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publicado el 22/3/2013 en 15:05

La presencia



Desde hace unos meses vivo en una casa de la calle doctor Fleming que se encuentra situada justo arriba del todo, en el pecho del pueblo. La calle, por lo demás tranquila y silenciosa, está en pendiente y toda ella se inclina como si le gustara mirar hacia abajo donde se encuentran las casitas de una planta, más modestas y pobres. La mía se halla aproximadamente a la mitad de la misma lo que hace suponer que, una vez asomado al portal, lo mismo me da mirar hacia arriba que hacia abajo.
Posee una puerta de entrada antigua y gruesa, de madera vieja, con un cerrojo enorme de hierro de una pulgada de diámetro. Cuesta un poco moverlo porque la herrumbre ya apareció en él hace años, pero correrlo hacia un lado mientras oigo el chirrido que produce me otorga una pequeña dosis de tranquilidad, cosa que agradezco.
Por supuesto la casa no es de mi propiedad. La alquilé a un señor mayor quien me confesó, arrugando la nariz, que la casa se le volvió ya enorme y que, total, para qué trabajar tanto, disponiendo como me declaró de algunos pisos más pequeños a su alcance (y más teniendo en cuenta que era viudo desde hacía poco tiempo).
La primera vez que entré en ella me sorprendió el tamaño desproporcionado del zaguán, ancho, cuadrado, de losas rectangulares dispuestas en escuadras, con las llagas muy anchas llenas de cemento gris y mate. El piso se inclina formando en el centro una joroba extraña de manera que conforme vas avanzando hacia la puerta que comunica con la primera pieza, el suelo es cada vez más alto y añadiría, arrogante. Al final del mismo, una puerta espaciosa pintada de marrón y acristalada en la mitad superior, comunica con un lugar amplio, irregular y frío: es el salón. Aquel día noté nada más entrar un olor a cerrado y una humedad insana y lo primero que hice fue descorrer las cortinas y abrir la ventana que mira hacia un patio interior. La decoración es la propia de una casa antigua en manos de un propietario fuera de toda emoción estética: cuadros con escenas de caza con el típico zorro perseguido por cuatro o cinco canes, alguna quincalla pendiente de las paredes, una lamparilla con la tulipa ondulada, una mesita de centro con los bordes barrocos sosteniendo una tapa de mármol veteado y una mesa camilla redonda, con las enaguas muy gruesas y la tapa de formica: poco más. Cuando continué descubriendo el interior de lo que iba a ser durante unos meses mi morada, observé que la disposición de las piezas era totalmente anárquica, sin ningún plan definido, como si la casa la hubieran diseñado a ojo de buen cubero y, después, con el paso de los años y el surgimiento de nuevas necesidades, la hubieran ido ampliando de forma aleatoria.
Recuerdo el primer día como si estuviese sucediendo ahora mismo. Anduve con las llaves en la mano de aquí para allá, descubriendo pequeños huecos, atrevidas esquinas, muros de medio metro de ancho, galerías, habitaciones…Y como resultaba que la casa era más espaciosa de lo que pensaba decidí usar sólo una parte de ella, la compuesta por una habitación, la cocina, el baño y el salón, para qué más.
El salón comunica con la cocina y con el baño a través de un pasillo largo y estrecho, con las paredes repletas de cuadros de diferentes tamaños y todos con motivos antiguos. La mayoría representando a niños haciendo la primera comunión, a parejas recién casadas y cosas por el estilo, pero todas las fotografías mantenían un halo ceniciento y misterioso que otorgaba a la casa algo así como sagrado, como si ella misma supiese que yo no era el dueño de su destino y con esas imágenes colgadas de mohosas alcayatas me estuviese observando y analizando cuidadosamente.
