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Narrativa: cuentos: Doré
Enviado el Saturday, 06 December a las 23:25:23 por Artnovela

Crítica literaria, cuentos y poemas joyce escribió "

Aparcamos en Mistral. En aquel Domingo no había tráfico en la ciudad: la calle se bajaba sola. Habíamos salido de casa y habíamos decidido acercarnos con su coche. Vizcaíno hacia abajo. A la derecha en Plaza Redonda – yo le había propuesto, quizás, llegarnos hasta la Calle Granados y recorrerla hasta el final, hasta Mistral – cogiendo Via Magna para, más adelante, terciar en Mistral.

Nos esperarían ya, probablemente ya, delante del Bar Munt, Oscar y Miriam; Salvador y Celia; Roberto y Ale. Nada, hacía 10 minutos, había recibido un mensaje escrito de Roberto, preguntando si aún seguía en pie la cita del Munt – ya le había respondido afirmativamente. Justo al salir del coche, dejándolo ya atrás, recibía una llamada de Salvador: David, ¿cómo te va la vida?; ¿a qué te dedicas ahora?...¿cómo que a qué me dedico?, le respondía yo...¿por dónde andas cabroncete?, ¿qué estás, en el sofá mirando la tele?, continuaba Salvador...listillo, más que listillo, estoy en Penedés, para que te enteres, le replicaba yo...pues entonces, ahora nos vemos, no?, contestaba Salvador. Brigid, andaba tres pasos detrás de mí, hablando por el móvil no se con quién. Yo, mientras hablaba con Salvador, ya veía a ambas parejas en el mítico chaflán del Bar Munt. ¿No me ves, capullete?, le preguntaba a Salvador por teléfono; si te dieras la vuelta, hijo de tu madre, continuaba yo. ¿Pero dónde estás?, se desesperaba Salvador. ¡¡Ayyyy qué corrrrto!!, concluía yo, antes de apagar el móvil.

El Bar Munt, estaba cerrado: no había ninguna silla ni ninguna mesa en su terraza; las persianas metálicas estaban bajadas; el toldo recogido; el barrio desierto. Bueno, ¿quién ha tenido la genial idea de quedar en el bar Munt?, preguntaba Salvador mirándome de reojo. Yo tenía entendido, que este bar abría los Domingos, contestaba yo. Brigid, aún seguía hablando por teléfono, detrás del grupo. Los Domingos sólo abren por la mañana, sentenciaba Oscar. Yo, ya había dado un par de besos a Celia: roja de cara, o tocada por el colorete; y otro par de besos a Miriam: más bien blanca y sin pintar, y que me dijo en plan de broma: cuanto tiempo, eh. Bueno, yo a ti no te veía, ¿desde mi boda, quizás?; le pregunté a Salvador después de estrecharle la mano. No, desde la boda de Roberto, contestaba él. Salvador, fumaba un cigarrillo mientras hablaba conmigo. El cielo, estaba bastante tapado y eran las cinco de la tarde. Oscar, tenía la nariz roja; las marcas de las gafas. La verdad es que a Oscar, le ha cogido el sol más que a ti, me decía Celia; sí, macho, por que tú estás blanco; añadía Salvador. Yo iba a decir aquello de...Oscar está más moreno que yo, por que tiene la nariz más grande...pero no lo dije. Oye, Roberto al final viene, eh; dije yo; me ha enviado un mensaje. Yo he llamado a Emilio, pero me ha dicho que no podía, explicaba Oscar. Brigid, ya colgaba el teléfono y se abría paso por detrás del grupo; entonces empezó a repartir besos. Yo pensaba – mirando a Celia y a Salvador – en la grave enfermedad del padre de ella: un hombre de ochenta años ingresado en el hospital; en el hijo que perdió Celia hacía dos meses. De pronto, Roberto y Ale, aparecieron por detrás - en moto. Roberto, nos saludaba sonriendo: con el casco puesto; Ale, venía detrás suyo, agarrada a él. Él, trabó la moto y se sacó el casco; me fijé en que se dejó encendido el faro de la moto. ¡¿Quién ha tenido la genial idea de quedar en el Munt!?, ¡ ja ja ja ¡; exclamaba Roberto. No pasa nada, hombre; podemos ir al Doré, contestaba yo. Roberto me estrechaba la mano desde su metrochentaycinco de altura; sonriendo y con sus gafas puestas. Luego, le daba dos besos a Ale, su mujer. Ésta, llevaba una chaqueta de cuero negro; una falda de cuero negro hasta las rodillas; su apaciguamiento y voz de niña. Oye, Roberto: ¿que te has comprado zapatos nuevos?, bromeaba yo guiñando un ojo a Oscar. Roberto, lucía unos zapatos de perfecto marrón claro; con cordones rematados en sus extremos, con....¡¡borlas!!. Pero, Roberto: ¡¿qué cuatro cojones haces llevando borlas en los zapatos?!, se sorprendía Oscar; ja ja ja , se reía Salvador. Lo de las borlas es provisional, aclaraba Ale. Roberto, iba impecablemente vestido – igual que su mujer. Magníficos pantalones de pana marroncitos. Chaquetón de ante supersónico. Camisa a cuadros a un quilómetro vista. ¡¡Estáis morenos, cabrones!!; nos decía Roberto a mi y a Oscar; ¿a dónde habéis ido?. A Montes Blancos: una mierda: no vayas, contestaba Oscar. Yo miraba a Roberto así vestido, y recordaba cómo, años antes, había frecuentado sus amistades. Entendía entonces, de nuevo, la influencia que ejercen sobre él, sus amistades – así como la suya sobre ellos. Entendía lo de “Dios los cría ellos se juntan”; y entendí también por que dejé de ir con ellos.

