Bajo tu piel
Fecha Monday, 09 January a las 04:55:34
Tema Crítica literaria, cuentos y poemas


Esta mañana desperté con extrañas manchas en mi piel. Eran muy pequeñas, pero perfectamente visibles, grises y de forma circular.
Estaban en mi vientre, en mis senos, en mis piernas, en mis brazos, en todos los rincones de mi cuerpo y de mi blanca piel. Excepto en mi rostro, mi peculiar rostro, adornado con esa nariz chata que dios me había regalado.
Trate de quitarlas con mis uñas, de limpiarlas, de desaparecerlas, pero aquellas manchas no se iban. No eran algo que estuviera pegado a mi piel, hacían parte de ella y eso hizo que me asustara mucho.


Me despojé de mis ropas y me miré en el enorme espejo que adornaba la pared de mi habitación: esas malditas manchas, esos pequeños círculos grises contaminaban la totalidad de mi ser. Había descubierto últimamente la belleza que irradiaba mi cuerpo, las curvas provocadoras que se adueñaban de mi cintura, los senos que crecían a diario y la ternura que adquiría mi rostro.
No era fea en absoluto, y esas malditas manchas deformaban la poca belleza que lograba hacerme sentir especial.
Quise romper el espejo de un puñetazo, agarrar uno de esos filosos pedazos y arrancarme la piel pedazo por pedazo, para despojar a mi cuerpo de aquella horrible maldición a la que se encontraba atado. Pero no lo hice, solo llevé mis manos a mi rostro y lloré de tristeza, de rabia y de impotencia.
Aparté mi vista del enorme espejo, limpié mi rostro, detuve las lagrimas que humedecían mis ojos, cubrí mi cuerpo con las ropas más anchas que pude encontrar, escondiendo por el momento las extrañas manchas que me consumían, tomé una leve bocanada de aire y salí de mi habitación.
Toda mi familia se encontraba en la sala, sentados en sus respectivas sillas y con un plato de comida al frente de cada uno. Nadie comía, solo revolvían sus alimentos con los cubiertos que tenían en sus manos, una y otra vez, como si se encontraran en una especie de trance inalterable.
Ninguno notó mi presencia, ensimismados, hipnotizados, con los ojos enfocados en la nada que tenían en frente. Solo revolvían su comida mientras flotaban en el inmenso espacio de sus mentes.
Miré de cerca el rostro de mi abuelo y hubiera jurado que su alma había sido robada; mi abuela miraba fijamente la pared blanca e insignificante que tenía en frente, sin importarle la saliva que caía de su boca y se mezclaba con la comida.
En el último rincón de la mesa, se encontraba una silla vacía y un plato de comida que nadie había tocado, un plato reservado para alguien más de la familia, para mí, invitándome a compartir la sesión hipnótica en la que todos se encontraban. Senté mi cuerpo en la silla y llevé una cucharada a mi boca.
La comida no tenia sabor, ni olor, ni textura, era algo invisible, intangible, algo inexistente. Fijé mis ojos en el plato y vi horrorizada el vacio que lo llenaba, así como la comida invisible que mi familia aparentaba revolver. Sus platos también estaban vacios, siempre lo estuvieron.
Un olor desagradable invadió los orificios de mi nariz, un olor fétido y nauseabundo que rápidamente conquistó y se pegó al aire que flotaba en la sala donde me encontraba. Ese vomitivo y repulsivo olor emanaba de mi cuerpo, de la piel que cubría mi carne, de las manchas que deformaban mi belleza.
El deseo más grande de gritar, de llorar, insultar a la nada y maldecir mi destino invadió cada centímetro del putrefacto cuerpo en que habitaba. Golpeé la mesa y tiré el plato vacio al suelo; tampoco lo notó ningún miembro de mi familia, pues seguían en su hipnótico viaje hacia la nada.
Di un pequeño brinco y caminé con rapidez hacía la puerta que daba a la calle. Ya me disponía a abrirla, pero de repente, una escalofriante voz paralizo los músculos de mi cuerpo: era mi tía, quien también estaba en la mesa, dándome la espalda.
-¿Para donde vas? Preguntó.
-Al rio. Fue lo primero que salió de mi garganta.
-¡Demórese!
Después, se quedó callada y siguió revolviendo su comida invisible.
La mañana estaba triste, el cielo gris, el aire frio y desesperante. Todo estaba triste y decolorado, como si el mundo estuviera a punto de ahogarse en un mar de gritos y melancolías.
