ARTNOVELA :: Editorial y Librería virtual

La importancia de ciertas preguntas: dónde puedo publicar un libro, pasos para publicar un libro, consejos para publicar un libro, cómo publicar un libro en español, cómo publicar una novela, consejos para escritores, ediciones de autor, proceso de edición de libros. Estos temas, para aquellos autores interesados en publicar, reflejan el estado de la industria editorial y las posibilidades de llegar a la publicación de un libro. Inciden aspectos importantes como: la novela histórica en América Latina, la escritura de ficción, libros editados en idioma español, tesis de grado en lengua española, temas de tesis y otras cuestiones que hacen a la actividad de publicar libros.


ARTNOVELA :: Editorial y Librería virtual
La página que ha llamado ha caducado. Lo enviaremos a la página principal.

Menú
- - - - - - - - - - - - -
Editorial
Libreria
Foro

    Italo Calvino
    De "El barón Rampante" (II).




    Cosimo estaba en el acebo. Las ramas se agitaban, altos puentes sobre la tierra. Soplaba un leve viento; hacía sol. El sol estaba entre las hojas, y nosotros, para ver a Cosimo, teníamos que hacer pantalla con la mano. Cosimo miraba el mundo desde el árbol; todo, visto desde allá arriba, era distinto, y eso era ya una diversión. La avenida ofrecía una perspectiva muy distinta, y los planteles, las hortensias, las camelias, la mesita de hierro para tomar el café en el jardín. Más allá las copas de los árboles raleaban y la huerta descendía en pequeños campos escalonados, sostenidos por muros de piedra; el fondo estaba oscurecido por los olivares y, detrás, la población de Ombrosa asomaba con sus tejados de ladrillo desteñido y pizarra, y se divisaban vergas de barcos allá abajo, donde estaba el puerto. Al fondo se desplegaba el mar, alto en el horizonte, por el que pasaba un lento velero.

    El Barón y la Generala, después del café, salían al jardín. Miraban un rosal, fingían no parar mientes en Cosimo. Iban del brazo, pero después se paraban en seguida para discutir y gesticular. Yo me acerqué al acebo en cambio, como jugando por mi cuenta, pero en realidad tratando de llamar la atención de Cosimo; pero él me guardaba rencor y allá seguía mirando a lo lejos. Lo dejé y me acurruqué detrás de un banco para poder continuar observándolo sin ser visto.

    Mi hermano estaba como de vigía. Miraba todo, y todo era como nada. Entre los limoneros marchaba una mujer con un cesto. Subía un arriero por la cuesta, agarrado a la cola de la mula. No se vieron entre sí; la mujer, al ruido de los cascos herrados, se volvió y se acercó al camino, pero no llegó a tiempo. Entonces se puso a cantar, pero el arriero pasaba ya la curva, prestó oídos, restalló el látigo y dijo a la mula:

    —¡Aah!

    Y todo quedó en eso. Cosimo veía esto y aquello.

    Por la avenida pasó el Abate Fauchelafleur con el breviario abierto. Cosimo cogió algo de la rama y se lo dejó caer en la cabeza; no vi qué era, quizá una arañita, o un trozo de corteza; no le dio. Cosimo se puso a hurgar con el espadín en un agujero del tronco. Salió una avispa furiosa; él la puso en fuga agitando el tricornio y siguió su vuelo con la mirada hasta una planta de calabaza, donde se escondió. Veloz como siempre, el Caballero Abogado salió de casa, echó a andar por las escalerillas del jardín y se perdió entre las hileras de la viña; Cosimo, para ver adónde iba, trepó a otra rama. Allí, entre el follaje, se oyó un aleteo, y un mirlo alzó el vuelo. Cosimo quedó a disgusto porque había estado todo aquel tiempo arriba y no lo había visto. Estuvo mirando a contraluz si había otros. No, no había.