Algo que me sorprendió fue que en mitad del pasillo había un abultamiento en la pared, a la altura de la cintura. Sobre este pequeño saliente habían colocado medio círculo de madera que hacía las veces de cubierta, y sobre ella un pequeño jarro de barro cocido. Recuerdo que me paré para observar el detalle y, la curiosidad pudo tanto, que no tuve más remedio que retirar el jarro, levantar la tapa y mirar al agujero que se abría debajo de mí. Era un pozo. Profundo, oscuro y frío. En el fondo de la garganta que se hundía en la tierra aparecía una superficie de plata con pequeñas ondas producidas sin duda por las corrientes subterráneas. Escupí para comprobar el tiempo que tardaba mi saliva en llegar al fondo del hueco. Sólo oí un pequeño chasquido. Luego, mirando a través de la ventana que dejaba entrar la luz del día e iluminaba el largo pasillo, me di cuenta que la otra mitad del pozo salía hacia el exterior, dando al patio. No era mala idea pensé, de esta forma podía recogerse el agua por personas distintas y desde dos lugares diferentes.
Visité luego la cocina donde encontré un montón de cacharros que formaban el menaje de la misma. Los había de barro y de cobre. También divisé varias cacerolas colgadas de la pared, un gran hornillo abierto en el lateral de un poyete y una cocinita de gas sobre una mesa pequeña y sucia. A la derecha una trinchadora guardaba varias piezas de una vajilla que en tiempos habría sido de las más caras pero que ahora daba pena mirarlas. Bajo el cristal amplio del mueble un sinfín de fotografías en sepia con los bordes ondulados. A la derecha de la cocina se abría otra pieza muy pequeña y pensé que se trataría del baño. No me equivoqué. La pieza, en efecto, era de mínimas dimensiones, las justas y necesarias para cumplir con el noble objetivo para el que había sido diseñada, pero nada más. Un espejo pendía sobre una estrecha pletina de vidrio y ésta, a su vez, cubría el espacio reservado para el lavabo. Debajo un cubo de latón blanco para recoger las aguas usadas. Remataban la estancia una percha de cerámica amarillenta y un pozo negro donde colocar las partes nobles (el papel recortes de periódicos antiguos, colgaba de un alambre retorcido y mohoso).
Sólo me quedaba el dormitorio. Pero ese día me sentía tan confuso y cansado que antes de ir allí me senté sobre el sofá de skay a descansar un poco. Estaba solo. Me descalcé y coloqué los pies sobre la mesa camilla y así permanecí unos minutos con los ojos cerrados, oyendo el lamento de mi nueva morada y dándole vueltas a la cabeza por todas las cosas que en tan poco tiempo me estaban sucediendo. Total, tres meses pensaba, y volvía la cabeza sobre el skay mientras el polvo y la humedad penetraban por mi rostro y por mi boca. Tres meses repetía para mí, tratando de hacer posible lo que era imposible, adelantar el paso del tiempo, correr hacia adelante, viajar en esa tonta ilusión que llamamos vida y llegar ya al final de mi contrato.
Creo que me quedé adormilado. Cuando regresé en mí me levanté (era ya media tarde y la luz moría por las ventanas) y me dirigí al dormitorio que era la única habitación que me quedaba por visitar. Llevaba un gusto agrio en los labios y escupí sobre los ladrillos envejecidos sin importarme lo que hacía. En la entrada del mismo me observaba una puerta blanca, de dos hojas, con una manilla dorada con restos de moho. Al abrirla le crujieron las articulaciones. Estaba todo a oscuras, por lo que encendí la lamparilla del techo y abrí suavemente las cortinas. Olía a bolitas de alcanfor, de las que se guardan en los cajones para luchar contra las polillas. Calculé su dimensión en unos veinte metros cuadrados, más de lo que yo estaba acostumbrado, demasiada habitación para descansar holgadamente después del trabajo. La cama era de las antiguas, con barras redondas de hierro dorado y con borlas de metal en las cuatro esquinas. Una colcha festonada de colgantes floridos adornaba los dos laterales y la almohada hundía su cuerpo dando la sensación de una ola mansa sobre la superficie del mar, una onda moribunda que invitaba al sueño profundo. Sobre la cabecera pendía una perilla para encender la luz sin más esfuerzo que alargar el brazo. Una de las paredes estaba ocupada por un bargueño anticuado, con las maderas agrietadas pero en perfecto estado de funcionamiento. En la pared de enfrente un espejo amplio que me permitía ver mi cuerpo hasta la cintura estaba rodeado de un remate barroco y despintado. En definitiva, un dormitorio que, aunque antiguo y un poco soso, no estaba mal del todo. La luz penetraba en él a través de un