Discutimos sobre a que bar podríamos ir. Ni el día ni la hora, ofrecían muchos locales abiertos. Rotamos sobre nuestros cuerpos para comprobar si “Cobija” estaba abierto; pero Oscar nos dijo que estaba a rebosar: todo el mundo está mirando el fútbol. Roberto opinaba que daba igual, que nos setásemos en la terraza; pero rechazamos esa idea. Ale señaló un local abierto, unas calles más abajo; donde se distinguía un extendido toldo amarillo. Yo propuse de nuevo el Doré, aunque sea el último reducto monárquico de la la ciudad, añadí. Ese es un bar de puteros, opinaba Oscar. Es verdad; está lleno de divorciados, separados, solteronas y demás, seguía Salvador. Y qué más da, replicaba yo, nos va a solucionar la tarde y punto. Entonces, empezamos a andar hacia Ródenas. Salvador, Oscar y yo, nos adelantamos los primeros. Pasamos primero por el local de toldo amarillo. A ver qué tal, gritaba Oscar a los otros, girando 180 º. Roberto destrabó la moto y la fue empujando colocándose al lado de Celia y su mujer. Miriam y Brigid, andaban juntas y charlaban, siete metros detrás nuestro; ocho metros delante de Roberto. Salvador, ya había encendido su tercer cigarrillo; yo le hubiera pedido uno; y me lo hubiera fumado de esa forma que ni contamina ni molesta: sin tragarme el humo; pero no quería que la ropa me oliera al día siguiente. Pasamos por delante de las boutiques caras de Betoven. Yo me giraba de vez en cuando para observar a Roberto empujar la moto; ¿pero por qué no se monta encima y conduce hasta el bar?, les preguntaba a ellos. Cuando llegamos al local del toldo amarillo, con tres mesas dispuestas y ocupadas en la acera, inspeccionamos su interior. Esto es muy pequeño, chaval; aquí no cabemos; les dije a ellos. Igual, si nos apretujamos en esa mesa del fondo, decía Roberto. No, no, no, contestaba Salvador con el pitillo en la boca, vámonos al Doré que está aquí al lado: mira, se ve desde aquí y está abierto. Oye, Roberto, ¿por qué no vas montado en la moto en lugar de empujarla?, le preguntaba yo. Es lo que voy a hacer ahora: estoy cansadísimo; contestaba él. Oscar, ¿ves desde aquí el “casa niño”?; igual está abierto, le preguntaba Miriam. Éste, inspeccionó la acera contraria, al otro lado de Betoven; pero no daba con el bar. No, Miriam, está cerrado, contestaba Celia; fíjate allí, señalaba Celia con el dedo, ¿ves que está cerrado?; ah sí, ahora lo veo!, contestaba Miriam. Salvador ya empezaba a dirigirse hacia Ródenas; cruzando Betoven por el paso cebra; yo le seguía harto de tantas dudas; quería sentarme de una puñetera vez. También, controlaba a Brigid por el rabillo del ojo; quería asegurarme que iba acompañada y se divertía; que no la dejaba sola. Todos cruzamos Betoven; todos nos dirigíamos al Doré.

