Julio Cortázar: Rayuela, capítulo 23. (2)
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Rayuela, capítulo 23.

Berthe Trépat miraba la sala vacía. Le temblaba un poco un párpado. Parecía preguntarse algo, esperar algo. Oliveira sintió que debía seguir hablando.

-Un artista como usted conocerá de sobra la incomprensión y el snobismo del público. En el fondo yo sé que usted toca para usted misma.

-Para mí misma -repitió Berthe Trépat con una voz de guacamayo asombrosamente parecida a la del caballero que la había presentado.

-¿Para quién, si no? -dijo Oliveira, trepándose al escenario con la misma soltura que si hubiera estado soñando_. Un artista sólo cuenta con las estrellas, como dijo Nietzsche.

-¿Quién es usted, señor? -se sobresaltó .

-Oh, alguien que se interesa por las manifestaciones... -Se podía seguir enhebrando palabras, lo de siempre. Si algo contaba era estar ahí, acompañando un poco. Sin saber bien por qué.

Berthe Trépat escuchaba, todavía un poco ausente. Se enderezó con dificultad y miró la sala, las bambalinas.

-Sí -dijo-. Ya es tarde, tengo que volver a casa. -Lo dijo por ella misma, como si fuera un castigo o algo así.

-¿Puedo tener el placer de acompañarla un momento? -dijo Oliveira, cada vez más seguro de que soñaba y que le gustaba seguir soñando.

-Valentin puede hacer cosas mejores -dijo Berthe Trépat-. Y me parece repugnante de su parte... si, repugnante... marcharse así como si yo fuera un trapo.

-Habló de usted y de su obra con gran admiración.

-Por quinientos francos ése es capaz de hablar con admiración de un pescado muerto. ¡Quinientos francos! -repitió Berthe Trépat, perdiéndose en sus reflexiones.

“Estoy haciendo el idiota”, se dijo Oliveira. Si saludaba y se volvía a la platea, tal vez la artista ya no se acordara de su ofrecimiento. Pero la artista se había puesto a mirarlo y Oliveira vio que estaba llorando.

-Valentin es un canalla. Todos... había más de doscientas personas, usted las vio, más de doscientas. Para un concierto de primeras audiciones es extraordinario, ¡no le parece? Y todos pagaron la entrada, no vaya a creer que habíamos enviado billetes gratuitos. Más de doscientos, y ahora solamente queda usted, Valentin se ha ido, yo..

-Hay ausencias que representan un verdadero triunfo -articuló increíblemente Oliveira.

-¿Pero por qué se fueron? ¿Usted los vio irse? Más de doscientos, le digo, y personas notables, estoy segura de haber visto a madame de Roche, al doctor Lacour, a Montellier, el profesor del último gran premio de violín... Yo creo que la Pavana no les gustó demasiado y que se fueron por eso, ¿no le parece? Porque se fueron antes de mi Síntesis, eso es seguro, lo vi yo misma.

-Por supuesto -dijo Oliveira-. Hay que decir que la Pavana...

-No es en absoluto una pavana -dijo Berthe Trépat-. Es una perfecta mierda. La culpa la tiene Valentin, ya me habían prevenido que Valentín se acostaba con Alix Alix. ¿Por qué tengo yo que pagar por un pederasta, joven? Yo, medalla de oro, ya le mostraré mis críticas, unos triunfos, en Grenoble, en el Puy...

Las lágrimas le corrían hasta el cuello, se perdían entre las ajadas puntillas y la piel cenicienta. Tomó del brazo a Oliveira, lo sacudió. De un momento a otro iba a tener una crisis histérica.

-¿Por qué no va a buscar su abrigo y salimos? -dijo presurosamente Oliveira-. El aire de la calle le va a hacer bien, podríamos beber alguna cosa, para mí será un verdadero...

-Beber alguna cosa -repitió Berthe Trépat-. Medalla de oro.

