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    Elogio de la ociosidad
    Bertrand Russell
    © Edasa, Barcelona, 1986

    Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu
    del refrán «La ociosidad es la madre de todos los vicios».
    Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dije
    ron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar
    intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi
    conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han ex-
    perimentado una revolución. Creo que se ha trabajado de-
    masiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo
    es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay
    que predicar en los países industriales modernos es algo
    completamente distinto de lo que siempre se ha predi-
    cado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que
    vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes
    de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más pe-
    rezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto
    para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel
    viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfru-
    tan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para
    promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero
    que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes
    de la Asociación Cristiana de Jóvenes emprendan una
    campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si
    es así, no habré vivido en vano.

    Antes de presentar mis propios argumentos en favor
    de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar.
    Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para
    vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo dia-
    rio, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él
    o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca
    a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este ar-
    gumento fuese válido, bastaría con que todos nos man-
    tuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo
    que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre
    suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al
    gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bo-
    cas de los demás como les quita al ganar. El verdadero
    malvado, desde este punto de vista, es el hombre que aho-
    rra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como
    el proverbial campesino francés, es obvio que no genera
    empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos ob-
    via, y se plantean diferentes casos.

    Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con
    los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del
    hecho de que el grueso del gasto público de la mayor par-
    te de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deu-
    das de guerras pasadas o en la preparación de guerras
    futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se
    halla en la misma situación que el malvado de Shakes-
    peare que alquila asesinos. El resultado estricto de los há-
    bitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas
    armadas del estado al que presta sus economías. Resulta
    evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun
    cuando lo gastara en bebida o en juego.

    Pero—se me dirá—el caso es absolutamente distinto
    cuando los ahorros se invierten en empresas industriales.
    Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil,
    se puede admitir. En nuestros días, sin embargo, nadie
    negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto sig-
    nifica que una gran cantidad de trabajo humano, que hu-
    biera podido dedicarse a producir algo susceptible de ser
    disfrutado, se consumió en la fabricación de máquinas
    que, una vez construidas, permanecen paradas y no be-
    nefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus aho-
    rros en un negocio que quiebra, perjudica a los demás
    tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero—digamos—
    en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán—cabe es-
    perarlo—, al tiempo en que se beneficien todos aquellos
    con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el pana-
    dero y el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta—di-
    gamos—en tender rieles para tranvías en un lugar donde
    los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado un con-
    siderable volumen de trabajo por caminos en los que no
    dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca
    por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima
    de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre de-
    rrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le
    despreciará como persona alocada y frívola.

    Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con
    toda seriedad, que la fe en las virtudes del TRABAJO está
    haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el ca-
    mino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una re-
    ducción organizada de aquél.

    Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de tra-
    bajo; la primera: modificar la disposición de la materia
    en, o cerca de, la superficie de la tierra, en relación con
    otra materia dada; la segunda: mandar a otros que lo ha-
    gan. La primera clase de trabajo es desagradable y está
    mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada.
    La segunda clase es susceptible de extenderse indefini-
    damente: no solamente están los que dan órdenes, sino
    también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben
    darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres
    dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto
    se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere
    el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de
    darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y
    escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propa-
    ganda.

    En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una ter-
    cera clase de hambres, más respetada que cualquiera de
    las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la
    propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer que
    otros paguen por el privilegio de que les consienta existir
    y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por
    ello cabría esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente,
    su ociosidad solamente resulta posible gracias a la labo-
    riosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad
    es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo
    último que podrían desear es que otros siguieran su ejem-
    plo.

    Desde el comienzo de la civilización hasta la revolu-
    ción industrial, un hombre podía, por lo general, produ-
    cir, trabajando duramente, poco más de lo imprescindible
    para su propia subsistencia y la de su familia, aun cuando
    su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus
    hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad
    necesaria para ello. El pequeño excedente sobre lo estric-
    tamente necesario no se dejaba en manos de los que lo
    producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los
    sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente;
    los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían re-
    servándose tanto como en otros tiempos, con el resultado
    de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
    Este sistema perduró en Rusia hasta 1917, (2) y todavía per-
    dura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución
    industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras na-
    poleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase
    de los industriales ganó poder. En Norteamérica, el sis-
    tema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde
    sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró
    tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como
    es natural, una huella profunda en los pensamientos y las
    opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos
    por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede
    de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado
    al mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible
    que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerroga-
    t~va de clases privilegiadas poco numerosas, sino un de-
    recho equitativamente repartido en toda la comunidad.
    La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el
    mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.