Divisamos la terraza del local, en la Plaza Ródenas; debajo de aquellas estructuras destinadas a dar sombra en los días soleados; todas las mesas y sillas de aluminio, aparejadas. Tuve cuenta de uno sentado leyendo el ALFA. Entramos, pues, en aquel bar. Los camareros vestidos de uniforme: chaqueta azul; camisa blanca; corbata o nudo azul marino; los pantalones, del mismo color. Todos apreciamos las tonalidades azules de los sillones del local; quizás, los espejos de las paredes. Todos caímos en la cuenta de la gran superficie del bar – de escasa luz natural, debido a su disposición en profundidad; quizás acentuada por la escasa altura de las mesas, además de por la predominación de sofás bajos. Al entrar, recordé mi texto titulado ALFA; inspirado en el café Marroquí de la capital; en el que hacía mención de Balmoral: la antigua cafetería de la Avenida del Mar. Recorrimos, todos, uno detrás de otro, la casi totalidad de la profundidad del local; hasta dar con un par de mesas desocupadas, situadas al fondo del mismo. Allí nos sentamos todos: alrededor de ambas mesas; después de contestarle al camarero, que éramos ocho.

Nos sentamos cuatro delante de cuatro: cuatro en el sofá y cuatro en cuatro sillas. La luz, no era escasa, pero de tonalidad vetusta: quizás, demasiado amarilla. Yo me senté en un extremo de la mesa, como siempre; en el sillón. Tenía a Brigid, a mi izquierda; a Roberto delante de mí, que tenía a Ale a su derecha. Ésta, hacía aquellos movimientos de nariz, cuando hablaba; estaba morena de piel; sus ojos de color castaño, y, a veces, podría confundírsela con una actriz de Hollywood – no de las de ahora, si no de las de antes. Salvador, depositaba la ceniza en el cenicero. Oscar, llevaba un jersei de cuello alto y lana gris; estaba sentado en el sofá, pero en la otra punta de la mesa – a mi izquierda. Apareció el camarero con el bolígrafo entre los dedos; se puso a mi lado y empezó a preguntarnos. Ale, preguntó si tenían zumos de melocotón; negativo, contestó el camarero. Yo, pedí un cortado sin pensarlo mucho; Brigid, un café con leche; Salvador, un cortado...Yo llevaba un apesadumbramiento dentro, pero dejé que me empapara y endeblezara: mente en blanco. ¿Tenéis alguna noticia?, nos preguntó Roberto a Brigid y a mi, señalándonos con el dedo índice sin mover el codo de la mesa; que yo sepa, no, contestaba yo; ¿y vosotros, Salvador?: ¿tenéis alguna noticia?; no, nosotros tampoco, contestaba Salvador; ¿y tú, Roberto?, preguntaba yo; nada de nada, respondía él. Yo iba a plantearle de nuevo a Roberto aquella bromita de si aquella fuga inesperada a París – tras el viaje de novios – era para buscar el niño y tal y repascual...pero no quise resultar repetitivo. Mirando a Celia, adiviné en su cara la sorpresa ante la pregunta de Roberto; probablemente por la archiconocida noticia de que hacía dos meses había sufrido un aborto. También les puedes preguntar a Miriam y a Oscar, proponía yo sarcásticamente; que no estén casados, no significa que...A pesar de todo, inaguraba Brigid, este tipo de noticias nunca se saben...siempre están en marcha...quién puede asegurar queee...El camarero, ya iba repartiendo los refrescos y cafés, a lo largo de las mesas juntas. Yo empezaba a rasgar la bolsita de azucar, quizás un poco tembloroso, a causa de mi apesadumbramiento – luego echaría el azúcar en el café. Roberto me comentó, a parte de los demás, que nuestros