pequeño ventanuco horadado en la pared que daba a la calle y por el que apenas unos rayos macilentos de la claridad del día se atrevían a invadir la sagrada estancia. Cuadros dos, uno con escenas de caza y otro la imagen de una virgen muy pequeña de la que apenas se adivinaban las líneas de su rostro. Y un crucifijo grande sobre la cabeza del durmiente. Era de madera noble pintada atrevidamente, con algunos desconchones y adornada por el borde con unos rebajes triangulados. El Cristo miraba hacia abajo con la cabeza laxa, desmayado, con los ojos cerrados, con la sangre manando de su costado izquierdo, y con los borbotones rojizos en sus pies y en las palmas de las manos. Un poco tétrico pero… ¡qué hacer! Yo no lo hubiera colocado allí pero tampoco yo era el dueño de la casa donde aquel día me encontraba. El ropero, grande y majestuoso, de seis puertas y altillo, se encontraba al pie de la cama, sobre la pared de enfrente. Las puertas crujían con un lamento punzante debido a que estaban hinchadas por la humedad y las llaves que colgaban de las cerraduras estaban sólo de adorno porque no servían para nada.
Eso era todo. Y así lo pensé mientras yacía recostado sobre el sofá del salón, a medio dormir, con los ojillos hinchados y el pelo revuelto. Así lo he contado para usted, lector paciente; pero si he de decir la verdad, no es de esta manera como yo lo percibía mientras analizaba la casa pieza a pieza. Si debo contar lo que pensé y cómo aprecié yo los detalles, debería empezar por expresar el insano sentimiento de angustia que invadió mi alma nada más penetrar en estas estancias. Siempre he pensado que las casas, los hogares, los edificios, es decir, los espacios donde residen las personas habitualmente, son casi como las mismas personas que las viven. Son materias inanimadas pero con latidos profundos que expresan de una manera u otra los sentimientos de felicidad, de temor, de angustia, de odio, de ira…de amor, de los que las habitan. Un alma castrada por pesadumbres inconfesables transmite sus impulsos ciertamente a las paredes y huecos del lugar que se ocupa. Un amor exaltado y sincero ilumina las salas y los huecos más diminutos, convirtiendo lo oscuro y sagrado en algo más cercano al ser natural. De esta forma, cuando entré aquel día por el portal de la casa supe al instante que aquel lugar no era sano, no se mostraba íntegro, honesto o sincero, no era un sitio ideal para descansar y para reflexionar, y menos aún para reposar los sentimientos de una persona joven y vívida como yo me sabía en aquellos momentos. Luego el tiempo me daría la razón. Pero fue ese tiempo lento que se desgrana en minutos, en segundos, en pequeñísimos instantes apenas perceptibles, los que aconsejaron que me marchara de allí cuanto antes. Lo supe desde la primera noche, desde el arranque del primer sueño amortajado que me embargó el cuerpo y la mente dejándome exhausto y dormido.
¿Qué cómo llegué a saberlo? Muy sencillo y muy difícil a la vez, depende del alma del lector que en sus manos sostenga ahora este libro de cuentos absurdos, de relatos imposibles, de sensaciones y de sacudidas inesperadas.
La primera prueba (por llamarlo de alguna manera) que observé fue el comportamiento distraído y temeroso de Ernesto mi compañero de trabajo, cuando aquella tarde se despidió de mí hasta el día siguiente. Estábamos ambos en el escalón de la puerta. Hablábamos de cosas irrelevantes pero que hacían del momento una escena grata en medio de una tarde clara y confortable. Sin embargo los ojos de Ernesto, sin saber por qué, no paraban un instante de mirar hacia adentro, hacia donde el bulto del zaguán era más evidente. Ernesto estaba inquieto, lo noté por el temblor de sus labios al hablarme, por el erizamiento de su vello cuando me dio la mano despidiéndose. Lo advertí en la densa displicencia que mostraba cuando yo alargaba un poco más de lo deseado las frases de cortesía. Pensé que Ernesto se sentía incómodo y que algo en él le decía que se fuera de allí cuanto antes. No sé, una sensación muy rara que nunca había experimentado con ninguna persona. Esas precavidas emociones, esas frases cortadas de cuajo, a medio vestir, aceleradas, irritables, deseosas de que llegara el fin de la conversación…y todo ello con los ojos muy abiertos y mirando hacia adentro. Yo sabía en el fondo de mi alma que en el interior de la casa no había nadie, pero él miraba y miraba expresando con sus ojos un temor a algo desconocido. Ya no volvió más a mi casa. A partir de ese día cuando quedábamos para tomarnos unas copas lo hacíamos siempre en algún sitio cercano. Pero nunca allí.