No había nadie en los alrededores, ni una sola persona, ni una sola alma que diera algo de vida a esta moribunda mañana. Sin saberlo, llegué al rio, al rio de aguas sucias, donde la gente pobre a veces se bañaba, ese rio que estaba a pocas cuadras de mi casa.
Mi cuerpo picaba y se estremecía, las manchas grises crecían, otras nuevas aparecían, mi reflejo en el agua mostró mi rostro cubierto de esos malditos círculos, que ahora quemaban como si fueran acido.
Rasgué mis ropas y quede completamente desnuda, viendo como mi cuerpo era ahora una masa gris y espantosa. El agua del rio estaba muy sucia, pero no vacile ni un segundo en arrojarme y lavarme con ella, en un vano y desesperado intento de desaparecer esas manchas que quemaban como el fuego más intenso.
Trataba de agarrar la mayor cantidad de agua con mis pequeñas y delgadas manos, sin embargo, esta desaparecía escurriéndose por entre mis dedos. Rato después, y con mi cuerpo mojado, arrugado y temblando por el frio, desistí de la idea del agua que podría sanarme; aquella agua era solo una extensión de la palabra suciedad, y me sentí estúpida por pensar en curarme de esa manera.
Me desplomé en el verde pasto, mirando el oscuro cielo, el cual parecía estar a punto de soltar un mar de lágrimas sobre mí. Aún me encontraba desnuda, con esas malditas manchas que picaban y quemaban como abejas enfurecidas; rogué porque alguien pasara a mi lado y me tendiera su mano, correr y refugiarme en sus brazos.
La ciudad estaba totalmente desierta, ninguna persona, ningún carro, ningún animal, pasaba por estos lugares. La ciudad ahora era esclava de la melancolía y el aire frio que danzaba por todos lados. Caminé de nuevo a mi casa, desnuda, con un cuerpo deforme y gris, que picaba y ardía y me enloquecía.
La puerta de mi casa se encontraba abierta, dentro, la oscuridad se adueñaba del color de las cosas, y yo aquí, desnuda, junto con unas manchas deformadoras y el putrefacto olor que emanaba de ellas. ¿Qué diría mi familia al verme? ¿Notarían esta vez mi presencia?
Mi casa estaba oscura y completamente vacía, ni las cosas que alguna vez fueron mías, ni la familia con la que convivía se encontraban allí, todo había desaparecido, hasta mis ganas de seguir viviendo.
Encontré con mucha dificultad la entrada de mi habitación y vi el efímero y melancólico reflejo de mi cuerpo en el gran espejo que adornaba la pared de mi habitación, el cual no había desaparecido como todo lo demás. Lo rompí de un solo golpe y miles de filosos pedacitos volaron por el aire, cayendo al suelo como una lluvia cristalina.
Senté mi demacrado cuerpo en el frio piso, agarré uno de los miles pedacitos de vidrio y corté cada centímetro de piel que me cubría.
Cada vez que cortaba un pedacito de mi piel, lanzaba un espantoso grito, con la esperanza de que alguien me escuchara y viniera a socorrerme, a salvarme de la maldición que me infectaba. Nadie lo hizo, estaba sola en el mundo, sola con esas manchas que corte tras corte, abandonaban de mala gana mi cuerpo.
Todos los pedacitos de mi piel quedaron en una esquina de mi habitación; el aire se sentía más frio, la sangre roja y espesa no paraba de caer, un mareo se apoderó de mi cerebro y la muerte se presentó ante mis ojos. Eran los últimos minutos de mi vida, acabándose de la manera más vil y dolorosa.
Sin embargo, en mi cuerpo sin piel, empezaron de nuevo, a salir las manchas que tanto odiaba, esas malditas manchas que se negaban a irse y me condenaban a un sufrimiento sin fin.
En un momento de locura y desesperación, clavé en mi carne todos los pedacitos de vidrio que pude encontrar. Era un momento de locura, excitación y odio por el destino que había tocado a mi puerta.
Minutos después, mi acabado cuerpo cayó fuertemente al duro piso de mi habitación. Ya no pude mover mis brazos, ni mis piernas, ni cerrar los ojos, perdí contacto con mi conciencia y la débil llama que aun ardía dentro de mí, se apagó, dejándome a meced de la nada que en estos momentos se presentaba ante mis ojos, como una fuerza, un estado que traería paz a mi cuerpo y alejaría todo el dolor que invadía mi ser.






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