-Lo que usted desee- dijo incongruentemente Oliveira. Hizo un movimiento para soltarse, pero la artista le apretó el brazo y se la acercó aún más. Oliveira olió el sudor del concierto mezclado con algo entre natfalina y benjuí (también pis y lociones baratas). Primero Rocamadour y ahora Berthe Trépat, era para no creerlo. “Medalla de oro”, repetía la artista, llorando y tragando. De golpe un gran sollozo la sacudió como si descargara un acorde en el aire. “Y todo es lo de siempre...”, alcanzó a entender Oliveira, que luchaba en vano para evadir las sensaciones personales, para refugiarse en algún río metafísico, naturalmte. Sin resistir, Berthe Trépat se dejó llevar hacia las bambalinas donde la acomodadora los miraba linterna en mano y sombrero con plumas.

-¿Se siente mal la señora?

-Es la emoción -dijo Oliveira-. Ya se le está pasando. ¿Dónde está su abrigo?

Entre vagos tableros, mesas derrengadas, un arpa y una percha, había una silla de donde colgaba un impermeable verde. Oliveira ayudó a Berthe Trépat, que había agachado la cabeza pero ya no lloraba. Por una puertecita y un corredor tenebroso salieron a la noche del boulevard. Lloviznaba.

_No será fácil conseguir un taxi -dijo Oliveira que apenas tenía trescientos francos-. ¿Vive lejos?

-No, cerca del Panthéon, en realidad prefiero caminar.

-Sí, será mejor.

Berthe Trépat avanzaba lentamente, moviendo la cabeza a un lado y otro. Con la caperuza del impermeable tenía un aire guerrero y Ubu Roi. Oliveira se enfundó en la canadiense y se subió bien el cuello. El aire era fino, empezaba a tener hambre.

_Usted es tan amable -dijo la artista-. No debería molestarse. ¿Qué le pareció mi “Síntesis”?

-Señora, yo soy un mero aficionado. A mí la música, por así decir...

-No le gustó -dijo Berthe Trépat.

-Una primera audición...

-Hemos trabajado meses con Valentin. Noches y días, buscando la conciliación de los genios.

-En fin, usted reconocerá que Délibes...

-Un genio -repitió Berthe Trépat-. Erik Satie lo afirmó un día en mi presencia. Y por más que el doctor Lacour diga que Satie me estaba... cómo decir. Usted sabrá sin duda cómo era el viejo... Pero yo sé leer en los hombres, joven, y sé muy bien que Satie estaba convencido, sí, convencido. ¿De qué país viene usted, joven?

-De la Argentina, señora, y no soy nada joven dicho sea de paso.

-Ah, la Argentina. Las pampas... ¿Y allá cree usted que se interesarían por mi obra?

-Estoy seguro, señora.

-Tal vez usted podría gestionarme una entrevista con el embajador. Si Thibaud iba a la Argentina y a Montevideo, ¿por qué no yo, que toco mi propia música? Usted se habrá fijado e eso, que es fundamental: mi propia música. Primeras audiciones casi siempre.

-¿Compone mucho? -preguntó Oliveira, que se sentía como un vómito.

-Estoy en mi opus ochenta y tres... no, veamos... Ahora que me acuerdo hubiera debido hablar con madame Nolet antes de salir... Hay una cuestión de dinero que arreglar, naturalmente. Doscientas personas, es decir... -Se perdió en un murmullo, y Oliveira se preguntó si no sería más piadoso decirle redondamente la verdad, pero ella la sabía, por supuesto que la sabía.

-Es un escándalo - dijo Berthe Trépat-. Hace dos años que toqué en la misma sala, Poulenc prometió asistir... ¿Se da cuenta? Poulenc, nada menos. Yo estaba inspiradísima esa tarde, una lástima que un compromiso de última hora le impidió... pero ya se sabe con los músicos de moda... Y esa vez la Nolet me cobró la mitad menos -agregó rabiosamente-. Exactamente la mitad. Claro que lo mismo, calculando doscientas personas...

