranjada y él, que era menor que ella, hizo volar a tres palomas de pintas negras a su lado con sólo un ligero movimiento de dedos.
De vez en cuando le hacía un festival de palomas para enardecer la prescencia de María y ella lentamente encantada le escribía versos en las noches en que el hijo dormía pacivo.
La relación alcanzó dos años que fueron hermosos y donde la vida era el hijo, Rogelio, poemas, madrugadas de quieros infinitos y palomas con pintas negras que danzaban en el aire con un ritmo sincronizado.

Una noche, asustadiza y nerviosa, María marchó del convento, sola en todo el sentido de la palabra.
Viajó el continente Sudamericano y su cabello fue famoso en muchas tavernas, teatros y parques, mientras que una barriga crecía a paso apresurado.
Una tarde en que la cúspide del sol no era otra vez anaranjada, respiró por primera ocación el turbio aire del mundo el segundo hijo varón de María, al que llamó Román en honor a la tranquila Pax Romana que se disfrutaba en el país, y era de cuerpo menudo y hermosa cara de príncipe y de ojos claros y piel débil como el hermano.

Treinta años después. Había terminado el trabajo y eran las cinco y media de la tarde con crepúsculo fulminante, y aunque llegó retrasado en la mañana a la oficina, nadie notó la entrada tardía.
El desfile de ciudadanos y los gritos y tambores todavía continuaban en las calles y avenidas principales cuando se decidió a visitar un bar que frecuentaba, a tomar
irónicamente, café.
Estaba sentado afuera, rodeado por helechos y otras yerbas, en una mesa de sombrilla blanca en el tope donde muchas noches de semana discutía en una bohemia casi literaria,
con amigos inmigrantes, temas generales.
El paisaje le acordó al París que tanto deseaba visitar y del que mucho había leído y sintió una nostalgia comprensible y natural.
Sabía que tenía un hermano menor que se llamaba Román y que debía estar en algún lugar que desconocía. En realidad, esto no mucho le importaba.
Rememoró los años en el convento y la pre infancia que recordaba enteramente; María y el padre Rogelio, que un tiempo después también se había largado de aquel lugar adornado por tantos recuerdos que corrían por las raíces de las paredes como aguas de río atormentado, las palomas, las canciones de la madre para que se durmiera y el persistente movimiento del lápiz con que ella escribía los ardientes y devotos versos al enamorado.
Odiaba aquel tiempo.
Bebió los restos del café y pagó la cuenta; al salir a la calle las diminutas ráfagas de luces que quedaban del día habían desaparecido y las tinieblas rondaban por todo el firmamento y se tiraban de bruces sobre las nubes como gatos sin hogar, como luciérnagas en la ciudad, y llegó a odiar más aún al hermano que nunca vió y a la madre que lo abandonó cobardemente.
Se retorcía con cada paso y caminaba con los puños cerrados.
La noche era normal, la luna era nueva y veía pocas estrellas.
Fue a la casa de un amigo y no estaba, luego fue hasta la pieza de la novia y tampoco la encontró. Le escribió en un trozo de papel amarillo, que había estado allí, que quería verla y que la amaba y entonces lo introdujo debajo de la puerta.

En su apartamento, en el segundo piso de un edificio gótico, se bañó otra vez, se cortó las uñas de los pies y cenó pescado de ayer con arroz blanco y plátanos.
Le gustaba imaginar los cambios que le haría al lugar si dispusiera de más dinero y así lo hizo esa noche.
Pintaría dos columnas que habían en la entrada del cuarto de un verde aguacate y arrancaría la cáscara vieja y áspera del techo. Cambiaría las losas y arreglaría los inconvenientes de plomería en el baño. Quitaría las paredes comidas por el comején y pondría nuevas, de las holandesas que ahora traen al país. Le gustaría encontrar una muñeca de porcelana alemana que tan de moda están entre la aristocracia contemporanea y si le sobraba dinero, compraría un auto japonés del año.

Luego del peculiar juego de los pobres y los que nada tienen, se sentó en el amplio y antiguo butacón de la sala que producía un calor intenso que atacaba todo el cuerpo como una culebra india y desde ahí encendió el radio que estaba a su lado y escuchó enseguida un tango de tonadas bajas y suspiros fugaces que entrecortaban la melodía, y lo bailó sentado, con un movimiento certero y experimentado del tronco y los ojos cerrados que seguían el ritmo preciosamente conmovedor.
Se terminó la música y se adueñó de la emisora una voz peligrosa con sonido de mala noticia que explicó el festejo masivo en la Plaza Central para celebrar la entrada triunfal de los de arriba y la gran concurrencia que había olvidado el natalicio aquel día de un libertador nacional para ir a verlos.
Supo pués que allá estaban el amigo que fue a buscar y la novia que no encontró y que lo había traicionado con ideales falsos a los suyos.
Se sintió mal y se asqueó de su persona y de su nombre.
Apagó el radio con una rápida rotación al pedestal que encendía al aparato, fue al baño, se miró en el espejo y notó que hacía días que no se afeitaba. Se mojó la cara y los ojos y se secó con la toalla azul nueva que había comprado.
Se dirigió más calmado a la cocina y comenzó a preparar el tercer café y por un instante pensó que ese era su mejor amigo y su mejor antídoto ante todo lo malo.
Con la taza llena, se sentó en una silla blanca y plástica que guardaba en el balcón, miró alrededor y quedó encantado con el silencio que era muy íntimo e inmaculado.
Comenzó a beber y le chocó en el rostro una brisa espesa que olía a mar distante.
Entonces se cagó en su madre que se acostaba con un cura y también se cagó con un odio y una rabia desconocida en el hermano extraviado con nombre de ciudad europea, en la novia traicionera y en el amigo, se cagó con la misma fuerza en el pueblo y en los invasores y en su propia bandera de revolucionario. En una breve tregua a las maldiciones, se apaciguó hasta que repentinamente se cagó en él y en su impotencia.
Después de unos minutos el silencio volvió a dominar cuando llegó desde lejos el duro doblar de las campanas y mientras tomaba tranquilo y apacible el último buche del
oscuro líquido, concluyó con resignación de que nevaba sobre el suelo que nunca había visto llover.


David de la Cruz , Laredo, junio 2002
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