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Lo escondían todo
Enviado el Sunday, 17 February a las 18:17:28 por GLORIA

Crítica literaria, cuentos y poemas Graciel escribió "Cuento "Lo escondían todo"

El chiflado que nos vendió los muebles se apareció en el departamento, un día.

Lo conocimos un verano. Había tirado la casa por la ventana y todos los muebles estaban amontonados en el jardín, para venderlos en pleno barrio de Flores.

Paramos el Fiat por curiosidad y porque eran buenos muebles, y acabamos comprando la cama y un escritorio. Aquél día tomamos whisky en su jardín y terminamos bailando con una mamúa de aquellas. Él nos regaló un Winco y una caja con discos. Y cuando Ariel se cansó de toda esa gilada, ató las cosas a la parrilla del auto y no lo vimos nunca más.

Hasta que un día apareció en el departamento.

Tocó tres timbrazos y esperó. Vestía de sport, bastante bien, pero tenía ojeras y una barba de tres días. Dejé la puerta con la cadena puesta.

_No sé si te acordás de mí _dijo_. Vos y tu novio me compraron unos muebles.

No quise hacerlo entrar. Cuando Ari era de la Federal jorobaba todo el tiempo con el asunto de los extraños. Contesté:

_Por supuesto que me acuerdo.

El tipo se recargó en la pared del palier y habló en tono confidencial.

_Te vas a reir _dijo_ . Pero hace un toco que extraño esos discos. _¿Todavía los tenés?

Yo los había guardado en alguna parte. Contesté que sí con la cabeza. Él insistió:

_Te juro, no es que sean buenos discos, pero los extraño. _Se acercó a la puerta_. Cambiás de ciudad, vendés todo, y lo único que lamentás es haber perdido unos estúpidos discos. ¿Puedo pasar?

Sonreí, pero protesté:

_Mi marido quiere conservar esos discos.

El tipo llevaba un maletín y una bolsa de plástico. Dejó el maletín en el suelo y extendíó la bolsa hasta la puerta entornada.

_Les traje un regalo_ dijo.

El paquete no pasaba por la abertura y tuve que sacar la cadena. Me quedé con la bolsa un rato en la mano, y después miré adentro y vi que había un paquete con un moñito rojo demasiado grande para el tamaño del regalo. Me gustó. Fui hasta la mesa y rasgué el papel del envoltorio.

Él entró en el departamento y esperó a que abriera el paquete.

Me sorprendí: Era una caja de Chivas.

_No está mal _agradecí.

Esaba parado ahí, en tensión, como esos tipos que se quedan duros cuando una les echa “flí”. O no.

_Ariel está por llegar _aclaré enroscándome el pelo en la punta del dedo, algo que hago siempre que estoy nerviosa_. Tal vez quiera devolverle los discos.

Tomó una silla y se sentó estirando las piernas. Metió la mano en el bolsillo y dejó la billetera arriba del neolite.

_No, no _dijo_. Quiero comprárselos. ¿No tenés alguno por ahí, para escucharlo? _Dió unas palmadas en la mesa sugiriendo que me sentara. Comentó _: Me gustó bailar con vos, esa noche.

Me quedé parada, sujetando el respaldo de la silla. Pregunté: _¿Cómo nos encontró?

La puerta de calle estaba abierta.

_Por el cheque que me dio tu marido. _contestó_. Miraba la decoración del departamento: la mesa ratona de mimbre, el aparato de música y los casettes. _¡Ahí está el cachivache ese! _se sorprendió_ ¿Todavía funciona?

Se refería al Winco que nos había regalado junto con los discos.

_Ariel lo usa a veces _mencioné.

Caminé hasta la mesa ratona pero no encontré ningún disco. Me pareció haber guardado la caja en el valijero del placard. Vender todo eso nos venía al pelo porque Ari estaba desocupado. Le advertí:

_Voy a buscar la caja para que los vea.

Fuí al dormitorio y puse una silla enfrente del placard. Abrí la baulera. La caja estaba arriba de las frazadas. Me estiré y la arrastré con la punta de los dedos, apurada porque quería hacer todo antes de que llegara Ariel. Sentí un riudo en el comedor, pero no le dí importancia. Cuando la caja estuvo en el borde la sujeté con el brazo y salté de la silla.

El tipo estaba en el dormitorio.

Se acercó a la cama y hundió la mano abierta en el colchón. Sin mirarme, dijo:

_Buena, eh. ¿Les dió resultado?

Qué podía decir.

Para llegar a la puerta y salir del dormitorio tenía que pasar entre la cama y el hombre, ahí parado. Dejé la caja sobre la colcha. Él la tomó con las dos manos y se sentó con un pié apoyado en el colchón. Apenas si examinó el contenido. Yo entonces caminé hasta los pies de la cama.

_Vamos al comedor _pedí.