-Señora -dijo Oliveira, tomándola suavemente del codo para hacerla entrar por la rue de Seine-, la sala estaba casi a oscuras y quizá usted se equivoca calculando la asistencia.

-Oh, no -dijo Berthe Trépat-. Estoy segura de que no me equivoco, pero usted me ha hecho perder la cuenta. Permítame, hay que calcular... -Volvió a perderse en un aplicado murmullo, movía continuamente los labios y los dedos, por completo ausente del itinerario que le hacía seguir Oliveira, y quizá hasta de su presencia. Todo lo que decía en alta voz hubiera podido decírselo a sí misma, parís estaba lleno de gentes que hablaban solas por la calle, el mismo Oliveira no era una excepción, en realidad lo único excepcional era que estuviese haciendo el cretino al lado de la vieja, acompañando a su casa a esa muñeca desteñida, a ese pobre globo inflado donde la estupidez y la locura bailaban la verdadera pavana de la noche. “Es repugnante, habría que tirarla contra un escalón y meterle el pie en la cara, aplastarla como a una vinchuca, reventarla como un piano que se cae del décimo piso. La verdadera caridad sería sacarla del medio, impedirle que siga sufriendo como un perro metida en sus ilusiones que ni siquiera cree, que fabrica para no sentir el agua en los zapatos, la casa vacía o con ese viejo inmundo del pelo blanco. Le tengo asco, yo me rajo en la esquina que viene, total ni se va a dar cuenta. Qué día, mi madre, qué día”.

Si se cortaba rápido por la rue Lobineau, que le echaran un galgo, total la vieja lo mismo encontraría el camino hasta su casa. Oliveira miró hacia atrás, esperó el momento sacudiendo vagamente el brazo como si le molestara un peso, algo colgado subrepticiamente de su codo. Pero era la mano de Berthe Trépat, el peso se afirmó resueltamente, Berthe Trépat se apoyaba con todo su peso en el brazo de Oliveira que miraba hacia la rue Lobineau y al mismo tiempo ayudaba a la artista a cruzar la calle, seguía con ella por la rue de Tournon.

-Seguramente habrá encendido el fuego -dijo Berthe Trépat-. No es que haga tanto frío, en realidad, pero el fuego es el amigo de los artistas, ¿no le parece? Usted subirá a tomar una copita con Valentin y conmigo.

-Oh, no, señora -dijo Oliveira-. De ninguna manera, para mí ya es suficiente honor acompañarla hasta su casa. Y además...

-No sea tan modesto, joven. Porque usted es joven, ¿no es cierto? Se nota que usted es joven, en su brazo, por ejemplo... -Los dedos se hincaban un poco en la tela de la canadiense-. Yo parezco mayor de lo que soy, usted sabe, la vida del artista...

-De ninguna manera -dijo Oliveira-. En cuanto a mí ya pasé bastante de los cuarenta, de modo que usted me halaga.

