De diciembre a mayo
Fecha Monday, 26 December a las 17:08:24
Tema Crítica literaria, cuentos y poemas


Doblaron por Humberto Primo. Venían de lo de Daniel que, como siempre, juró y recontra juró que iría y de golpe y porrazo, les dice que no va a poder, que lo van a tener que disculpar y que no sé cuántas cosas más. Osvaldo, que lo conoce, ya se lo veía venir y sin embargo, se desvió las cinco cuadras que debía desviarse para pasar a buscarlo.


Hace frío, pero Nicolás está bien abrigado, así que no se queja. Si su papá lo tolera, el no va a decir ni “A”.
Esquivan la avenida San Juan, que está atestada de gente, y aparecen por 9 de Julio junto con una decena de personas que los sorprende desde la espalda, casi amistosamente. Apenas se puede caminar.
Osvaldo murmura algo y Nicolás apenas alcanza a descifrar el nombre de su tío: Daniel.
A Nicolás todo eso le resulta familiar. Hay un kiosco en una esquina, que no es muy distinto a cualquier otro y que, sin embargo, le recuerda la imagen de algún kiosco, en alguna esquina, que viera alguna vez. Se siente raro.
—Ya vinimos una vez.
—Sí, Nico.
—Estaba el tío Daniel esa vez.
—Sí, ¿te acordas? Eras chiquito—Agrega sin ocultar su asombro.
—Casi nada, el kiosco ese y el tío estaba conmigo…
Siguen una cuadra en silencio, está empezando a hacer calor entre tanta gente y tiene sed, pero es temprano para quejarse, piensa.
Se escuchan fuegos artificiales dispersos por los costados lejanos y la voz afectada de una señora que anuncia una especie de itinerario, le rodea los oídos.
Más adelante debe estar lo bueno, porque se ven los carteles y las banderas y las cabezas de un montón de gente que se esfuerza por oír esa voz aburrida.
—¿Cuántos años tenía yo?
—Cuatro recién cumplidos—Lo toma por los hombros y lo va guiando desde atrás. Sabe que ya no tiene permitido llevarlo de la mano, aunque le encantaría. Le aprieta fuerte al hombro, no va dejar que se separen ni por un segundo.
—Entonces no era un veinticinco como hoy—Grita Nicolás para atravesar el rumor de los parlantes y los bombos.
—No, fue en diciembre.
—Hace casi diez años.
—Ocho años y cinco meses.
—¿Y qué pasó en diciembre?—Nicolás intenta ordenar en su cabeza, el calendario de asuetos y de actos escolares, de días patrios; nada. Diciembre es vacaciones, cumpleaños, navidad y año nuevo; no hay revoluciones, ni recordaciones de próceres. No se acuerda, al menos—¿Porqué vinimos esa vez?
Bordean la boca visible de la estación Independencia, de donde brotan una centena de rostros subterráneos que parecen más sorprendidos que él al ver la multitud. Una señora ofrece las últimas empanadas de su canasta de mimbre y a Nicolás le hace gracia, porque se parece a Marina, la vez que le tocó hacer de mulata.
Siguen zigzagueando y Osvaldo le presiona ligeramente la espalda para indicarle que se detenga. Descansan justo en un huequito que quedó en la esquina, bajo el cartel verde de la calle Venezuela. Ya le duelen las piernas y parece que a su padre también porque tiene los ojos gordos y las aletas de la nariz profundas, como cuando llega tarde del trabajo, o como cuando toma.
—Acá fue “Lo-de-Mamá”—Confiesa casi gritando, al mismo tiempo que una voz conocida entona un “Oíd mortales” desde un escenario que Nicolás no ve y debe imaginar, por todos los mortales que oyen desde abajo y que siguen brotando de todas partes.
No quiere oírlo. No quiere pero quiere. Si estuviera el tío Daniel sería todo me-nos incómodo, menos callado.
—¿Sabes Nico? Vení, vamos—Sigue guiándolo con la punta de los diestros, mientras se saca las lágrimas a escondidas con el puño izquierdo—. Fue el veinte, una semana después de tu cumple. Fue distinto, ¿sabes?, vinimos a otra cosa, a hacernos escuchar y hoy…hoy vinimos a ver.
Nicolás entiende(o entenderá después) que diciembre ya no será Sagitario y arbolito de Navidad, diciembre será algo más, por eso le parece que no quiere saber.
Se acercan a una vallada Avenida de Mayo que Nicolás también conoce, pero está tan distinta que le es imposible recordar algo más.
—Hoy se festejan los doscientos años de la patria, ya lo sabes…
—Sí, Pa.
—Bueno, hace ocho años y cinco meses de “Lo-de-Mamá” y me pareció una linda ocasión para volver.
—Sí, Papi.
—Veinte de diciembre, no te olvides.
—No, Pa.
—¡Desde hoy, venimos todos los años!
—Está bien—No quisiera tener que volver, pero una vez por año no es nada, piensa. Preferiría que los acompañara el tío Daniel, para no estar tan solos.
—Ese diciembre fue…—Intenta encontrar las palabras exactas—…crítico—. Resume, y se lamenta por ser tan corto a veces—. Le tenés que decir al tío que te cuente mejor.
—¿Y por qué no vino el tío?
—A él también le duele, ¿sabes?, pero diferente. Igual ya va a venir, hay mucha gente y por ahí no nos encontremos, pero lo conozco como si fuera mi hermano, como a vos que se te nota en la frente y en la nariz, que estás cansado.
—Sí, Papi—Confiesa con una mueca a mitad de camino entre un soplido y una sonrisa.
—¿Y sabes por qué va a venir? Porque sabe como yo, como nosotros—Silabea sólidamente el nosotros—, que Mamá hizo su parte para que hoy tuviéramos esta fiesta. Él lo sabe y si no, vos te vas a encargar de decírselo.
“O Juremos con gloria morir”, repiten fervorosamente a su alrededor y Nicolás se anima y lo abraza tímidamente y rompe en un llanto doloroso y confuso. Llora por “Lo-de-Mamá” y por él, pero más por su tío y por su padre. Llora con angustia, con lástima, con culpa y no sabe porqué, tal vez por no poder evitarlo.
“!Viva La Patria!”, insisten de ambos lados del vallado.
—Tengo sed—Susurra con la voz quebrada y la garganta anudada.
—Yo también Nico, yo también.
—Te quiero, Pa—Suspira casi secretamente.
—¿Compramos una Coca?
—Sí, pero yo te guío esta vez, vamos al kiosco ese, a ver si me acuerdo de algo más.

Cristian Acevedo





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