La segunda ocasión fue cuando aquella mañana salí bien temprano para ir al trabajo. Algunas vecinas ancianas y un poco chismosas, se persignaron cuando yo les di los buenos días. Luego agacharon las cabezas y las movieron al compás de un lado a otro como si algún lamento saliera de sus pechos. No era normal, me dije. ¿Por qué santiguarse cuando me veían? ¿Acaso era yo un maldito extraño que profanaba lo más sagrado y venerable de la casa, de la calle o de su pueblo? Luego, con el paso del tiempo, me enteré que la esposa del anciano dueño de la casona había muerto tras una larga agonía. Pero ese no era detalle alguno que a mí me importara ni tampoco creí que estuviera relacionado con el comportamiento de esas viejas chochas. Sólo lo llegué a comprender después, cuando no tuve más remedio que abandonar el trabajo, el pueblo y la casa maldita.
Transcurrieron sedosamente los primeros días en un grato estado de naturaleza. Me sentía tranquilo, satisfecho y feliz. En el trabajo bien, todo normal. Y en mi casa, ¡Psh! no es que mi hogar fuese un edén inundado de sensaciones extraordinarias y bellas, pero no estaba mal. Era amplio, fresco y relativamente cómodo. Además muy silencioso porque se encontraba ubicado en una calle apartada y por donde la chavalería no solía pasar. Sólo algunos ancianos como vecinos que, salvo el odioso chismorreo, no daban ningún ruido.
Luego, al cabo de algunas semanas, todo se paralizó un poco y una sensación de hastío comenzó a embargar mi alma lentamente dejándola exhausta y ansiosa. Necesitaba un cambio me decía, algo para distraer mi espíritu, un no sé qué distinto que trajera a mi vida un movimiento y un compás diferente. Y ese cambio llegó. Pero no se trataría de un cambio externo y artificial sino profundo y misterioso. Todo sucedió aquella noche. Parece que me está pasando ahora mismo y con el solo hecho de pensarlo se me erizan los vellos de los brazos y de la nuca. Me encontraba un poco cansado de forma que, harto ya de los programas basura de la tele, decidí acostarme. Como siempre, despegué la colcha y dejé solamente una sábana ligera sobre la superficie de la cama. La retiré suavemente y penetré entre sus pliegues. Luego me la eché por encima porque, aunque hacía un poquito de calor, era agradable la sensación de la tela sumisa sobre las piernas y sobre el torso. Cuando me tumbé era ya noche bien entrada, lo primero que noté fue que la cama tenía… cómo decirlo, como un hueco profundo y bien marcado similar al que deja un cuerpo después de haber yacido sobre la cama durante muchos días seguidos y siempre en la misma postura. Es decir, como un surco, como un canal, como si fuese otro yo inmaterial y penetrante en la blanda hermosura de la cama Me extrañó mucho e incluso sentí alguna molestia porque la forma de mi cuerpo no encajaba en esa hondonada de la superficie. Me levanté y con las manos, apretando hacia abajo, traté de recomponer la superficie plana del colchón. Volví a echarme y de nuevo me sentí incómodo, raro, como si la cama de esa noche no fuese la misma que la de todas las noches anteriores. Pero decidí descansar y no darle más importancia al asunto. Me coloqué los auriculares y comencé a buscar en el dial hasta encontrar el programa que estaba deseando escuchar, uno sobre misterios y casos paranormales. La noche avanzó dejando traspasar por el ventanuco un claro de luna bello y sensual. El locutor comenzó a desarrollar uno de los temas que más me gustan, el de las psicofonías, de modo que de vez en cuando el personaje invitado esa noche reproducía algunas repitiendo los sonidos hasta dos y tres veces. Comencé a arroparme en las sábanas. No era miedo lo que sentía. Pero me agradaba notar mi cuerpo cubierto por todos los lados con esa tela suave tal vez la misma tela que arropó a la vieja difunta en los últimos días de su vida, dándome la sensación de saberme protegido por algo.