    El acebo estaba junto a un olmo; las dos copas casi se tocaban. Una rama del olmo pasaba a medio metro por encima de una rama del otro árbol; a mi hermano le resultó fácil dar el salto y conquistar así la cima del olmo, que no habíamos explorado nunca por ser de horcadura alta y poco accesible desde el suelo. Desde el olmo, buscando siempre el lugar donde una rama pasaba a un codo de las ramas de otro árbol, se pasaba a un algarrobo, y luego a una morera. Y así veía yo a Cosimo avanzar de rama en rama, caminando colgado sobre el jardín.

    Ciertas ramas de la gran morera llegaban al muro de nuestra villa y lo superaban, y allí estaba el jardín de los De Ondariva. Nosotros,aunque limítrofes, no sabíamos nada de los Marqueses de Ondariva y Nobles de Ombrosa, porque al disfrutar ellos desde hacía varias generaciones de unos derechos feudales a los que mi padre aspiraba, un odio recíproco separaba a las dos familias, al igual que un alto muro que parecía el torreón de una fortaleza dividía nuestras villas, no sé si mandado erigir por nuestro padre o por el Marqués. Agréguese a esto el recelo con que los Ondariva circundaban su jardín, poblado, según se decía, de plantas de especies nunca vistas. Ya el abuelo de los actuales Marqueses, discípulo de Linneo, había movido la vasta parentela con que la familia contaba en las Cortes de Francia e Inglaterra para que le enviasen las más valiosas rarezas botánicas de las colonias, y durante años los navíos habían desembarcado en Ombrosa sacos de semillas, haces de esquejes, arbustos en macetas y hasta árboles enteros, con enormes envoltorios de cepellón en torno a las raíces; al final en aquel jardín había crecido—decían—una mezcolanza de bosques de las Indias y de las Américas, si no incluso de Nueva Holanda.

    Lo único que nosotros podíamos ver era cómo asomaban por encima del muro las hojas oscuras de una planta recién importada de las colonias americanas, la magnolia, en cuyas ramas negras brotaba una carnosa flor blanca. Desde nuestra morera Cosimo llegó al borde del muro, dio unos pasos en equilibrio, y después, sujetándose con las manos, se dejó caer al otro lado, donde estaban las hojas y la flor de magnolia. Allí desapareció de mi vista, y lo que ahora diré, como muchas cosas de este relato de su vida, me lo contó él después, o bien yo mismo lo deduje de dispersos testimonios e inducciones.

    Cosimo estaba en la magnolia. Aunque de ramas tupidas, este árbol era muy accesible para un muchacho experto en todas las especies de árboles, como mi hermano, y las ramas aguantaban el peso, aunque no eran muy gruesas y tenían una madera blanda que la punta de los zapatos de Cosimo descortezaba, abriendo blancas heridas en el negro de la corteza; y envolvía al muchacho en un fresco perfume de hojas, cuando el viento las movía, volviendo las caras en un verdear ora opaco, ora brillante.

    Pero lo que olía era todo el jardín, y aunque Cosimo aún no conseguía recorrerlo con la vista, de tan irregularmente espeso, ya lo exploraba con el olfato, y trataba de distinguir los diversos aromas, que ya conocía desde que, atraídos por el viento, llegaban a nuestro jardín, y nos parecían una sola cosa con el secreto de aquella villa. Después miraba las frondas y veía nuevas hojas, algunas grandes y lustrosas como si corriese por ellas un velo de agua, otras minúsculas y emplumadas, y troncos todos lisos o todos escamosos.

    Había un gran silencio. Sólo se alzó un vuelo de pequeñísimos reyezuelos, gritando. Y se oyó una vocecita que cantaba: «O la-la... O la ba-lan-çoire...». Cosimo miró hacia abajo. Colgado de la rama de un árbol cercano se balanceaba un columpio, con una niña sentada de unos diez años.

