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Ensayos: El Principado de Nicaragua y la República Incipiente
Enviado el Monday, 06 October a las 14:27:25 por Artnovela

Filosofía irreden escribió "

Nicaragua ante la encrucijada de la libertad.

EL PRINCIPADO DE
NICARAGUA
Y LA REPUBLICA
INCIPIENTE




En algún lugar del mundo, Julio de 2003
Por un Republicano Incipiente

Quandoque populus vult decipit, decipiatur.
Cardinal Carafa, de la Inquisición Española.
.
Quiere el autor mostrar en este escrito, brevemente pero en el estilo clásico de la demostración renacentista, que hasta la fecha Nicaragua no ha sido una república, ni en el sentido antiguo de la Serenísima República de Venecia, ni en el moderno de la burocrática pero estable Costa Rica vecina, sino un principado, en el sentido básico de aquellos que florecieron en la Italia del 500 y del 600, y que la comprensión de los males que la aquejan solo cabe en ese contexto, considerando por lo demás a la historia presente como un primer ensayo o el comienzo, aún tímido, de transición de un tipo y formación de estado hacía el otro, tan considerablemente distinto. Nicaragua es una república incipiente. Como señalara Marx en su tiempo, la verdad observable es que ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas formas sociales antes de que las condiciones para su existencia hayan madurado en el seno de la sociedad precedente. Y por eso, añade, “la humanidad únicamente se propone los objetivos que puede alcanzar. “

Dedico este esfuerzo a la generación contemporánea de Nicaragua, a la juventud capaz de proponerse y alcanzar el glorioso objetivo de liberar a nuestro pobre y atribulado país de la barbarie que aún reina en su seno.




I. De la diferencia entre el principado moderno y la república

“Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia.” Pericles, citado por Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso.

En una república la cosa (res) es pública, asunto de todos los ciudadanos, y las consideraciones que todos ejercen para cada quien tienen por objetivo el aumento del bienestar general y la salvaguardia de las libertades publicas. En un principado la cosa gira en torno a los intereses privados del príncipe o caudillo, y las consideraciones que éste puede mostrar en favor de la nación o de sus allegados, tienen por objetivo último y exclusivo la consolidación de su poder.

En una república la experiencia común se conoce como pólis, y la política se reconoce en la idea de la libertad, aún cuando concretamente esta última pueda aparecer escasa o diversamente maniatada. En el principado solo es valida la experiencia del legibus solus, (el legislador solitario) y la única libertad reconocida es la del príncipe ejerciéndose soberanamente sobre sus súbditos. En la república, lo sean o no, todos son considerados libres; en el principado solo uno es libre.

Se ha dicho con mucho acierto que la política es “el arte de lo posible”, o sea el arte de dirimir con la contingencia, con el fárrago incontenible de lo que sucede, la suerte, fortuna o destino que nos ha tocado, nos guste o no. Pero no es contradictorio –aunque menos cínico--considerarla como la participación voluntaria del ciudadano en la vida cotidiana de su pólis. En una república esta participación es la raison d’être de cada ciudadano. Alentarla al más alto nivel es de importancia capital, pues es necesaria para presentarle un frente común a los desplantes de la fortuna. En un principado solo algunos y, en casos extremos, napoleónicos, sólo uno enfrenta la aventura de estos desplantes. En la república se legitima la lucha común de la ciudadanía contra la endiablada fortuna, y a esto se le llama política. En un principado, el caudillo es el héroe individual que enfrenta solo a la fortuna, con sus terrores y sus dones, y así adquiere fama de ser un gran hombre político.



II. Nicaragua nunca ha sido una república


Afirmo que Nicaragua nunca ha sido una república, pese a que bajo tal denominación se la conozca a partir de la Independencia. Afirmo que Nicaragua, hasta el gobierno de Arnoldo Alemán incluso, ha sido un principado moderno. Este principado no es esencialmente distinto al antiguo, magistralmente descrito por Maquiavelo en el 600. Como aquel, este principado puede ser ya sea hereditario, tal el que Anastasio “Tachito” Somoza recibiera de su padre, o nuevo, tal el ultimo establecido en fecha, por Arnoldo Alemán. Puede haber sido ganado mediante una oportuna combinación de fuerza y astucia, tal el de Anastasio “Tacho” Somoza, o ser más bien un resultado de la simple fortuna: la coyuntura histórica prestándose ciegamente a una resolución afortunada a favor del contendiente más visible y menos comprometido con los gobernantes inmediatamente precedentes, los cuales se habían vuelto sinónimos en la conciencia de la población, a todos los males recién padecidos. Este fue el caso de Alemán.