Esa tarde había leído algunas páginas del último libro que llevaba entre manos y recordé que lo había colocado sobre el otro extremo de la cama. Y no me agradó saber que algo, aunque fuese un libro, estuviese cerca de mis piernas. Hubo un momento en que desconecté la radio porque lo que estaban contando me daba escalofríos. Enrollé el cable alrededor del receptor, lo puse encima de la mesita de noche y me tapé todo lo que pude, incluso los brazos y las manos, llegando con la sábana a rodear mi cuello y dejando afuera sólo lo imprescindible para respirar sin problemas. Mis dedos atrapaban el filo de la sábana, agarrotados, tratando de tapar cualquier hueco que hubiese aparecido en el fondo de la noche. Unas nubes blanquecinas pasaron por la ventanita, como el humo de un cigarrillo cuando es expulsado con violencia. La puerta de la habitación, entreabierta, dejaba distinguir el pasillo y el hueco final de la portezuela de la cocina. También el bulto del pozo se apreciaba. Y, cosa extraña, la tapa del mismo estaba subida como si alguien tal vez yo mismo sin recordarlo, la hubiese abierto. Tenía calor. Intenté sacar al aire unos de los pies, el derecho. Boca abajo mis dedos buscaron el filo del colchón y encontraron el hueco del aire. Me asusté. Cerré los ojos llamando al sueño pero de mi mente no desaparecían los misteriosos sonidos de las dichosas psicofonías. En el seno de la noche profunda y húmeda, me daba vergüenza confesarme que tenía miedo, que aunque sabía perfectamente que no había nadie ni nada más allí conmigo en el dormitorio, me daba miedo, sentía un pavor insospechado ante diminutos detalles que sólo la noche lleva consigo. Quise que alguien encendiese la luz del cuarto para poder comprobar con mis propios ojos lo que mi mente racional ya hacía tiempo que había confirmado. Llegué a rezar varios Padrenuestros y algunos Avemarías, imploré a solas a que alguien llamase a la puerta, porque seguro estaba que si ese alguien lo hacía, tendría el valor suficiente para salir de mi escondite y abrir la puerta. De esa forma mi cuerpo podría desperezarse e invadir el hueco que antes sólo ocupaba el vacío, el aire, las sombras, la nada. Pero nadie golpeó la aldaba. Permanecí quieto, sin atreverme a mover un solo músculo, una sola fibra de mis brazos o de mis piernas. Y la tensión de permanecer eternamente en la misma postura me causaba dolor, dolor físico, existente, real. Quise dejar de pensar en esos sonidos del más allá. Y me dije que todos esos registros eran mentiras, pues la mayor parte de ellos apenas si eran distinguibles por unos oídos normales. Sólo constituían interpretaciones, nada más, humo dentro de la realidad cuyo único fin era volvernos lesos y desnudos. El tiempo pasaba besando mis labios temerosos. Decidí, en un momento dado, alargar la mano para encender yo mismo la lamparilla del techo, pero la misma idea de sacar los dedos, la mano, el brazo, rozar el aire frío con la superficie del hombro, invadir la densa desnudez de lo nocturno con mi piel erizada, me ponía los pelos de punta y me ahogaba. Trataba de razonar y me decía: “Son sólo veinte centímetros los que separan tus dedos engarrotados de la pera para encender”, y luego el miedo llegaba, estaba allí, se hacía presente, y entumecía mis movimientos y mis ideas. Sonaba el silencio en el dormitorio. Creía poder escuchar el chirrido de las patas de las cucarachas arrastrándose por las losas vetustas. Sentí una sensación real como que estoy ahora mismo aquí, que el libro se arrastraba silenciosamente sobre las sábanas buscando mis piernas. Sabía que no era posible pero allí estaba la sensación, la certidumbre, la cordura de mis nervios que me llamaban, que me incitaban a la locura y al desgarramiento interior. Un temor irracional a lo desconocido invadió mi alma y quise morir en ese mismo instante. El libro continuaba, se movía en zigzag lentamente, cansinamente, pero sin parar. Ya faltaba poco para que sus pastas alcanzaran mi pierna izquierda. Y mis ojos no podían apartarse del brocal abierto del pozo. ¿Qué pasaría si viese salir algo de él? ¿Qué haría? El tiempo pasó, la noche avanzaba cansina y laxa sobre mis miembros. La estructura de mi cuerpo era tan muelle que mi sola respiración me inquietaba.