    Era una niña rubia, con un alto peinado algo ridículo para una criatura, un vestido azul también demasiado de persona mayor, con una falda que ahora, levantada por el columpio, desbordaba puntillas. La niña miraba con los ojos entornados y la nariz fruncida, como si tuviera la costumbre de hacerse la dama, y comía una manzana a mordiscos, doblando la cabeza en cada ocasión hacia la mano que debía al tiempo sostener la manzana y agarrarse a la cuerda del columpio, y se daba impulso clavando la punta de los zapatitos en el suelo cada vez que el columpio llegaba al punto más bajo de su trayectoria, y escupía con fuerza los trozos de monda de manzana mordida y cantaba: «O la-la-la... O la ba-lan-çoire...», como una muchachita a la que ya no le importa nada, ni el columpio, ni la canción, ni (aunque algo más) la manzana, y tiene otras cosas en que pensar.

    Cosimo, desde la cima de la magnolia, se había dejado caer hasta la horcadura más baja, y ahora estaba con los pies plantados uno aquí y otro allá en dos horquetas y los codos apoyados en una rama delante de él, como en un antepecho. Los vuelos del columpio traían a la niña justo bajo su nariz.

    Ella no estaba atenta y no se había dado cuenta. De pronto lo vio allí, erguido en el árbol, con tricornio y polainas.

    —¡Oh!—dijo.

    La manzana se le cayó de la mano y rodó al pie de la magnolia. Cosimo desenvainó el espadín, se inclinó desde la última rama, alcanzó la manzana con la punta del espadín, la ensartó y se la tendió a la niña, que entre tanto había hecho un recorrido completo del columpio y estaba allí de nuevo.

    —Cójala, no se ha manchado, sólo está un poco magullada por un lado.

    La niña rubia se había arrepentido ya de haber mostrado tanto asombro por aquel muchacho desconocido aparecido allí en la magnolia, y había recobrado su aire afectado y fruncido la nariz.

    —¿Sois un ladrón?—dijo.

    —¿Un ladrón?—dijo Cosimo, ofendido; después se lo pensó mejor: de momento la idea le gustó—. Yo sí—dijo, calándose el tricornio sobre la frente—. ¿Algo en contra?

    —¿Y qué habéis venido a robar?

    Cosimo miró la manzana que había ensartado en la punta del espadín, y se le pasó por la cabeza que tenía hambre, que casi no había probado bocado en la mesa.

    —Esta manzana—dijo, y empezó a mondarla con la hoja del espadín, que tenía, a pesar de las prohibiciones familiares, afiladísima.

    —Entonces sois un ladrón de fruta—dijo la niña

    Mi hermano pensó en las pandillas de niños pobres de Ombrosa, que saltaban tapias y setos y saqueaban los frutales, una ralea de muchachos que le habían enseñado a despreciar y eludir, y por primera vez pensó en cuán libre y envidiable debía de ser aquella vida. Eso es; quizá podía convertirse en alguien como ellos, y vivir así a partir de ahora.

    —Sí—dijo. Había cortado en gajos la manzana y se puso a masticarla.

    La niñita rubia estalló en un carcajada que duró todo un vuelo del columpio, de aquí a allá.

    —¡Qué va! ¡Conozco a los chicos que roban fruta! ¡Son todos amigos míos! ¡Y van descalzos, en mangas de camisa, despeinados, no con polainas y peluquín!

    Mi hermano se puso rojo como la piel de la manzana. El que le tomaran el pelo no sólo por la peluca empolvada, que no le gustaba, sino también por las polainas, que le gustaban muchísimo, y el ser juzgado de aspecto inferior a un ladrón de fruta, a aquella ralea despreciada hasta un momento antes, y sobre todo el descubrir que aquella damisela que señoreaba el jardín de los De Ondariva era amiga de todos los ladrones de fruta pero no amiga suya, todas estas cosas juntas lo llenaron de despecho, vergüenza y celos.

    —O la-la-la... ¡Con polainas y peluquín!—canturreaba la niña en el columpio.