hermanos habían mantenido conversaciones telefónicas acerca de solares en venta y potencialmente construibles. Yo le contesté afirmativamente; informándole sobre el correo electrónico que había recibido de parte de su hermano. Yo le insistí a Roberto, que no dudaran en llamarnos, siempre que tuvieran algo de interés. Salvador removía el café con la cucharilla, de aquella forma tan característica. Oscar, nos recordaba a todos, el inminente campeonato de frontón del colegio, en que nos teníamos que apuntar todos, incluído Max. ¿Y con quién hará pareja Max?; preguntaba yo; eso no importa; ya le encontraremos alguien; Emilio Picó ya serviría, contestaba Roberto. ¿Cuánto dura este campeonato?; preguntaba yo; nada, un fin de semana; respondía Roberto; ¿David, tú y yo iremos juntos?, me preguntaba; venga, respondía yo. Oye, por cierto, continuaba él, gracias por llamarme para la cena del Palau; pero la verdad es que me fue imposible ir...si me hubieráis llamado con un poco más de antelación...añadía mientras me miraba de reojo; perdona, pero yo, nada más saberlo, te hice una llamada; los dos nos enteramos prácticamente a la vez, le replicaba yo. ¿Qué hacía Max por aquí?; ¿por qué bajó del pueblo?, me preguntaba Roberto con el codo apoyado en la mesa y la barbilla apoyada en la mano; la verdad, es que no lo sabemos, le respondía yo; nosotros conjeturamos que había venido a darle una noticia a sus padres...quizás sobre una boda y tal y repascual; respondía yo; y sobre ello intentamos sonsacarle a lo largo de la cena, pero no soltó prenda; ¿verdad, Oscar?; decía yo; verdad, respondía Oscar. Por cierto, Salvador, inaguraba éste; que nos dijo Max que si su boda llegaba algún día, lo único que tenía claro es que el padrino serías tú, ja ja ja...tiene ganas de devolverte la pelota. Pero si el muy mariconazo, al final, no hizo nada; tuve que escoger otro padrino, replicaba Salvador. Celia sonreía de esa forma dulce, igual que hizo a lo largo de su boda. Miriam permanecía seria, impasible; Miriam es más agreste. ¡Qué lástima no haber traído las fotografías de la despedida de soltero!, exclamaba yo al acordarme del asunto mientras miraba a Brigid. ¡Ostras, es verdad!, decía ella; las revelamos hace una semana más o menos, le decía Brigid a Roberto. ¿Qué fotografías?, ¿las del colegio?; me preguntaba Roberto a mi; sí, las que nos hicimos en el frontón con los disfraces de marujas. Entonces, me vinieron a la mente las imágenes de aquellas fotografías igual que ventanas diminutas donde salían nuestras figuras vestidas de deporte y agarrando raquetas en medio de un gran espacio; o cuando Roberto y yo – los torsos desnudos: yo mucho más peludo que él – teníamos que meternos dentro de esos trajes de marujas: vestidos floreados...¡qué lástima no haberlas traído, lo que nos hubiéramos reído!, decía Brigid. Para fotos, las que tiene Roberto en casa, eh tú; me decía Miriam sonriendo. Ni que lo digas, le contestaba yo recordando aquel cuartito de la casa de Roberto y Ale, lleno de álbumes de fotos, corchos repletitos de fotos, ampliaciones de fotos, marcos de fotos...Ese cuartito tuyo para “tus juguetes”, le decía yo a Roberto, es lo primero que se ve en tu casa, nada más dejar atrás el recibidor; por cierto, me encantó el parquet antiguo de tu casa, continuaba yo. Menos mal que no saqué más patatas de la cocina, decía Roberto, por que si no Oscar hubiera salido empachado..jajaja...bromeaba