No sé calcular el tiempo que permanecí en ese estado febril y de vigilia sufriendo los rigores de un miedo absurdo e irracional. Sólo recuerdo, me recuerdo de pie, en medio del pasillo, cerrando la tapa del pozo, con los dedos temblando, con el cuerpo en estado casi epiléptico y con el corazón latiendo en mi pecho como si estuviese a punto de morir de un infarto. Luego me volví hasta el dormitorio. Me sentía castigadísimo, exhausto y con ganas de descansar. Sudaba. Lo recuerdo muy bien porque en el baño tomé la toalla y me limpié el rostro húmedo. Luego anduve por el pasillo en penumbras hasta que llegué al filo del dormitorio. Entré. Todo estaba a oscuras. Solamente un velo de luz, sutilísimo, dejaba ver los perfiles materiales de los objetos. Y fue allí, en ese lugar y en ese momento, cuando lo comprendí, cuando lo vi todo con brutal realidad. Allí estaba. Asomada sobre el arco informe que formaba la tela. La nariz apuntada, la piel deshecha, la boca con los algodones aún entre los dientes. Los ojos cerrados, cosidos, como si estuviesen los párpados grapados. Me caí al rincón. ¿Desmayado? Aún no lo sé. Sólo que desde allí abajo, encogido en rincón escuadrado y diminuto del dormitorio, frente al espejo, frente al gran ropero negro y deforme, bajo el cuadro de la virgencita, al lado del crucificado, allí estaba yo o lo que quedaba de mí. La imagen no era la de una muerta porque vi moverse sus ojillos que luchaban por descoser las grapas. No era una muerta porque respiraba hinchando las sábanas, descomponiendo su tensa figura bajo los pliegues de la tela. La vieja miraba hacia el filo cerrado de la puerta de la habitación, a la ranurilla de luz que por ella se percibía. La vieja movía sus diminutos ojillos ranurados tratando de entrever con ellos lo imposible. Y su pecho esperaba con ansia a que alguien abriese las puertas. ¿O tal vez esperaba a que ese alguien la encerrase en el ataúd para siempre? Sí, eso era, ese temor a los desconocido, a lo irremediable. Yo la veía desde mi rincón, su cara más alta, tétrica, definida, su rostro demacrado por el rigor mortis me decía que la sacase de allí lo antes posible, que la abriese otra vez a la vida, que le donara parte de mi yo para conformar ella su propio yo, que se le iba. Pero no tenía arrestos para levantarme y ayudarla, sólo, eso sí, para pensar en el marido que me alquiló la casa maldita sea la hora. Sólo añoré poder despertar. ¿Estaría soñando que duermo? El miedo trazó alrededor de mi cuerpo una nube de cuerdas que me aprisionaban y que me enmudecían. Y delante de mí la vieja, muerta, viva, no sé…en un estado de putrefacción que me inspiraba odio, odio por ella, por su marido y por mí mismo, por mi propia cobardía, por la ilusión de las cosas, por las apariencias, por la dichosa cama que me adoptó y que luego me deshizo en finas láminas de carne.

Han pasado tantos años que todavía, cuando alguno de mis hijos me dice: “Papá, tengo miedo…”, no puedo más que sonreír estúpidamente y callar.















[Editado el 30/3/2013 por a.floridolozano@gmail.com]



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