    Le asaltó un puntillo de orgullo.

    —¡No soy un ladrón de esos que conocéis!—gritó—. ¡No soy un vulgar ladrón! Lo decía para no asustaros; porque si supierais quién soy en serio, os moriríais de miedo: soy un bandido. ¡Un terrible bandido!

    La niñita seguía volándole debajo de la nariz, se diría que quería llegar a rozarlo con las puntas de los pies.

    —¡Qué va! ¿Y dónde está la escopeta? ¡Los bandidos llevan todos escopeta! ¡O espingarda! ¡Yo los he visto! ¡A nosotros nos han parado cinco veces la carroza, en los viajes del castillo a aquí!

    —¡Pero no el jefe! ¡Yo soy el jefe! ¡El jefe de los bandidos no lleva escopeta! ¡Lleva sólo espada!—y adelantó su espadín.

    La niña se encogió de hombros.

    —El jefe de los bandidos—explicó—es uno que se llama Gian dei Brughi y viene siempre a traernos regalos, por Navidad y Pascua.

    —¡Ah! —exclamó Cosimo di Rondo, invadido por una oleada de partidismo familiar. ¡Entonces tiene razón mi padre, cuando dice que el Marqués de Ondariva es el protector de todo el bandolerismo y el contrabando de la zona!

    La niña pasó cerca del suelo, en vez de darse impulso frenó con un rápido pataleo, y se bajó. El columpio vacío se estremeció en el aire, en las cuerdas.

    —¡Bajad de inmediato de ahí! ¿Cómo os habéis permitido entrar en nuestras tierras?—dijo, apuntando un índice contra el muchacho, furiosa.

    —No he entrado y no bajaré—dijo Cosimo con igual calor—. Nunca he puesto los pies en vuestras tierras, ¡y no los pondría por todo el oro del mundo!

    La niñita entonces, con gran calma, cogió un abanico que estaba en una butaca de mimbre, y aunque no hacía mucho calor, se abanicó paseando de arriba abajo.

    —Ahora—dijo con toda calma—llamaré a los criados y haré que os cojan y apaleen. ¡Así aprenderéis a colaros en nuestras tierras!

    Cambiaba siempre de tono, la niña, y mi hermano todas las veces quedaba desafinado.

    —¡Donde yo estoy no es tierra y no es vuestro!—proclamó Cosimo, y ya le entraba la tentación de agregar: «Y además soy el Duque de Ombrosa y soy el señor de todo el territorio», pero se contuvo, porque no le gustaba repetir las cosas que decía siempre su padre, ahora que se había escapado de la mesa peleado con él; no le gustaba y no le parecía justo, porque aquellas pretensiones al Ducado siempre le habían parecido manías; ¿a cuento de qué iba ahora él, Cosimo, a darse ínfulas de Duque? Pero no quería retractarse y continuó con lo primero que se le pasó por la cabeza—. Esto no es vuestro—repitió—, porque vuestro es el suelo, y si yo pusiera los pies en él entonces sería alguien que se cuela. Pero aquí arriba no, y yo voy a donde me peta.

    —Ya, entonces todo es tuyo, allá arriba...

    —¡Claro! Territorio mío personal, todo esto—e hizo un vago ademán hacia las ramas, las hojas a contraluz, el cielo—. Las ramas de los árboles son todas territorio mío. Di que vengan a cogerme, ¡si lo consiguen!

    Ahora, tras tantas fanfarronadas, se esperaba que ella se burlase quién sabe cómo. Y en cambio se mostró imprevisiblemente interesada.

    —¿Ah, sí? ¿Y hasta dónde llega ese territorio tuyo?

    —Hasta donde se consigue llegar andando por los árboles, por acá, por allá, al otro lado del muro, al olivar, hasta la colina, al otro lado de la colina, al bosque, a las tierras del Obispo...

    —¿Incluso hasta Francia?