Los condottieri nicaragüenses, que el pueblo ha llamado “caudillos” (del latín cauda, cabeza), y que como sus homólogos italianos son personas que surgen durante períodos de grandes turbulencias y que se convierten en dirigentes, Nicaragua los ha padecido incluso desde antes de su independencia formal (1838), bajo la corona española, cuando descendientes diversos de la raza ibérica se disputaban como alacranes la gobernación y la usura del país, y a cada turno de manera más sangrienta y más venenosa para la emergente ciudadanía.

Los esfuerzos intelectuales por encontrar una filiación republicana anterior al presente son mal dirigidos porque en general escogen ignorar que tal filiación fue escasa (sino espuria), incluso en las mentes de los que pretendieron encarnarla. Me refiero por supuesto a la denominada Republica Conservadora, la de los “Treinta anos”, la misma que culminara –extinguiéndose-- en la revolución liberal protagonizada por el apoteósico Máximo Caudillo y Soldado de la Revolución, José Santos Zelaya, quien con igual entereza cultivaba el poder, el café y el progreso. Se estima que este primer ensayo republicano fracasó porque el café no supo o no pudo desplazar los intereses del partido ganadero (léase: liberales leoneses), porque la paz en la política iba aunada al estancamiento en la economía, o aún debido a la infame traición de Roberto Sacasa, etc. Pero la verdad es que, por una parte, y al igual que en casi todas las repúblicas de aquellos tiempos, en ésta sólo los propietarios podían participar efectivamente de la cosa pública, por lo que no puede hablarse aún de república en el sentido lato sino a lo sumo de otra máscara del ejercicio oligárquico vigente hasta entonces. Y por otra, escasamente puede hablarse de “cosa” en un conglomerado social tan diluido que apenas sumaba el 4 o 5% de la población actual (2003).

No queremos restarle importancia a la Constitución del 58, a los esfuerzos bipartidistas de la coalición Conservadora, o a las innovaciones y primicias políticas únicas que esta frágil alianza lograra establecer –¡o cuán efímeramente!—en la incipiente sociedad. Pero cabe señalar que esta importancia fue de índole sobretodo simbólica, y que su límite real fue prontamente alcanzado y rebasado por la procacidad Sacasista. Este impudor reanudaba tanto más fácilmente con su sangriento pasado que este pasado no había sido en realidad borrado del territorio nacional, sino tan solo momentánea e ilusoriamente detenido en el curso multitudinario del manantial de irredentismo surgido de esa caja de Pandora que se llamó Independencia, que fue, como de la suya dijera Bolívar en 1830, “el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”.



III. De cómo la falta del hábito de vivir en libertad fue la nodriza del principado nicaragüense


En verdad el único medio seguro de apoderarse de una ciudad acostumbrada a vivir en libertad es destruirla. Maquiavelo, El Príncipe.

Si los nicaragüenses hubiesen conocido desde antes la dulzura orgullosa de la libertad, acaso ningún príncipe o caudillo hubiese logrado descollar en su medio, o imponerse por las armas. Pero el país, que todavía a mediados del siglo pasado no osaba llamarse nación, había sido conquistado en la sangre y el fuego, sus habitantes naturales aniquilados o exilados, sus nuevos pobladores reducidos y sometidos al arbitrio, la desidia, la importunidad y la vanidad de la corona española, la cual veía en ellos tan solo la oportunidad de la rapiña implacable. Muy temprano se acostumbraron sus habitantes al yugo y al látigo del amo, por lo que no resultó difícil seguir dominándolos luego. Gran fama alcanzaron sus primeros gobernantes por sus logros de crueldad y extrema rapacidad. Luego, su desatino parece haber arraigado tan sólidamente en el ánimo de los que les siguieron, que ulteriormente un historiador dio en considerarles los promotores de un “destino manifiesto de desesperanza”, dentro del cual la vida de todos y cada uno se convertía en un nefasto episodio de “sangrienta insignificancia”. Y antes de él, otro historiador más sutil había ya descubierto la designación lapidaria de este pueblo: “El País de los Irredentos”.