_No. Vení sentate_. Estiró una mano. _Te voy a contar por qué los extraño.

_No_ repetí. _Vamos_ . Pero me quedé en la habitación. Él sacó una portada de una tal Simone. La puso sobre sus piernas.

_Lo malo de ser viajante es que no estás nunca _. Hizo una pausa. Me pareció que le faltaban palabras y las leía en las letras de mi remera. _Cuando Adela se fue, cuando “mi ex”, en realidad, se las tomó, me ardí tanto que vendí todo y me mandé a cambiar ese mismo día. ¿Uno se arde así a veces, no?

Me encogí de hombros. Ari pateaba los muebles y desaparecía dos días. Me senté junto a él y crucé las piernas. El hombre dijo:

_No guardé nada, ni siquiera las alianzas. _Dejó la portada arriba de la cama y sacó otra, de un negro que no conozco_. Pero conservé unas cajas con papeles y cosas de los chicos. Pavadas_ dijo_. Y un día, revisando todo eso, apareció una libreta de Adela. Una libretita _separó el índice del pulgar y hundió la cabeza en los hombros. _ Estaba escondida en una cartuchera vieja de los pibes. Ella era así, lo escondía todo. Lo que sentía también lo escondía.

Podía ser cierto. Con Ariel, cuando limpiamos el escritorio que compramos aquél día, encontramos sobres pegados a la parte de atrás de los cajones, con fotos viejas, y un billete de cincuenta pesos adentro del travesaño de la cama. “Mirá si un chorro no va a revisar ahí”, se burlaba Ariel.

El tipo siguió contanto, con el brazo estirado y apoyado en la colcha:

_Y cuando leí la libretita, muchas veces, de un tirón, una y otra vez; cuando la leí..._ se quedó en suspenso mirándome, y después dijo _: Me pregunté si yo no era un mal bicho. _ Bajó la cabeza, pero me pareció que sonreía. _ Cuando la empecé a extrañar ya no había caso: se juntó hace unos meses con un arquitecto de San Juan.

Ariel había llegado y estaba caminando en el living.

_¿Tere?_llamó.

Aunque no le creí, estiré la mano y la dejé un momento sobre el brazo de aquél hombre.

_¡Vení acá !_ gritó Ariel. _¡Dejaste la puerta abierta! ¡Imbécil!

Yo me avergoncé y el tipo se levantó y tomó la caja consigo.

_Así que ahora sólo puedo extrañar los discos_ dijo. Esperé a que saliera del dormitorio y lo seguí hasta el comedor.

Ariel, al principio, puso esa cara. Pero después no pareció sorprenderse. Se lo tomó con mucha soda, al contrario de como es él.

Al tipo no le dio la mano. Yo mientras tanto expliqué que quería recuperar sus discos. Que estábamos en el dormitorio, sobre todo, para buscar los discos.

Nos sentamos otra vez a la mesa del living. Ari me escuchaba con la barbilla en la mano izquierda, haciéndose el canchero. Después lo encaró al tipo y cruzó los brazos. Mintió:

_Me gustan mucho esos discos.

El tipo se hizo para adelante y apoyó el antebrazo en la mesa.

_Te doy cien dólares _ofreció_. Y doscientos más por el Winco.

Me quedé dura. ¿Trescientos dólares?

Ariel negó con la cabeza en la barbilla. El tipo se impacientó. Preguntó:

_¿Cuánto querés?

Entonces Ari se respaldó y apoyó las palmas sobre la mesa. _No menos de un quinientos _dijo_. En efectivo.

El tipo tomó la cartera, la abrió y contó los billetes arriba de la mesa: cien, doscientos, trescientos... Llegó a cuatrocientos y guardó el resto en la billetera. Ariel lo miró y no se movió; y entonces el tipo dejó cincuenta más. Avisó:

_Lo agarrás o te jodés.

Ariel guardó el dinero en el bolsillo del pantalón. Después me mandó a poner el Winco en una bolsa del supermercado. Yo no encontraba ninguna. ¡Y dale ! dijo. Tuve el impulso de esconder algo en el paquete, una “libretita”. Cuando le pasé el bulto a Ari dejó el combinado arriba de la caja y extendió el brazo, para que el hombre tomara sus cosas. El tipo agarró todo y caminó hasta la puerta. Comenté:

_Gracias por el whisky.

Sonreí y me humedecí los labios.

_¡Vos chito! _dijo Ariel.

El tipo asintió con la cabeza y nos dijo a los dos --pero me miró a mí sola--:

_Cuídense.

Cuando el hombre se fué, Ari tenía esa cara otra vez y los puños afirmados en la mesa, con los nudillos blancos. Fui a cerrar la puerta.

Arrugué el papel de regalo y lo tiré a la basura, pero escondí el moñito rojo en un cajón.


Graciela Scarlatto


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