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    El tiempo, la eternidad y el sentido común
    Amelia Gutierrez
    vamosandando@sinectis.com.ar


    “La locura es la fuente de la sabiduría” es el temerario comienzo de El nacimiento de la filosofía, de Giorgio Colli. Basándose en la tesis nietzscheana de El nacimiento de la tragedia rastrea el nacimiento de la sabiduría que da origen, a su vez, a ese amor a la sabiduría que es la filosofía.

    Apolo es el dios de la palabra y el conocimiento, Dionisos el de la inmediatez de la vida. En Delfos se obtiene conocimiento sobre el futuro del hombre, a través de la palabra –oscura- del dios, inspirada a la profetisa mediante una locura o “manía”. Dionisos se relaciona con los misterios de Eleusis: en el éxtasis mistérico se alcanza la visión mística despojándose completamente de las condiciones individuales, es decir, el sujeto que conoce no se distingue del objeto conocido. Y lo que estas formas de la locura -o de la magia, o de la poesía - tienen en común es el desligarse de las formas de la percepción y del entendimiento: el espacio y el tiempo. Y desligarse del espacio y el tiempo es acceder a la eternidad.

    Es inconcebible –es una locura- la inexistencia del espacio y del tiempo: es una locura la eternidad. Dice San Agustín: Es claro que de existir un alma dotada de tal ciencia y presciencia que conociera las cosas pasadas y futuras sería sobremanera admirable. Nos dejaría estupefactos y horrorizados ante el pensamiento de que nada de la historia del pasado ni de lo que ha de suceder en los siglos venideros se le oculta. Pero –dice ahora Borges, en su Historia de la eternidad- negar la eternidad, suponer la vasta aniquilación de los años cargados de ciudades, de ríos y de júbilos, no es menos increíble que imaginar su total salvamento. Ya Agustín había advertido que la identidad personal reside en la memoria. Borges aventura: Cabe pensar lo mismo del universo. Sin una eternidad, sin un espejo delicado y secreto de lo que pasó por las almas, la historia universal es tiempo perdido, y en ella nuestra historia personal –lo cual nos afantasma incómodamente.



    Concebir la eternidad es imposible, sin embargo los intentos de explicación del tiempo parecen imponerla: Agustín, que hereda la eternidad de la tradición neoplatónica, sabe que las cosas del mundo no se crearon a sí mismas, que el creador tiene que estar necesariamente fuera de lo creado, y por eso entiende que Dios está fuera del espacio y del tiempo. Conjetura que la eternidad -esa presencia simultánea de todos los instantes- de algún modo, fundamenta el tiempo: en el Timeo de Platón el tiempo es imagen móvil de la eternidad. De qué manera, es algo que se ignora tanto como el procedimiento que usan las cosas para participar de las Formas. Borges imagina una “fundamentación” psicológica o emocional: Lo genérico, dice, puede ser más intenso que lo concreto. Lo genérico prima sobre los rasgos individuales, que se toleran en gracia de lo anterior. Recuerda haber sentido algún interés, estando en el campo, por los hombres mateando y la vasta extensión de tierra. Pero cuando se enteró de que esa tierra era la “Pampa”, y que esos hombres eran “gauchos”, su alegría fue terrible (yo recuerdo haber tolerado rasgos individuales de hombres porque eran el “Hombre”). Agustín dice: Yo me he consumido en el tiempo, cuyo orden desconozco. Y, con mayor patetismo aún: Mis pensamientos –lo más íntimo de mi alma- se ven despedazados por la tumultuosa multitud de variedades, hasta que me funda en ti (en Dios), purificado y derretido en el fuego de tu amor.



    De las experiencias de abolición del tiempo subjetivo, dos parecen las formas posibles: vivir varios instantes como si fueran uno solo, o vivir un solo instante como si fuera varios. Ambas necesitan o presuponen alguna forma de la locura o la enajenación, y dan como resultado la noción del tiempo como ilusión. La primera de estas formas está presentada admirablemente en La montaña mágica de Thomas Mann (admirablemente porque la novela es a la vez una explicación y un ejemplo): La “acción” transcurre en un centro de descanso, en una montaña que el autor califica deliberadamente de mágica: parece estar fuera del tiempo. Los días apenas difieren unos de otros, en virtud de la rutina implacable que se impone a los pacientes. Y en esa monotonía persistente la vivencia del tiempo amenaza perderse. La monotonía acelera y abrevia vastas extensiones de tiempo hasta reducirlas a la nada, proporcionando una representación enfermiza del tiempo, una somnolencia, o, al menos, un debilitamiento de la conciencia del tiempo. Verdad es que se trata de una locura modesta, pero innegable. Una película de Harold Ramis, El día de la marmota (aquí, con ese curioso criterio que prefiere los nombres pomposos o, en todo caso, distintos del original, se llama Hechizo del tiempo) propone otro camino para esta primera forma: la abolición de la memoria inmediata. El tiempo sólo existe para el único personaje que recuerda el pasado.



    De la segunda, más feliz, aparece un ejemplo en Sentirse en muerte de Borges. Es, según sus palabras, una experiencia demasiado irrazonable y sentimental para calificarla de pensamiento. Habla de una noche serena en que decidió pasearse sin rumbo fijo. La necesaria alteración de conciencia se insinúa desde el comienzo: la tarde que precedió a esa noche ya había sido extraña, llega a las todavía misteriosas inmediaciones del barrio de su infancia, lugar vecino y mitológico a un tiempo. Esas casas penúltimas son para él el revés de lo conocido, su espalda. Ya está el entorno propicio a la ensoñación, a la magia. A continuación, el estado psíquico y físico: Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. Y, entonces, la experiencia: Pensé, con seguridad en voz alta –(otro síntoma no diré de locura, pero sí de algo que se le parece)- Esto es lo mismo de hace treinta años... Y el pensamiento se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad.