    —Hasta Polonia y Sajonia —dijo Cosimo, que de geografía sólo sabía los nombres oídos a nuestra madre cuando hablaba de las Guerras de Sucesión—. Pero yo no soy un egoísta como tú. Yo te invito a mi territorio—ahora habían pasado a tutearse los dos, aunque era ella la que había empezado.

    —Y el columpio, ¿de quién es? dijo ella, y se sentó en él, con el abanico abierto en la mano.

    —El columpio es tuyo—estableció Cosimo—, pero como está atado a esta rama depende de mí. Así, pues, si estás en él, mientras tocas tierra con los pies estás en lo tuyo, si te levantas por el aire estás en lo mío.

    Ella se dio impulso y voló, con las manos agarradas a las cuerdas. Cosimo saltó desde la magnolia a la gruesa rama que sostenía el columpio, y desde allí agarró las cuerdas y se puso a balancearla. El columpio subía cada vez más alto.

    —¿Tienes miedo?

    —Yo no. ¿Cómo te llamas?

    —Cosimo... ¿Y tú?

    —Violante, pero me dicen Viola.

    —A mí me llaman también Mino, porque Cosimo es nombre de viejo.

    —No me gusta.

    —¿Cosimo?

    —No, Mino.

    —Ah Puedes llamarme Cosimo.

    —¡Ni por pienso! Oye, tú, debemos dejar las cosas claras.

    —¿Cómo dices?—dijo él, que seguía desconcertándose a cada momento.

    —Digo: yo puedo subir a tu territorio y soy un huésped sagrado, ¿vale? Entro y salgo cuando quiero. Tú en cambio eres sagrado e inviolable mientras estés en los árboles, en tu territorio, pero como toques el suelo de mi jardín te conviertes en mi esclavo y eres encadenado.

    —No, yo no bajo a tu jardín y ni siquiera al mío. Para mí todo es territorio igualmente enemigo. Tú vendrás aquí arriba conmigo, y vendrán tus amigos que roban fruta, quizá también mi hermano Biagio, aunque es un poco cobarde, y haremos un ejército todo en los árboles y reduciremos a la razón la tierra y sus habitantes.

    —No, no, nada de eso. Deja que te explique las cosas. Tú tienes el dominio de los árboles, ¿vale?, pero si tocas una vez tierra con un pie, pierdes todo tu reino y te vuelves el último de los esclavos. ¿Entendido? Incluso si se te rompe una rama y caes, ¡todo perdido!

    —¡Jamás me he caído de un árbol en mi vida!

    —Bueno, pero si caes, si caes te conviertes en cenizas y el viento te arrastra.

    —Cuentos. Yo no bajo al suelo porque no quiero.

    —Oh, qué aburrido eres.

    —No, no, juguemos. Por ejemplo, ¿podré estar en el columpio?

    —Si consigues sentarte en el columpio sin tocar tierra, sí.

    Junto al columpio de Viola había otro, colgado de la misma rama, pero enganchado arriba con un nudo en las cuerdas para que no chocasen. Cosimo se dejó caer desde la rama agarrado a una de las cuerdas, ejercicio en el que era experto porque nuestra madre nos hacía hacer muchas pruebas de gimnasia, llegó al nudo, lo deshizo, se puso de pie en el columpio y para darse impulso desplazó el peso del cuerpo doblándose por las rodillas y lanzándose hacia adelante. Así se empujaba cada vez más alto. Los dos columpios iban uno en un sentido y otro en el otro, y ahora llegaban a la misma altura, y pasaban al lado a la mitad del recorrido.

    —Si pruebas a sentarte y a darte impulso con los pies, llegas más arriba—insinuó Viola.

    Cosimo le hizo una mueca.

    —Baja a empujarme, sé bueno—dijo ella, sonriéndole, amable.

    —No, yo, habíamos dicho que no debía bajar a ningún precio...—y Cosimo empezaba de nuevo a no entender nada.

    —Sé amable.