Las frases le salían así, no había nada que hacer, era absolutamente el colmo. Colgada de su brazo Berthe Trépat hablaba de otros tiempos, de cuando en cuando se interrumpía en mitad de una frase y parecía reanudar mentalmente un cálculo. Por momentos se metía un dedo en la nariz, furtivamente y mirando de reojo a Oliveira; para meterse el dedo en la nariz se quitaba rápidamente el guante, fingiendo que le picaba la palma de la mano, se la rascaba con la otra mano (después de desprenderla con delicadeza del brazo de Oliveira) y la levantaba con un movimiento sumamente pianístico para escarbarse por una fracción de segundo un agujero de la nariz. Oliveira se hacía el que miraba para otro lado, y cuando giraba la cabeza Berthe Trépat estaba otra vez colgada de su brazo y con el guante puesto. Así iban bajo la lluvia hablando de diversas cosas. Al flanquear el Luxemburgo discurrían sobre la vida en París cada día más difícil, la competencia despiadada de jóvenes tan insolentes como faltos de experiencia, el público incurablemente snob, el precio del biftec a precios razonables. Dos o tres veces Berthe Trépat había preguntado amablemente a Oliveira por su profesión, sus esperanzas y sobre todo sus fracasos, pero antes de que pudiera contestarle todo giraba bruscamente hacia la inexplicable desaparición de Valentin, la equivocación que había sido tocar la Pavana de Alix Alix nada más que por debilidad hacia Valentin, pero era la última vez que le sucedería. “Un pederasta”, murmuraba Berthe Trépat, y Oliveira sentía que su mano se crispaba en la tela de la canadiense. “Por esa porquería de individuo, yo, nada menos, teniendo que tocar una mierda sin pies ni cabeza mientras quince obras mías esperan todavía su estreno...” Después se detenía bajo la lluvia, muy tranquila dentro de su impermeable (pero a Oliveira le empezaba a entrar el agua por el cuello de la canadiense, el cuello de piel de conejo o de rata olía horriblemente a jaula de jardín zoológico, con cada lluvia era lo mismo, nada que hacerle), y se quedaba mirándolo como esperando una respuesta. Oliveira le sonreía amablemente, tirando un poco para arrastrarla hacia la rue de Médicis.

-Usted es demasiado modesto, demasiado reservado -decía Berthe Trépat-. Hábleme de usted, vamos a ver. usted debe ser poeta, ¿verdad? Ah, también Valentin cuando éramos jóvenes... La “Oda Crepuscular”, un éxito en el Mercure de France... Una tarjeta de Thibaudet, me acuerdo como si hubiera llegado esta mañana. Valentin lloraba en la cama, para llorar siempre se ponía boca abajo en la cama, era conmovedor.

Oliveira trataba de imaginarse a Valentin llorando boca abajo en la cama, pero lo único que conseguía era ver a un Valentin pequeñito y rojo como un cangrejo, en realidad veía a Rocamadour llorando boca abajo en la cama y a la Maga tratando de ponerle un supositorio y Rocamadour resistiéndose y arqueándose, hurtando el culito a las manos torpes de la Maga. Al vejo del accidente también le habrían puesto algún supositorio en el hospital, era increíble la forma en que estaban de moda, habría que analizar filosóficamente esa sorprendente reinvindicación del ano, su exaltación a segunda boca, a algo que ya no se limita a excretar sino que absorbe y deglute los perfumados aerodinámicos pequeños obuses rosa verde y blanco. Pero Berthe Trépat no lo dejaba concentrarse, otra vez quería saber de la vida de Oliveira y le apretaba el brazo con una mano y a veces con las dos, volviéndose un poco hacia él con un gesto de muchacha que aún en plena noche lo estremecía. Bueno, él era un argentino que llevaba un tiempo en parís, tratando de... Vamos a ver, ¿qué era lo que trataba de? Resultaba espinoso explicarlo así de buenas a primeras. Lo que él buscaba era...

-La belleza, la exaltación, la rama de oro -dijo Berthe Trépat-. No me diga nada, lo adivino perfectamente. Yo también vine a parís desde Pau, hace ya algunos años, buscando la rama de oro. Pero he sido débil, joven, he sido... ¿Pero cómo se llama usted?

-Oliveira -dijo Oliveira.

-Oliveira... Des olives, el Mediterráneo... Yo también soy del Sur, somos pánicos, joven, somos pánicos los dos. No como Valentin que es de Lille. Los del Norte, fríos como peces, absolutamente mercuriales. ¿Usted cree en la Gran Obra? Fulcanelli, usted me entiende... No diga nada, me doy cuenta de que es un iniciado. Quizá no alcanzó todavía las realizaciones que verdaderamente cuentan, mientras que yo.. Mire la Síntesis, por ejemplo. Lo que dijo Valentin es cierto, la radiestesia me mostraba las almas gemelas, y creo que eso se transparenta en la obra. ¿O no?

-Oh sí.





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