Roberto. Ay pobre, si no había otra cosa que comer, decía Brigid. Es que, ¡ macho!, vimos a Oscar toda la noche con la mano alargada hacia la mesa del aperitivo, ¡no parabas de comer, joder!; bromeaba yo. Mientras, yo tenía en mente el nidito de amor de Roberto y Ale, que tan acogedor nos pareció a mi y a Brigid; con sus colores crema; con su parquet brillante; con sus dimensiones reducidas; con esa paz que se respira...Después de ver vuestro nuevo hogar, le decía Brigid a Roberto, encontramos el nuestro muy frío, poco hogareño. Lo que en principio tenía que ser una hora de café y poco más, recordaba Roberto, duró hasta la una de la madrugada, ¿verdad?; y sin nada de comer, añadía Oscar; sólo patatas y ganchitos; que a David le rugía el estómago que no veas...jajaja...reía Salvador...Luego, Roberto, nos contó que el first class del club náutico, había sido vendido por que no había socios que lo utilizaran; Salvador se sorprendió de aquella información. He pensado que podría practicar con el catamarán o el hobby cat, los mediodías, le decía Roberto a Salvador; ahora que estoy cerca...¿Pero que has vuelto a cambiar de despacho?, le preguntaba yo a Roberto; no, que va, estoy en el distrito 2; ¿y eso te cae cerca del náutico?, le preguntaba yo; andando, no; pero en coche es un momento, respondía Roberto. Eso de salir al mar cada mediodía, es irreal: durarás 2 días; le decía Salvador; un día tendrás demasiado trabajo; otro te dará pereza; al otro te lloverá...¿Te acuerdas, Brigid, cuando yo quise hacer windsurf en el canal olímpico?, le preguntaba yo a Brigid; ¿cuánto duré?...¡uy!, sólo fuimos dos días; yo al pobre le acompañaba por que me daba lástima ver como se iba solo; además, ya sabía que más de tres o cuatro días no iba a resistir; y mira, no pasamos de los dos: hasta pude sobrevalorarlo...jajaja...se reía Salvador; pero Brigid, de David no me extraña, opinaba Salvador. Pero al menos me quité la espina de dentro, y ya está, contestaba yo; y mira que allí en el canal olímpico, le decía yo a Roberto, me daban la vela montada, que no hacía falta que hiciera nada, pero ya ves...Entonces, Celia, preguntó que cuándo íbamos a hacer la famosa calçotada. Yo contesté que el sábado de cualquiera de los próximos fines de semana. Roberto dijo que los Sábados les iban mal, que ellos aprovechaban para hacer la compra. Bueno hombre, pero por que un Sábado no hagáis la compra, no pasa nada; además, la calçotada es al mediodía: tenéis toda la mañana para comprar, decía Oscar. ¿Dónde vais a comprar, al colmado que tenéis debajo de casa?, preguntaba yo. No siempre, contestaba Ale; ese colmado es muy caro. Yo, cada día; continuaba yo; antes de comer, compro en una panadería de la calle Padua, una barra de pan y un croissant de chocolate; ¿qué creeis que me cuesta?; 4 euros, casi quinientas pelas. Ale y Roberto se me quedaron mirando un poco perplejos...¿cómo que 4 euros?...musitaba Ale mirando a Roberto...entonces, caí en la cuenta de que 4 euros eran más de 500 pelas; y recordé en mi mente el número 2: que es lo que esa panadería me cobraba cada día...perdón, 4 euros no, si no 2: casi 500 pelas; yo le encuetro muy caro, ¿no?. Roberto, me dio la razón. ¿Pero, Padua, es una calle cara?; preguntaba Roberto...la comida es universal, está por encima de barrios y distritos, respondía yo. Nosotros hacemos la compra por internet, añadía Salvador; no sabéis lo que me