    —No.

    —¡Ja, ja! Estabas a punto de picar. ¡Si ponías un pie en el suelo lo perdías ya todo!—Viola bajó del columpio y empezó a dar ligeros empujones al columpio de Cosimo—. ¡Huy!—había agarrado de repente el asiento del columpio donde mi hermano tenía los pies y le había dado la vuelta. ¡Por suerte Cosimo se sujetaba muy fuerte a las cuerdas! ¡Si no, habría caído al suelo como un tonto!

    —¡Traidora!—gritó, y trepó hacia arriba, sujetándose a las dos cuerdas, pero la subida era mucho más difícil que la bajada, sobre todo con la niña rubia que estaba en uno de sus momentos malignos y tiraba desde abajo de las cuerdas en todos los sentidos.

    Por fin alcanzó la rama gruesa, y se puso a horcajadas. Con la corbata de encaje se enjugó el sudor del rostro.

    —¡Ja, ja! ¡No lo conseguiste!

    —¡Por un pelo!

    —Pero yo creía que eras mi amiga.

    —¡Creías!—y volvió a abanicarse.

    —¡Violante!—prorrumpió en ese momento una aguda voz femenina—. ¿Con quién estás hablando?

    En la escalinata blanca que llevaba a la villa había aparecido una señora: alta, flaca, con una falda anchísima; miraba con impertinentes. Cosimo se retiró entre las hojas, intimidado.

    —Con un joven, ma tante—dijo la niña—, que ha nacido en la cima de un árbol y por un encantamiento no puede poner los pies en el suelo.

    Cosimo, todo rojo, preguntándose si la niña hablaba así para burlarse de él delante de la tía o para burlarse de la tía delante de él, o sólo por continuar el juego, o porque no le importaban nada ni él, ni la tía, ni el juego, se veía escrutado por los impertinentes de la dama, que se acercaba al árbol como para contemplar a un extraño papagayo.

    —Uh, mais c'est un des Piovasques, ce jeune homme, je crois. Viens, Violante.

    Cosimo ardía de humillación: haberlo reconocido con aquel aire natural, sin siquiera preguntarse por qué estaba allí, y haber llamado de inmediato a la niña, con firmeza pero sin severidad, y Viola que dócil, sin volverse, seguía la llamada de la tía; todo parecía dar a entender que él era persona de poca monta, que casi ni existía. Y así aquella tarde extraordinaria se hundía en una nube de vergüenza.

    Pero de pronto la niña hace un gesto a la tía, la tía baja la cabeza, la niña le dice algo al oído. La tía vuelve a apuntar los impertinentes sobre Cosimo.

    —Y bien, señorito—le dice—, ¿quisiera aceptar una taza de chocolate? Así nos conoceremos también nosotros—y echa una ojeada al sesgo a Viola—, en vista de que ya es amigo de la familia.

    Cosimo se quedó allí mirando a tía y sobrina con ojos muy abiertos. Le latía fuerte el corazón. He aquí que era invitado por los De Ondariva y De Ombrosa, la familia más altanera de la zona, y la humillación de un momento antes se transformaba en desquite, y se vengaba de su padre al ser acogido por adversarios que siempre lo habían mirado de arriba abajo, y Viola había intercedido por él, y él era aceptado oficialmente como amigo de Viola, y jugaría con ella en aquel jardín distinto de todos los jardines. Todo esto experimentó Cosimo; pero, al mismo tiempo, un sentimiento opuesto, aunque confuso: un sentimiento mezcla de timidez, orgullo, soledad, puntillo; y con estos sentimientos encontrados mi hermano se agarró a la rama que tenía encima, trepó, se desplazó a la parte más frondosa, pasó a otro árbol, desapareció..







Ver más Editorial Artnovela Librería Artnovela Cuentos y relatos Artículos y monografías Biblioteca Comunidad



Artnovela ediciones: programa de Intercambio de banners con páginas culturales