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Antonio Di Benedeto: El silencio cautivo



(1172 palabras totales en este texto)
(11875 Lecturas)   Versión Imprimible



El silencio cautivo
Fragmentos

Subversivo

Diecisiete meses de cárcel no es poco ni mucho tiempo. El tiempo allí se mide de distinto modo. Un mes puede ser un año o una vida. Da lo mismo. No hay reloj que lo determine: ni de muñeca ni de los otros. El que se atreva a querer averiguarlo, que se atreva. Allí, las inquisiciones terminan. La vida no existe. Se ha detenido (..) Está la vida vegetativa: levantarse a las cinco; mate cocido a las seis y treinta. ¿Cómo saber esas precisiones? Es la memoria antigua de los indios padres primitivos –los coyas-, que nos llegaron desde Humahuaca o de los ingenios, con señas de alambre de púa en sus muñecas; o la señal de lucero, en la alta noche contemplada desde los barrotes.     

La condena de cada uno la saben los dueños de los registros. En unos, la letra firme dice: "Fusilamiento"; en otros: "Veinte", "Cinco", "Sin tiempo". ¿Qué importa? Cada jefe de zona o sub-zona ejerce su arbitrio (..) Condenados "sine die", enrejados de a dos por cueva, el tiempo queda inmóvil, el aire enrarecido se violenta sólo ante los gerundios impetuosos: "¡Saliendo al patio!", "¡Caminando!", "¡Sirviendo el rancho!", "¡Entrando a la celda!". ¿Quiénes entran? ¿Quiénes salen? ¿Quiénes van al recreo? Números, fantasmas, "sombras, nada más.." La última novela, escrita con la poquita sangre que le fue quedando en las destilaciones de diez y siete meses, encerrado en un cartujo del siglo XVIII, en un torreón que pudo ser el Pabellón Nueve, al final del largo corredor, en esa celda, la de la izquierda.

El único que habitaba solo el cubículo de tres por dos del edificio vetusto de la platense "cárcel modelo", llena de hormigas y ortópteros, a sólo diez y ocho años de su fastuosa inauguración.. Allí habitó, envuelto en sus fantasmas, un escritor del Oeste de la Patria, con pena de "subversivo". Se llamaba Suetonio Da Bene /*/.

( /*/ Con este nombre, el autor alude, durante toda la obra, a Antonio Di Benedetto.)

El ahorcado

     Se comentó que llevaba días sin bajar al patio, porque estaba enfermo, con dolencia de guardar cama. Fueron trascendiendo noticias muy filtradas (..) Sufría calenturas y se le oía quejarse en resuello de pena. Nunca quiso molestar a nadie, si hacer confidencias de su entrabe.

     Era propiamente un silenciero, de aquellos que saben escuchar el movimiento del aire cuando le surcan las alas de aves livianas, hombre de palabras hechas para no ser voceadas.

     Cundió la mala nueva, la malfamada, y el recinto de pobló de hablillas de rincones, hasta aquél día en que se propagó, por la bóvedas de los hangares, en un silencio parecido al ocaso, que la radio Colonia, desde la otra orilla del Carmelo de las luchas independientistas, habría difundido la noticia del martirologio de un escritor. Se lo decía, mientras él yacía muriente en una lóbrega celda de la Unidad Carcelaria Nueve, que estaba bajo supervisión de un alto jefe galonado con doble apellido: español, por "Suárez", e inglés, por "Mason", conocido entre los suyos COMO "Pajarito",  (que luego sería) huésped de la Unidad Carcelaria 22, frente al teatro Colón de Buenos Aires, bajo imputación de algunas "travesuras": 39 homicidios comprobados, más miles de muertes, robos y torturas.     

Así fue: quedan testigos vivos y la memoria del pueblo inmemorial.

     Da Bene había presenciado desde su celda el ahorcamiento de un prisionero de la celda de enfrente. Su estructura de personalidad suprasensible rayó en espanto. Nunca se sacaría de encima ese espectáculo macabro. A él, que había inventado tanta fantasía, tanto tema pasional o policial, tanto hecho humano que luego vivisectara con pasión de orfebre, la vida le tenía reservado ese suceso, quebrarse. A Suetonio, especialista en suicidios, con el escalpelo moviéndose en el mundo ignoto de los que niegan el alba de la rosa, tenía que tocarle el fondo de un infortunio inmensurable, el visaje del cuerpo balanceado, el estertor de la vida irrefugiable.

     De ahí las calenturas, la intermitente fiebre, la resistencia del soplo vital a proseguir sus diástoles y sístoles. Suetonio Da Bene sentía la muerte –la suya y la extraña- viajar por lo túbulos de la sangre, golpear las paredes inútiles de las venas, retumbar en un cerebro hecho para recoger sentimientos –pero no agonías-desde un remoto país muy lejos de su tierra, en un ambiente de angustias hacia adentro, rodeado de sombras, de sombras inasibles, de sombras, nada más...

     No podía menos que yacer muriendo, postrado en esa tumba que vigilaba el ocaso de las evanescencias.

Se sentía extraño

     Se sentía extraño al ambiente que lo rodeaba, ajeno a la aventura que la vida le hacía correr. Había cumplido medio siglo, al tiempo que una sociedad se resquebrajaba y las aguas del torrente lo llevaban de una a otra orilla, como barcaza sin quilla ni gobernalle. En el silencio de la noche, en madrugada alta, el ventanal de su casa iluminaba la pluma en ristre y la hoja blanca, que llenaban sus elucubraciones de novelista de alto vuelo. El talento de isleño de la "bassa Italia", sangre generosa y vasta que se había desperdigado por el mundo, le colmaba de fantasías, que él corporizaba en figuraciones vibrantes, a lo largo de páginas calientes. Había comenzado como periodista; seguía siéndolo, menos afiebrado, y llevó la fama de su nombre a escritos que los críticos estudian –esa forma de lenguas y ese estilo-, hasta consagrarlo al paso de los días. En importante diario del interior, había escalado, una a una, las gradas del renombre.     

El golpe de la caída fue brutal, sencillamente. Había que estar muy forjado en la desgracia para poder asimilarlo. En boxeo, hay quienes al primer nocaut despiadado y contundente, no se rehabilitan más. Y se conoce otros que, después de brava golpiza, salen más airosos de la pelea, como una inyección de furia, ante el asombro general. Suetonio pertenecía a los primeros, y de ese nocaut que lo arrojó a la lona no podía ni quería despertar. Seguía soñando, tirado en la celda –sueños malos, feas pesadillas- y ese patio con gente no le decía nada, nada que ver con su vida pasada, y ésta de ahora, que no captaba; y aquel futuro que había ido amasando, que creía merecer, y que tuvo en sus manos.

     ¿Qué hacían esos fantasmas caminando a paso moderado –"prohibido correr o hacer ejercicios"-, en ese extraño patio de costados cubiertos por altos muros, a los que asomaban cientos de ventanillas –bocas o aberturas- celdas pluripersonales? ¿Qué tenía que ver él con esos señores mal gestados que abrían y cerraban cerrojos, en el portal de acceso y salida, entrada y retorno, y esos fantasmas que giraban alrededor del patio de cemento –cemento y cemento, gris sobre gris-, sin una nota de verde, de azul o escarlata?

     El era ajeno a todo eso. Era un importante periodista de una patria amena y regalada, de valles verde esmeralda, frutales y nogales y cerezos y almendros y manzanas y ciruelos, y hectáreas y hectáreas de parrales y de viñas bajas, fundadoras de la alegría, habitáculos de los mejores néctares que Baco en su sapiencia pudiera soñar.

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