    La reflexión sobre la naturaleza del tiempo en el libro once de las Confesiones de Agustín también nos acerca a la paradoja: puede hacer pensar que el tiempo no existe en absoluto o que existe apenas y de un modo harto oscuro: Lo claro y evidente, dice Agustín, es que no existe el futuro ni el pasado. Y el presente (y todas las cosas que existen, existen en el presente) carece de extensión. El tiempo fluye desde el futuro, pasando por el presente y perdiéndose en el pasado. El tiempo que medimos viene de lo que ya no existe, pasa por lo que no tiene duración y se dirige hacia lo que ya no es. ¿Cómo, entonces, lo medimos? Y ¿Qué es eso que medimos? ¿Podemos decir con propiedad que existe el tiempo, hecho como está de cosas que no existen? Agustín resuelve estas dificultades cuando, en lugar de hacer del tiempo algo externo, lo radica en el alma. Memoria, espera y atención existen indudablemente, otorgando realidad -y continuidad- al puro devenir fragmentado e inasible.



    Para Mann y para Borges el tiempo subjetivo, porque es interno o psicológico -y porque es posible percibir alguna vez un instante del aparente presente y otro del aparente pasado como si fueran uno y el mismo- es una ilusión. Para Agustín, precisamente porque es interno, porque está en el alma, es real. Ninguna de estas interpretaciones, sin embargo, da cuenta de la coincidencia en la forma de percepción del tiempo en más de un individuo. No carecen de ingenio los artificios que los hombres han ideado para explicar este fenómeno: Malebranche declaró que Dios constantemente hace coincidir el mundo con las percepciones de los hombres. Leibnitz, escandalizado por el derroche que suponía este milagro perpetuo, propuso el milagro más modesto de la “armonía preestablecida”.



    ¿Así, entonces, debemos concluir que el hombre en un arrebato de locura inventa la eternidad, luego -olvidando que él la inventó- cree en ella y finalmente se ve obligado a idear toda clase de artificios para explicársela, porque no la entiende? Quizá la locura existe para que los hombres tengan qué pensar.



    Albert Einstein, en lo que podríamos llamar el extremo opuesto a la locura, esto es, en la cima de la razón humana, de niño no lograba insertarse en la forma de pensar normal. Definía el sentido común como “nada más que un conjunto de prejuicios recogidos en la mente antes de la edad de dieciocho años”. Basándose en algunas fórmulas matemáticas deducidas veinte años antes para describir el comportamiento de la onda electromagnética, construyó en poco tiempo toda la teoría de la relatividad, demoliendo el concepto del espacio y el tiempo. Su mente había nacido diferente, y quizá por esto pudo intuir una forma de existir tan fuera de toda categoría mental. Las fórmulas habían estado ahí por veinte años, y nadie las había interpretado: evidentemente, Einsten tenía una mente genial, pero no es del todo inverosímil que la fuerza de los prejuicios hayan contribuido a la miopía del resto de los científicos.



    Podríamos concluir que, aunque la propuesta de Colli es excesiva, algo hay en ella. Para la adquisición (la invención) del conocimiento no es necesaria –ni siquiera tolerable- la locura, la verdadera locura. Pero sí parece ser necesaria una particular disposición de la mente y de los sentidos. El arte, la exaltación mística, la abstracción matemática pueden propiciarla.



    *Nota (musical): He observado que las aproximaciones al problema del tiempo suelen ser ocasión de alguna reflexión sobre la música. Frank Zappa (músico casi filósofo) declaró que la finalidad de su obra era “decorar el tiempo”.

    En La montaña mágica un extravagante personaje señala un aspecto incontestablemente moral de la música, a saber: que ella presta al transcurso del tiempo, midiéndolo de un modo particularmente vivo, una realidad, un sentido y un valor. La música despierta el tiempo, nos despierta al disfrute más refinado del tiempo...La música despierta...,y en este sentido es moral..., ética. El arte es moral en la medida en que despierta. Pero ¿qué pasa cuando ocurre lo contrario: cuando entorpece, adormece y contrarresta la actividad y el progreso? También la música puede hacerlo, es decir, ejercer la misma influencia que los estupefacientes. Una influencia diabólica, señores. La droga pertenece al diablo, pues provoca la letargia, el estancamiento, la pasividad, el servilismo... Les aseguro que hay algo inquietante en la música. Sostengo que es de una naturaleza ambigua. No me excedo al calificarla de políticamente sospechosa.

    En El perseguidor de Cortázar el protagonista (un músico de jazz, por otra parte drogadicto, apoyando nuestra teoría de la conciencia alterada) compara el tiempo a una valija: Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces.

    Oscar Wilde, en The critic as artist, advierte que la música nos revela pasados ignorados: After playing Chopin, I feel as if I had been weeping over sins that I had never committed, and mourning over tragedies that where not my own. Music always seems to me to produce that effect. It creates for one a past of which one has been ignorant, and fills one with a sense of sorrows that have been hidden from one´s tears. En esta misma obra Wilde descubre virtudes análogas en la literatura.

    En La penúltima versión de la realidad (otra vez Borges): El espacio es un incidente en el tiempo y no una forma universal de intuición, como impuso Kant. Cita a Spencer, que observó el absurdo de buscar el costado izquierdo o derecho de un sonido. La percepción de la música requiere una sola dimensión: el tiempo.





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