IV. De cómo la barbarie principesca fue inevitable

De tal palo, tal astilla. Fundada en el oprobio, Nicaragua, como un tango, salió del sórdido barril buscando el cielo. Pero la época del tanteo fue oscura, y larga la noche en que lloró su inocencia perdida. La lección central de ese devaneo histórico es que el príncipe resultó un mal menor que la caída fatal en la seductora anarquía. Es preciso recordar que los estados surgidos repentinamente son como esas otras cosas naturales que han nacido y crecido demasiado rápidamente: “no pueden poseer las raíces necesarias, con todas sus ramificaciones, y a la primer borrasca se derrumban”. En otras palabras, las circunstancias inmediatamente posteriores a la independencia resultaron idóneas para que ahí y entonces surgieran precisamente estos aventureros sedientos de poder y de gloria. Es naturaleza del caudillo aprovechar la ocasión, sin la cual de nada hubieran valido sus méritos. Pero también es cierto que “sin sus méritos, era inútil que la ocasión se presentara”. Y sin su llegada y su desbrozada es muy posible que estuviéremos todavía, Cleto contra Crisanto, dándonos de bastones, desorejándonos o desnarigándonos, y viceversa. La primer diferencia del príncipe es que concentra la violencia y la crueldad en una persona, en vez de que éstas sean hechos de muchos y provincia de nadie. Luego estas se encauzan, según las luces del jefe, hacía el bien o hacía el mal general. Sea como sea, el caudillo empuña y estruje la nacionalidad, la manosea y la talla a su antojo, pero la mantiene. Si es innovador, forma estado y crea primicias institucionales. Y más tarde, en la dialéctica de la lucha social, estas primicias pueden florecer en leyes, constituciones, costumbres ciudadanas. Si no logra crear, inevitablemente cae en la corrupción, que es el final. Sus herederos tratarán de mantenerse en la corrupción, pero corto resultará su reinado, y amarga la senda del odio popular que los derribará.




V. De las dificultades que enfrenta la república incipiente

Aunque “todo, con el tiempo, llega”, no es necesario que los pueblos aprendan más temprano que tarde. Muchos siguen y acaso seguirán sumidos en la oscurana prehistórica favorecida por el tiranuelo o troglodita de turno. El País de los Irredentos ha tenido la suerte de una historia reciente iluminada por un arco de experiencia único: del príncipe creador al príncipe heredero, y de este al partido único; del capitalismo corrompido de hacienda al socialismo de estado autoritario e insolvente, seguido por una versión renovada del principado estatal corrupto. Las lecciones naturales de estas desbastadas son múltiples, pero pueden resumirse de manera sucinta:

Ni se han dado ni se han creado, hasta la fecha, el partido y la forma de estado adecuados a las aspiraciones libertarias de la nación.

Este vaivén dialéctico conduce al presente: la república incipiente. Las dificultades de esta virgen histórica son incontables, pues no solo vienen sumadas del pasado reciente, pero además el pueblo duda y sospecha de todo, y especialmente de lo que baja desde la cumbre del estado, causa de todos los estragos y vejaciones que ha sufrido en los últimos doscientos anos. Este escepticismo todo lo dificulta, pues nadie quiere creer que la virtud pueda alojarse o quepa en lo alto, mientras desde lo alto, la misma virtud se atolla fácilmente en las luchas internecinas contra los corruptos que a toda costa deben impedir su ascenso, que para ellos es el comienzo de su fin.

Quiero ahora contrariar a los economistas de todo pelo y alcurnia, opinando sin ambigüedad que el principal subdesarrollo de nuestra nación no es de índole económica. El principal subdesarrollo es de orden histórico, esencialmente cultural, o sea político en el sentido estricto. Son las condiciones de la conciencia histórica, tal cual se plasma en la vida social concreta, las que inducen nuestro retraso. Mientras no salgamos del subdesarrollo de la formación de estado y de las estructuras mentales codificadas en torno a un caudillo, tampoco nacerá la republica, y no podrá darse en el país una real ciudadanía, es decir una nación seriamente investida y ocupada en su propia polis. Porque la república no es una ideología, sino una idea: la idea (aparentemente tan subversiva) de que es posible, concretamente, el vivir civilmente (el vivere civile de los renacentistas italianos), el dirimir los asuntos públicos de manera sensata (con todas las disensiones permitidas, y estimulados los apasionados debates de opiniones) y además pública (con la participación abierta de todos los que lo deseen).

En tal sentido el Alemanismo es la última rezagada, el último subdesarrollo de la conciencia histórica nicaragüense, pues condensa en su raíz la fuente del gran malestar político que aun persiste en la sociedad civil. El Alemanismo es la última versión del caudillismo que ha asediado, hostigado e impedido el desarrollo genuino de nuestra nacionalidad posible. En ese contexto es lamentable y odioso el espectáculo ofrecido por senadores y otros miembros supuestamente serios del estado y de la sociedad civil, cuando no solo apoyan el Alemanismo, sino además lo presentan como una alternativa real a la salida de las crisis presentes. Es también altamente significativo, pues implica que una parte importante de la clase política nicaragüense aún participa de ese subdesarrollo de la conciencia histórica, todavía se encuentra más acá de la idea republicana, atrapada en la prehistoria política nicaragüense. Seria un error trágico no darle toda la importancia que merece a este resabio del antiguo caudillismo: en tanto reúne a todos los trogloditas políticos, el Alemanismo es por el momento el obstáculo más grave para la incipiente república y tendrá que ser resuelto de una vez por todas, porque es parte del problema, pero no de su solución, porque representa el vestigio de todo lo que Nicaragua deberá dejar atrás si quiere ser república, y porque su desaparición marcará el primer paso moderno dado por los nicaragüenses para salir de la barbarie política.