divierto y lo práctico que es, sentenciaba Salvador. Debes de pagar el transporte, no?, le preguntaba yo a Salvador. ¿El transporte?. Hombre, si lo pides por internet, te lo deben traer a casa, no?. Sí, efectivamente. El transporte va por cuotas, según el volumen del pedido. También es verdad que para poder comprar por internet, has de encargar un volumen de compra mínimo, por debajo del cual, no te lo traen a casa. Vosotros, ¿cómo hacéis la compra?; me preguntaba Salvador. La verdad es que yo nunca voy, le contestaba yo; suele ir ella con sus padres. Sí, corroboraba Brigid, este sí que domina internet: se encuentra cada día la nevera llena sin hacer nada; ¿qué te parece?. Jajaja, joder David, nunca cambiarás, eres la pera; se reía Salvador. Qué morro que tenéis los tíos, opinaba Miriam un poco enfadada. Pero, Brigid; reconoce que no paro de insistirte en acompañarte al supermercado siempre que vas; y que tú, en cambio, prefieres espabilarte por tu cuenta; y que así tienes a tus padres entretenidos, y patatim y patatam, o no?; me defendía yo. Sí, eso es verdad, reconocía Brigid; David, excepto para cocinar, se ofrece para hacer cualquier cosa de la casa. Sí, claro: “se ofrece”; el sólo ayuda; el sólo colabora...pero no llevará la casa, no, insistía Miriam. Roberto, miraba el reloj de vez en cuando; Ale, le susurraba que tenían prisa; que no se podían entretener. Mientras, la máquina tragaperras de al lado de los lavabos, hacía un ruido insoportable, que no acababa nunca: las monedas caían en cascada: una detrás de otra; el jugador había tenido un golpe de suerte. Yo miraba los grandes números digitales color rojo, de la parte superior de la máquina, disminuyendo su cifra paulatinamente. Más allá de nuestra mesa, había otra de forma circular, y de menores dimensiones; provista de dos butacas color azul y dos adolescentes sentadas, fumando y charlando. ¿Has visto a Nundo Martínez?, me preguntaba Oscar indicando con la cabeza que mirara a mi derecha, a la mesa de la esquina. Allí, encontré a un anciano acompañado de una joven, muy parecido al actor; entonces ensayé una disimulada risa. Luego le pedimos un autógrafo, bromeaba yo. Entonces, le pregunté a Celia, si ya había acabado aquel curso acerca de nulidades matrimoniales. Ella me respondió que sí; que ya se podía dedicar, a llevar casos de este tipo; pero que de momento, continuaba en el buffette de su padre, y luego ya veremos. Yo le comenté, que un sacerdote amigo de mis padres, es el responsable de las nulidades de la diócesis de su provincia. ¿Cómo se llama?, me preguntaba ella. Evaristo Canales, le contestaba yo. Entonces, Roberto, después de mirar de nuevo su reloj; nos informó que él y Ale, se tenían que retirar; que habían quedado con ambas familias, para ver el vídeo y las fotos de la boda. Menudo planillo, no?, para un Domingo por la tarde, bromeaba yo...te quedan unas intensas horas por delante, eh Robertiño?, comentaba Salvador. Oscar se reía de nuestros comentarios. Roberto, tú imagínate que el simpático de mi marido, comentaba Brigid, aún no ha querido ver el vídeo de nuestra boda, ¿qué te parece?...oye, cada uno vive las cosas a su manera, ¿o no, Salvador?, pedía ayuda yo. Sí, pero tú las vives de una forma muy peculiar, David; me contestaba Salvador. Roberto y Ale, ya se levantaban de la mesa; el resto de nosotros también decidimos levantarnos – Brigid y yo, quizás llegaríamos al cine.