    Es evidente que, en las comunidades primitivas, los
    campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entre-
    gado el escaso excedente con que subsistían los guerreros
    y los sacerdotes, sino que hubiesen producido menos o
    consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obli-
    gaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente,
    sin embargo, resultó posible inducir a muchos de ellos a
    aceptar una ética según la cual era su deber trabajar in-
    tensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener
    a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la com-
    pulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de go-
    bierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve
    por ciento de los asalariados británicos se sentirían real-
    mente impresionados si se les dijera que el rey no debe
    tener ingresos mayores que los de un trabajador. El con-
    cepto de deber, en términos históricos, ha sido un medio
    utilizado por los poseedores del poder para inducir a los
    demás a vivir para el interés de sus amos más que para
    su propio interés. Por supuesto, los poseedores del poder
    ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las arreglan
    para creer que sus intereses son idénticos a los más gran-
    des intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los
    atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, emplea-
    ban parte de su tiempo libre en hacer una contribución
    permanente a la civilización, que hubiera sido imposible
    bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esen-
    cial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el tra-
    bajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos.
    Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera
    bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica mo-
    derna sería posible distribuir justamente el ocio, sin me-
    noscabo para la civilización.

    La técnica moderna ha hecho posible reducir enor-
    memente la cantidad de trabajo requerida para asegurar
    lo imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evi-
    dente durante la guerra. En aquel tiempo, todos los hom-
    bres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las
    mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos
    los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, en
    hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno re-
    lacionadas con la guerra, fueron apartados de las ocupa-
    ciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de
    bienestar físico entre los asalariados no especializados de
    las naciones aliadas fue más alto que antes y que después.
    La significación de este hecho fue encubierta por las fi-
    nanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si
    el futuro estuviera alimentando al presente. Pero esto,
    desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede
    comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La
    guerra demostró de modo concluyente que la organización
    científica de la producción permite mantener las pobla-
    ciones modernas en un considerable bienestar con sólo
    una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo
    entero. Si la organización científica, que se había conce-
    bido para liberar hombres que lucharan y fabricaran mu-
    niciones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se
    hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hu-
    biera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo
    caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obli-
    gados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir
    de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el tra-
    bajo es un deber, y un hombre no debe recibir salarios
    proporcionados a lo que ha producido, sino proporcio-
    nados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.

    Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en cir-
    constancias completamente distintas de aquellas en las
    que surgió. No es de extrañar que el resultado haya sido
    desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en
    un momento determinado, cierto número de personas tra-
    baja en la manufactura de alfileres. Trabajando—diga-
    mos—ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el
    mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual
    el mismo número de personas puede hacer dos veces el
    número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no
    necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son
    ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno
    más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los
    implicados en la fabricación de alfileres pasarían a tra-
    bajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás con-
    tinuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juz-
    garía desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho
    horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quie-
    bran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados
    en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin
    trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro
    plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente
    ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando dema-
    siado. De este modo, queda asegurado que el inevitable
    tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar
    de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imagi-
    narse algo más insensato?

    La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre
    siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra,
    a principios del siglo x~x, la jornada normal de trabajo
    de un hombre era de quince horas; los niños hacían la
    misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabaja-
    ban doce horas al día. Cuando los entremetidos apunta-
    ron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les di-
    jeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a
    los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de
    que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto,
    fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con
    gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído
    a una anciana duquesa decir: «¿Para qué quieren las fies-
    tas los pobres? Deberían trabajar». Hoy, las gentes son me-
    nos francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de
    gran parte de nuestra confusión económica.

    Consideremos por un momento francamente, sin su-
    perstición, la ética del trabajo. Todo ser humano, nece-
    sariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen
    del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que
    podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagra-
    dable, resulta injusto que un hombre consuma más de lo
    que produce. Por supuesto, puede prestar algún servicio
    en lugar de producir artículos de consumo, como en el
    caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de aportar
    a cambio de su manutención y alojamiento. En esta me-
    dida, el deber de trabajar ha de ser admitido; pero sola-
    mente en esta medida.

    No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades
    modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun
    esta mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aque-
    llos que heredan dinero y todos aquellos que se casan por
    dinero. No creo que el hecho de que se consienta a éstos
    permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho
    de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso
    o que mueran de hambre.

    Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al
    día, alcanzaría para todos y no habría paro—dando por
    supuesta cierta muy moderada cantidad de organización
    sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque están
    convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto
    tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen tra-
    bajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; es-
    tos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del
    tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del
    inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio
    aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras
    desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede
    tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y
    sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob
    admiración por la inutilidad, que en una sociedad aris-
    tocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocra-
    cia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone
    en situación más acorde con el sentido común.

    El sabio empleo del tiempo libre—hemos de admi-
    tirlo—es un producto de la civilización y de la educación.
    Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda
    su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin
    una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se
    ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay
    razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir
    tal privación; solamente un necio ascetismo, generalmente
    vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en can-
    tidades excesivas, ahora que ya no es necesario.

