La casa cerrada
Fecha Monday, 09 January a las 05:03:18
Tema Crítica literaria, cuentos y poemas


En casi todas las ciudades del Uruguay existen casas que datan de fines del siglo XIX. Todas ellas tienen características similares. En su frente una puerta muy alta que, normalmente, termina en su parte superior con una ventana semicircular con un vidrio de color de adorno. Dicha puerta consta de dos hojas, toda de madera con un labrado muy trabajado. A cada lado de la puerta, sendas ventanas, con su parte inferior a un metro y medio del suelo, alcanzan, en su parte superior, la misma altura de la puerta. Cada ventana está protegida por postigones con rejillas de dos hojas articuladas.

En la parte inferior de cada ventana hay una reja baja que actúa como un pequeño balcón. El frente de ese tipo de casas está adornado por esculturas hechas en el mismo material de las paredes.

En caso de poder haber entrado en alguna de esas casas, luego de subir un escalón de mármol, nos encontramos con un pequeño corredor, llamado zaguán, seguido de una puerta, precedida de dos o tres escalones de mármol, con un gran vidrio cerrado por visillo de tela. Esta puerta, llamada puerta cancel, no abarca todo el ancho del corredor, sino que está flanqueada por ventanucos, con vidrios, finos y altos, resguardados por la misma tela de la puerta cancel.

El piso del zaguán está conformado con baldosas de 40 cm. de lado colocadas en diagonal, con dibujos geométricos, y las paredes cubiertas de azulejos brillantes hasta media altura, terminadas en un friso de mármol.
Pasando la puerta cancel, continúa el corredor de entrada, al que dan dos puertas, una de cada lado, correspondientes a las salas que dan a la calle.

El corredor termina en un gran patio central, cubierto de una claraboya al que dan otras habitaciones de la casa, cuya única ventilación es la puerta que da al patio cerrado.
Más atrás se encuentran otras habitaciones, conjuntamente con la cocina de la casa y más adelante un jardín que, en sus buenas épocas, debió estar decorado con flores y plantas.

La ubicación del baño siempre fue, para mí, una incógnita. Debía encontrarse hacia la parte de atrás de la casa. En los dormitorios es clásico que haya una cómoda con la parte superior de mármol y, sobre ella, una palangana de loza o enlosada que hace de veces de lavatorio junto con una jarra grande del mismo material.

Cuando yo era adolescente, al salir del Liceo junto con tres de mis compañeros, que tenían mi misma edad, 13 años, pasábamos por frente a una casa de esas características en la que siempre estaban cerradas las puertas y los postigones de las ventanas.
De acuerdo a lo que habíamos preguntado a nuestros padres, sabíamos que en ella vivía un señor que, siendo muy rico, no le gustaba que nadie lo viera. Nos dijeron que era lo que se llamaba un “ermitaño”.

Según lo que contaban, la casa tenía muchas habitaciones y entonces como este señor no quería tener empleados, vivía en una de ellas hasta que, estaba tan sucia, que la cerraba y se iba a vivir en otra.
La verdad es que creímos que esto era una exageración y, por tanto, debía ser uno de los tantos cuentos que hay en una ciudad del interior.

Como veíamos, cada vez que pasábamos, toda la casa cerrada, nos pusimos de acuerdo para encontrarnos, mis amigos y yo, una nochecita de verano para saber si había luz en aquella casa.
Nos quedamos un rato, pero no vimos ni luz ni ningún movimiento por lo que llegamos a pensar que la casa, en realidad, estaba vacía y abandonada.
Llegamos a esta conclusión porque sino fuera así, ¿Qué come este señor? ¿Cuándo hace las compras?
Al no obtener respuesta a estas preguntas, cada vez se afirmaba más nuestra creencia que la casa estaba deshabitada.

Una tarde, al salir del Liceo y hacer siempre el mismo camino, pasamos frente a la casa cerrada. Uno de mis compañeros dijo: “¿Y si empujamos la puerta para abrirla?” Le contestamos que lo hiciera él, si se animaba, a nosotros nos daba miedo.
Empujó la puerta y ella se entreabrió dejando entrar algo de luz al zaguán. Se veía sucio, las paredes llenas de humedad, los escalones de mármol y las baldosas muy gastadas.
Tratamos de mirar hacia adentro para tratar de ver más, pero estaba todo oscuro y no pudimos ver nada.

Cada vez se afirmaba más, en nosotros, la idea que la casa estaba abandonada.
Ya era junio y los días se hacían más cortos por lo que, cuando salíamos del Liceo, ya estaba atardeciendo. Además había estado lloviendo y estaba nublado.

La puerta de la casa había quedado entreabierta como la dejamos nosotros por lo que, nos quedamos mirando hacia adentro, como lo hacíamos todos los días, queriendo ver algo más. En un momento, cuando los tres estábamos mirando, nos pareció ver, a través de la puerta cancel, la luz de una vela que parecía acercarse. Uno de nosotros gritó ¡ahí viene el viejo! (no se de donde habíamos sacado que tenía que ser una persona de edad), pero fue suficiente para que saliéramos corriendo de tal manera que creo que hasta perdí algunos lápices de colores (mis padres me iban a rezongar por la pérdida pero, frente al susto, poco importaba; ya inventaría algo)

Al llegar a dos cuadras de distancia nos separamos, comprometiéndonos a no contar nada a nadie.
Al día siguiente, al pasar por la vereda de enfrente a la casa (no nos animábamos a acercarnos), vimos que había un policía y un grupo de curiosos en la puerta, Cruzamos la calle para averiguar que había pasado.

El policía contó, a todos los que le preguntaban, que la señora que tenía el fondo de su casa lindero con el de la casa cerrada, no veía a Don Pedro desde ayer y le llamó la atención porque ella le hacía las compras. Por esta razón avisó a la Policía. Cuando llegaron vieron que la puerta estaba entreabierta, entraron y encontraron a Don Pedro muerto. Le había dado un ataque al corazón, según dijo el médico

Nosotros quedamos pálidos de susto. ¿Y si se enteraban que habíamos sido nosotros que abrimos la puerta?
Nos habíamos sacado algunas dudas. La casa no estaba deshabitada, el “ermitaño” tenía quien le hiciera los mandados.
Pero después menos asustados nos preguntamos: cuando vimos la luz de la vela, ¿no sería que el hombre quería pedir ayuda? Nunca lo sabremos.
Desde ese entonces, nunca más se nos ocurrió tocar la puerta de una casa






Este artículo proviene de ARTNOVELA Ediciones
http://www.artnovela.com.ar/

La dirección de esta noticia es:
http://www.artnovela.com.ar//modules.php?name=News&file=article&sid=1352