VI. Exhortación a retomar Nicaragua y a liberarla de la barbarie

“Nada hay más difícil de emprender, más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de manejar, que el instaurar nuevas leyes; pues el innovador enemista a todos aquellos que el antiguo orden favorecía, mientras resultan ser tibios defensores los que se beneficiarán con el nuevo.” Nicolás Maquiavelo, El Príncipe.

En base a todas las anteriores consideraciones me pregunto si las circunstancias presentes de Nicaragua son favorables al establecimiento de una república genuina: indivisa, libre y suficientemente orgullosa de su libertad para defenderla incluso contra sus propios caudillos. Me convenzo de que la servidumbre reciente bajo los caudillos sandinistas y Alemanistas, durante las cuales los nicaragüenses sufrieron toda clase de vejaciones, privaciones materiales, discriminaciones sociales, persecuciones políticas, hostilidades ideológicas, censuras a su derecho a expresarse libremente, confiscaciones, encarcelamientos y torturas, bastaron para fundar ese sentimiento de injuria y perjuicio profundos que acaso logre animar a la población, no solo a tomar las riendas del burro ciego, sino a retirarlo de la circulación de una vez por todas, poniendo en su lugar a un representante digno de nuestra Primera República. Y así llegamos a la interrogante esencial del momento presente: ¿es el gobierno y el estado presidido por Enrique Bolaños Geyer un representante a la altura de esta dignidad? Acaso sea demasiado temprano para afirmarlo rotundamente. Pero una cosa es cierta: Bolanos evoca y contiene la promesa republicana porque no es, ni quiere convertirse en un caudillo. Dos señalamientos esenciales apuntan en esta dirección: Enrique Bolaños no posee esa ambición de enriquecimiento personal, que tanto ha motivado a nuestros antiguos caudillos, ni se le conoce ambición política mas allá del deseo de merecer la gloria cívica de haber luchado por instaurar la Primer República nicaragüense. Consecuentemente, los únicos defectos que la historia le imputará serán los de su propia cosecha y que le obstaculicen esta búsqueda. Y sus dos enemigos históricos son el caudillismo que se prolonga en el alemanismo ya señalado por una parte, y por la otra, el irredentismo enraizado de tantos nicaragüenses. Y pronto se verá que estos dos males van de la mano, y que deberán perecer juntos, pues no habrá quién no reconozca que la resolución del irredentismo solo puede surgir de la disolución del alemanismo. En primer lugar, la república incipiente contra el alemanismo no puede vacilar. Pues mientras con más firmeza alce la mano ejecutiva, más pronto darán fruto las semillas legislativas contra la totalidad presente y futura de la corrupción institucionalizada, y más grande será el respeto de la ciudadanía hacia sus gestores y progenitores, “pues nada honra tanto a un hombre que se acaba de elevar al poder como las nuevas leyes y las nuevas instituciones ideadas por él, que si están bien cimentadas y llevan algo grande en sí mismas, lo hacen digno de respeto y admiración”. Y luego, fuera de que este respeto en sí mismo conlleva ya la refutación interna de la desidia cívica que invadió la mentalidad nicaragüense a partir del derrumbe moral del sandinismo, también para contrarrestar ese irredentismo, debe observarse que en el territorio, como del suyo dijera en su tiempo el augusto Florentino que nos ha servido de Virgilio a todo lo largo de este escrito, “hay disposición favorable; y donde hay disposición favorable no puede haber grandes dificultades”.

Por todas estas razones, y por otras que son demasiado obvias y necesarias, al celo ciudadano de la república incipiente nos encomendamos, y bajo las órdenes de la cosa pública –que ahora es posible, que ahora clama por nuestro cuidado y nuestro empeño-- nos enlistamos, dispuestos a desbrozar el camino que haga falta, y a iluminar con los faroles ardientes de nuestro ánimo libertario lo que aun quede por recorrer de la noche de los caudillos. Y no dudamos que nos seguirán muchos, y hasta todos eventualmente. Porque a Nicaragua no le faltan hijos dispuestos a demostrar su virtud y el ardor eterno que hacía su patria les anima, empujándoles a mejorar su condición y a realzar su gloria en el firmamento de las naciones del mundo civilizado. Y sólo así podrá cumplirse el dicho del poeta, según el cual

Contra el furor la virtud
Tomará las armas, y corto será el combate,
Pues el antiguo coraje
Aún no se extingue en el corazón de los nicaragüenses.

* * *

Hecho en algún lugar del mundo


"

 
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