    En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia,
    así como hay mucho muy diferente de la tradicional en-
    señanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cam-
    biado en absoluto. La actitud de las clases gobernantes,
    y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda
    educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es
    casi exactamente la misma que las clases gobernantes de
    todo el mundo han predicado siempre a los llamados po-
    bres honrados. Laboriosidad, sobriedad, buena voluntad
    para trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas,
    inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece; por
    añadidura, la autoridad todavía representa la voluntad
    del Soberano del Universo. Quien, sin embargo, recibe
    ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.

    La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos
    puntos en común con la victoria de las feministas en al-
    gunos otros países. Durante siglos, los hombres han ad-
    mitido la superior santidad de las mujeres, y han conso-
    lado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la san-
    tidad es más deseable que el poder. Al final, las feministas
    decidieron tener las dos cosas, ya que las precursoras de
    entre ellas creían todo lo que los hombres les habían dicho
    acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les
    habían dicho acerca de la inutilidad del poder político.
    Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere
    al trabajo manual. Durante siglos, los ricos y sus merce-
    narios han escrito en elogio del trabajo honrado, han ala-
    bado la vida sencilla, han profesado una religión que en-
    seña que es mucho más probable que vayan al cielo los
    pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer
    creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial
    nobleza en modificar la situación de la materia en el es-
    pacio, tal y como los hombres trataron de hacer creer a
    las mujeres que obtendrían cierta especial nobleza de su
    esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas
    acerca de la excelencia del trabajo manual han sido to-
    madas en serio, con el resultado de que el trabajador ma-
    nual se ve más honrado que nadie. Se hacen lo que, en
    esencia, son llamamientos a la resurrección de la fe, pero
    no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los
    trabajadores de choque necesarios para tareas especiales.
    El trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes,
    y es la base de toda enseñanza ética.

    En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para
    bien. Un país grande, lleno de recursos naturales, espera
    el desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy
    escaso del crédito. En tales circunstancias, el trabajo duro
    es necesario, y cabe suponer que reportará una gran re-
    compensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto
    en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin tra-
    bajar largas horas?

    En Occidente tenemos varias maneras de tratar este
    problema. No aspiramos a la justicia económica; de modo
    que una gran proporción del producto total va a parar a
    manos de una pequeña minoría de la población, muchos
    de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por au-
    sencia de todo control centralizado de la producción, fa-
    bricamos multitud de cosas que no hacen falta. Mante-
    nemos ocioso un alto porcentaje de la población trabaja-
    dora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo
    trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos mé-
    todos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra:
    mandamos a un cierto número de personas a fabricar ex-
    plosivos de alta potencia y a otro número determinado a
    hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos
    de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación
    de todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con
    dificultad, para mantener viva la noción de que el hombre
    medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo
    manual.

    En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al
    control centralizado de la producción, el problema tiene
    que resolverse de forma distinta. La solución racional se-
    ría, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades
    primarias y las comodidades elementales para todos, re-
    ducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una
    votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia
    por más ocio o por más bienes. Pero, habiendo enseñado
    la suprema virtud del trabajo intenso, es difícil ver cómo
    pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que
    haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más pro-
    bable que encuentren continuamente nuevos proyectos en
    nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacri-
    ficarse a la productividad futura. Recientemente he leído
    acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros ru-
    sos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrio-
    nales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo
    largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero ca-
    paz de posponer el bienestar proletario por toda una ge-
    neración, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo
    sería proclamada en los cam~?os helados y entre las tor-
    mentas de nieve del océano Artico. Esto, si sucede, será
    el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso
    como un fin en sí misma, más que como un medio para
    alcanzar un estado de cosas en el cual tal trabajo ya no
    fuera necesario.

    El hecho es que mover materia de un lado a otro, aún-
    que en cierta medida es necesario para nuestra existencia,
    no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida
    humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cual-
    quier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido lleva-
    dos a conclusiones erradas en esta cuestión por dos cau-
    sas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres,
    que ha impulsado a los ricos, durante miles de años, a
    predicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen
    cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra
    es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitar-
    nos en los cambios asombrosamente inteligentes que po-
    demos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de
    esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad
    trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor
    parte de su vida, no es probable que os responda: «Me
    agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy
    dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hom-
    bre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre
    puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo
    exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor
    posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la ma-
    ñana y puedo volver a la labor de la que procede mi con-
    tento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.

    Consideran el trabajo como debe ser considerado, como
    un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual
    fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus
    horas de ocio.

    Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es
    agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si
    solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En
    la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es
    una condena de nuestra civilización; no hubiese sido
    cierto en ningún período anterior. Antes había una ca-
    pacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto
    ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre
    moderno piensa que todo debería hacerse por alguna ra-
    zón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas se-
    rias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir
    al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero
    todo el trabajo necesario para construir un cine es res-
    petable, porque es trabajo y porque produce beneficios
    económicos. La noción de que las actividades deseables
    son aquellas que producen beneficio económico lo ha
    puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de
    carne y el panadero que os provee de pan son merecedores
    de elogio, porque están ganando dinero; pero cuando vo-
    sotros disfrutáis del alimento que ellos os han suminis-
    trado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis
    tan sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En
    un sentido amplio, se sostiene que ganar dinero es bueno
    y gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos as-
    pectos de una misma transacción, esto es absurdo; del
    mismo modo podríamos sostener que las llaves son bue-
    nas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cual-
    quiera que sea el mérito que pueda haber en la producción
    de bienes, debe derivarse enteramente de la ventaja que
    se obtenga consumiéndolos. El individuo, en nuestra so-
    ciedad' trabaja por un beneficio, pero el propósito social
    de su trabajo radica en el consumo de lo que él produce.

    Este divorcio entre los propósitos individuales y los socia-
    les respecto de la producción es lo que hace que a los hom-
    bres les resulte tan difícil pensar con claridad en un
    mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo
    de la industria. Pensamos demasiado en la producción y
    demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de
    ello, concedemos demasiado poca importancia al goce y a
    la felicidad sencilla, y no juzgamos la producción por el
    placer que da al consumidor.

    Cuando propongo que las horas de trabajo sean re-
    ducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo res-
    tante deba necesariamente mal~astarse en puras frivoli-
    dades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día
    deberían dar derecho a un hombre a los artículos de pri-
    mera necesidad y a las comodidades elementales en la
    vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para
    emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esen-
    cial de cualquier sistema social de tal especie el que la
    educación vaya más allá del punto que generalmente al-
    canza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar
    aficiones que capaciten al hombre para usar con inteli-
    gencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la
    clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las
    danzas campesinas han muerto, excepto en remotas re-
    giones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que
    se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza
    humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han lle-
    gado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar
    partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente.
    Ello resulta del hecho de que sus energías activas se con-
    sumen completamente en el trabajo; si tuvieran más
    tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que
    hubieran de tomar parte activa.

    En el pasado, había una reducida clase ociosa y una
    más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfru--
    taba de ventajas que no se fundaban en la justicia social;
    esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus sim-
    patías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus
    privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mé-
    rito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a
    casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes,
    descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó las fi-
    losofías y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación
    de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde
    arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese
    salido de la barbarie.

    El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obliga-
    ciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No
    se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase
    a ser laborioso, y la clase, en conjunto, no era excepcio-
    nalmente inteligente. Esta clase podía producir un Dar-
    win, pero contra él habrían de señalarse decenas de mi-
    llares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada
    más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los
    cazadores furtivos. Actualmente, se supone que las uni-
    versidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo
    que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como
    un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero
    tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en
    definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las
    personas que viven en un ambiente académico tienden a
    desconocer las preocupaciones y los problemas de los
    hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus me-
    dios de expresión suelen ser tales, que privan a sus opi-
    niones de la influencia que debieran tener sobre el público
    en general. Otra desventaja es que en las universidades
    los estudios están organizados, y es probable que el hom-
    bre al que se le ocurre alguna línea de investigación ori-
    ginal se sienta desanimado. Las instituciones académicas,
    por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados
    de los intereses de la civilización en un mundo donde to-
    dos los que quedan fuera de sus muros están demasiado
    ocupados para atender a propósitos no utilitarios.

    En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más
    de cuatro horas al día, toda persona ¿con curiosidad cien-
    tífica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin
    morirse de hambre, no importa lo maravillosos que pue-
    dan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán
    forzados a llamar la atención por medio de sensacionales
    chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia
    económica que se necesita para las obras monumentales,
    y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, ha-
    brán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que
    en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto
    de la economía o de la administración, será capaz de de-
    sarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que
    suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los
    economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo
    de aprender acerca de los progresos de la medicina; los
    maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por
    métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud,
    y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el in-
    tervalo.

    Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar
    de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exi-
    gido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no
    para producir agotamiento. Puesto que los hombres no
    estarán cansados en su tiempo libre, no querrán sola-
    mente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que
    al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le
    consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés
    público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para
    ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no
    habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas
    por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos
    excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los
    hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad
    de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos
    inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con
    suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte
    por la razón que antecede y en parte porque supone un
    largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de
    todas las cualidades morales, la que más necesita el
    mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tran-
    quilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha.
    I.os métodos de producción modernos nos han dado la
    posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos
    elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y
    la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan acti-
    vos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en
    esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para se-
    guir siendo necios para siempre.









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