El camarero trajo la cuenta y nosotros pagamos lo que se debía. Salimos poco a poco del local, los ocho. Repartimos abrazos y besos. Prometimos llamarnos o mandarnos mensajes electrónicos, para definir la barbacoa y el campeonato de frontón...oye, por cierto, añadía Roberto antes de irse – ya en la calle; a ver cuando os animáis a venir al colegio los Miércoles: hacemos unos partidos de baloncesto que no veas. Es que jugáis con demasiado nivel, Roberto, le contestaba yo; os coge un complejo de Michael Jordan que no veas...jajaja, reía Salvador. Pero piensa que los Hurtado ya no vienen, el nivel ha bajado un poco, respondía Roberto. Qué pasa con Naldo Hurtado, ¿ya no hace nada?; ¿ya no juega ni a baloncesto?, preguntaba Oscar; por lo que tenía entendido, no tiene ningún empleo ni piensa tenerlo, ¿no?; preguntaba Oscar. Déjalo, es un caso perdido: siempre ha sido un vago, opinaba Salvador. Yo conozco un personaje parecido, añadía yo; mi primo Ricardo, imaginaros, a sus 27 añitos no ha acabado la carrera y trabaja en una fábrica: UNA FÁBRICA; insistía yo. Roberto recuperaba el tema de los deportes: y por cierto, mamones: la próxima vez que vayáis a esquiar, os informo que existe un aparato llamado teléfono, que puede ir enchufado, o no, bromeaba Roberto. Por mi parte, contestaba yo, he de deciros que no pienso ir a esquiar con Oscar nunca más. ¿Y eso?, preguntaba Oscar. La tarde del Domingo continuaba soleada. Todos, estábamos en la calle: en la Plaza Ródenas; donde los coches realizaban la rotonda. Por que casi, contestaba yo; se me quedan pegados, de forma indefinida, al capó del coche, los portaesquís de imán propiedad de Max. Yo os explico, continuaba yo. Colocar un portaesquís de imán, no es relativamente fácil: es facilísimo: basta con esperar que el mismo se adhiera al coche; bien. Lo que ya no es facilísimo – pero tampoco nada difícil – proseguía yo, es retirarlos: desadherirlos del coche vamos. La cuestión es que antes de subir a pistas: una vez el coche aparcado y los esquís retirados; para evitar que los portaesquís fueran robados, quisimos retirarlos del capó. Pues bien, según decían las instrucciones: una hojita blanca que sostuve entre mis manos; para desadherir aquellos poderosos imanes – que permiten alcanzar los 200 con ellos encima y sin problema alguno – se necesitaba una suerte de llave plástica que, ¡sorpresa!, no teníamos: ¿qué os parece?; ¿cómo se os quedaría la cara si supierais que no hay manera de sacar los portaesquís del coche?; y más sabiendo que éstos, son propiedad de-un-cu-ña-do-de-Ra-fa: imaginaros si cae lejos la cosa. Pues nada, continuaba yo, pasé todo aquel día de esquí con la pregunta del millón en la cabeza: ¿cómo voy a sacar yo esos dos pegotes de mi coche?; y, sobretodo, ¿cuándo?; la semana que viene: ¿tendré que ir al trabajo con eso arriba?. ¡Qué exagerado eres, David, cagondiez!, exclamaba Salvador. Bueno, la cuestión es que, tres-días-más-tarde, concluía yo remarcando mis palabras, me di cuenta que, Oscar, tenía esa famosa llave en su llavero, jajaja, reía Roberto. Oscar, que despistado eres macho, decía Roberto; con lo cualo, cocluía yo, se pudo sacar aquello de mi vehículo...Yo miraba a Oscar socarronamente. Éste, sonreía avergonzado mirando el soleado cielo del Domingo. Los coches pasaban por Ródenas. Roberto y Ale, consultaban el reloj de nuevo. Volvimos a darnos los besos. Salvador decía algo de que tenían que ir a un bautizo, él y Celia, aquella tarde. Todos nos despedimos y nos separamos.





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Re: Doré (Puntuación 1)
por belisis200 el Sunday, 07 December a las 15:02:04
(Información del Usuario)
Amiga Joyce:

Dentro de la estructura progresivo-explicativa a la que me internaste para que te acompañara a Doré...poco faltó para perder mi balance desquiciado...jejejejje. Muy a tono con nuestros días tu relato... Pienso que el final debió haber sido la razón para que procurase yo olvidarme de los caminos tremendistas....jejejejejje.

Definitivamente un texto... muy bueno para el cazador y para la liebre... jejjejeej. Me gusta.


Belia E. SEgarra.



Re: Doré (Puntuación 1)
por litodeldf el Tuesday, 09 December a las 18:58:44
(Información del Usuario)
Don Joyce, me dejaste ganas de conocer algún día el Doré, el cual -estimo- estará en Madrid. El aire decadente que supone el relato lo hace más atractivo.
Fuera de algunas palabras que se me escapan, me gustó el texto. Para mi gusto, le hubiera buscado más separación en los diálogos, pero es solamente una opinión.
Saludos.





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