Héctor Tizón: Crepúsculo
Crepúsculo

Es ya el crepúsculo del lunes, aun más opaco ahora que otros crepúsculos a causa de la neblina que desde temprano se amontonó en el valle, y el hombre permanece en la galería, sentado, pensando, recordando tal vez o dormitando. La neblina avanzaba desde el norte pero ni aun así podía dejar de verse el cuerpo informe de los cerros, tan acantilados sobre la falda donde estaba la vieja casa, los campos de pastura amancillados por la erosión y las piedras.    

Poco antes habían muerto su madre y su tía Clotilde, apenas separadas por un mes la una de la otra y él, como le gustaba pensar, pensó entonces que bien podían haberse ido juntas, para un solo velorio y para ahorrarse un dolor sobreponiendo los dos, y fueron enterradas entre las otras tumbas, pocas -apenas si media docena- en el cementerio familiar detrás de la capilla ya irremediablemente abandonada, no lejos de los fondos de la casa.    

Días antes de morir, tía Clotilde le dijo: "Ella no siempre fue así". El la observó con atención. Tía Clotilde sólo tenía ya un hilo de voz destemplada o como aprisionada por el enorme bocio que sus gorgueras de piqué o de linón, los mismos con que se hacían los baberos a los niños, primorosamente bordadas, inmaculadas, no alcanzaron nunca a disimularlo. La observó con atención. Sus ojos azules tenían un reflejo vidrioso, pálido. El la observó con atención, con la misma atención, asombro o vergüenza que había sentido por su madre, porque los mudos por lo general se dan entre los pobres o mal nacidos, por eso es que la minusvalía de su madre era como una afrenta velada o como un estigma, tal vez hereditario, y de allí su soledad asumida no tanto como una condena sino quizá como una cobardía y su negativa a buscar esposa y refundar una familia. Nadie es la suma de todo su linaje; él lo sabía, pero también conocía el hecho de que todos podemos heredar el oprobio de la locura, la ceguera, la impotencia o la prodigalidad. "Ella no siempre fue así", dijo tía Clotilde mientras trataba de beber la tisana con la ayuda de una bombilla porque la temblorina de sus manos no le permitía hacerlo directamente de la taza. Ella había sido sensatamente feliz y bien casada, madre de tres hijos vivos afincados en la ciudad y cuatro muertos y su marido muerto también, analfabeta, inocente y sabia. Tía Clotilde nunca se había preguntado nada y se mantuvo inconmovible o indiferente ante la muerte alternada -aunque dos fueran sucesivas- de sus hijos e hijas apenas nacer o el alcoholismo no violento de su marido, y ni siquiera el hecho de vivir en este siglo de ciudades con luz eléctrica y sufragio popular había dañado su autoestima.





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