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Ser y parecer: la ceguera de la razón
Ensayo sobre la ceguera de Saramago

por Mónica Cánepa

página(s) : 1/2


Consideraciones generales

El ensayo es de por sí un ¿género? de muy difícil definición, cuyo mismo nombre nos da una idea de inacabado, informe, texto que está dándose por aproximación, de deliberada ambigüedad. Inmersos como estamos en una sociedad cada día más visual, la civilización de la imagen y de la inmediatez lleva al atrofiamiento de la interioridad por el bombardeo de lo externo. La misión del ensayo (una de las posibles), y de allí tal vez, la elección de esta compleja forma literaria, es promover una inseguridad radical, volverse contra todas las falsas certidumbres, empujar al prójimo a la aceptación del desamparo, quizás, como única posibilidad de un eventual reencaminamiento.

La hipótesis fuerte de la obra es “Y si nos quedáramos así para toda la vida ”. Otro sistema de valores debería reemplazar al actual: “ciegos de ojos, ciegos de sentimientos, porque los sentimientos con que hemos vivido y que nos hicieron vivir como éramos, nacieron de los ojos que teníamos, sin ojos serán diferentes los sentimientos. , no sabemos cómo, no sabemos cuáles, tú dices que estamos muertos porque estamos ciegos”.

Otro habría de ser también el sistema de organización social, lo cual parece ser una preocupación fundamental en el texto, a partir de la atribución de una manifiesta ineptitud y posterior desaparición a las formas de organización conocidas hasta el momento. La mirada del narrador es crítica y cuestionadora hacia ese Estado que no se hace cargo y margina (espacial y socialmente) a las víctimas: “[...] no quisieron las autoridades tener contemplaciones humanitarias a la hora de cazar a los ciegos y traerlos aquí, dijeron incluso que la ley cuando nace es igual para todos, y que la democracia es incompatible con tratos de favor” ironiza Saramago. El microcosmos del manicomio es la visión de las relaciones sociales a través de una lente de aumento, que deja al descubierto las miserias morales de la condición humana. La sociedad que se construye en el manicomio está en estado salvaje, pero algún tipo de organización es necesaria, y se va desarrollando en varias etapas. Aquí es donde el texto entra en fructífero diálogo con Rousseau (entre otros). Por ejemplo, la etapa de los bandidos corresponde al pensamiento de Hobb en cuanto a la necesidad de que haya un jefe, aunque todos pierdan. Hay una ruptura de valores que luego se reconstruirán gracias a una suerte de “élite” constituída por las mujeres, que son las que preservan dichos valores. El texto dialoga con El Contrato Social, del cual toma los fundamentos , (cf.págs.114-115), “[...] organizarse ya es, en cierto modo, tener ojos, [...] pero la experiencia de esta ceguera sólo nos ha traído muerte y miseria, mis ojos, como tu consultorio, no han servido para nada”, no sin un dejo de pesimismo “[...] en caso de que lo haya [un Gobierno], será un gobierno de ciegos gobernando a ciegos, es decir, la nada pretendiendo organizar la nada.”

El ser humano construye su yo (como no podía ser de otra manera en esta civilización de la imagen) a través de la mirada, sobre todo la de los otros. En el alucinante mundo del manicomio la mujer del médico conserva la lucidez suficiente para notar que “[...] tan lejos estamos del mundo que pronto empezaremos a no saber quiénes somos, ni siquiera se nos ha ocurrido preguntarnos nuestros nombres [...]” que es lo que los construye como personas y les da entidad . Las profesiones ya no sirven (por ello, paradójicamente, el único médico del loquero es un oculista) aunque son útiles para identificar “[...] parecía que iba a dar su nombre, pero lo que dijo fue, Soy policía, y la mujer del médico pensó, No ha dicho cómo se llama, seguro que sabe que eso aquí no tiene importancia.”, y aquellos que no la tienen, son significados por alguna de sus características (la chica de las gafas oscuras, el perro de las lágrimas, etc.).

La tragedia del ser y el parecer o el regreso del daimon

La indudable heroína de este relato, tiene ciertas semejanzas en algunos aspectos con los trágicos caracteres sofócleos trazados en el Edipo rey, que se cruzan en el entretejido de la personalidad de esta singular mujer saramaguiana.

Históricamente Edipo era un farmakoV, un daimon que debía expiar los males de la poliV, que devino héroe trágico en el momento en que este sacrificio se convirtió en voluntario por amor a aquellos hombres a los que libraba del mal. La mujer del médico es “la que ha nacido para ver el horror”, la que tiene “la responsabilidad de tener ojos cuando los otros los han perdido”.

No hay duplicidad en el carácter de Edipo, que es íntegro, sino que hay una esencial y profunda dualidad en su ser. Esta dualidad es la que parecería estar siendo explotada por Saramago, pues otorga a la mujer del médico la visión clara y aguda del ser que parece ser Edipo y multiplica por el resto de la humanidad el ser que Edipo en realidad es, puesto que “Edipo rey es la tragedia del hombre como criatura social” . Edipo es el hombre que se descubre a sí mismo (el enigma que se resuelve a sí mismo), que reconoce su verdadero (y pecaminoso) ser, el que sabía demasiado, dirá Foucault , el consciente que arriba a la revelación del inconsciente pensaría el lector de hoy. La mujer del médico es la que posee “ojos lúcidos”, no obstante, su trágica experiencia de ver la miseria humana (“lloraba viéndolos, lloraba por todos ellos, [...] los veía a todos”) la impulsa a desear “estar ciega también” en repetidas oportunidades , puesto que “De qué me sirve ver [...] para desear estar ciega, nada más que para eso”. El don de la vista se transforma en maldición: “no saben, no pueden saber, lo que es tener ojos en un mundo de ciegos, no soy reina, no, soy simplemente la que ha nacido para ver el horror, ustedes lo sienten, yo lo siento y, además, lo veo” y más de una vez se negará a ver .

El carácter de esta mujer que la lleva a hacerse cargo del grupo, a cuidar de ellos, a encargarse y velar por sus necesidades en forma idónea, se cruza con el personaje de Yocasta, modelo de la esposa idónea: del mismo modo en que entregó a su hijo de tres días de vida para que su esposo Layo pudiera vivir apaciblemente; cuenta a Edipo esta dolorosa experiencia de su pasado para demostrarle que no debe confiar en los oráculos de Apolo, asi como también más tarde se apresta a ofrecer un sacrificio propiciatorio a este dios (pese a su escepticismo) porque eso es lo que cree tranquilizará a su marido. La mujer del médico también está dispuesta a hacer lo necesario por el bien de “los suyos”, al punto de aceptar y “comprender” esa relación (tal vez hasta un poco incestuosa desde un punto de vista simbólico) entre su marido y la chica de las gafas oscuras. Yocasta, la que primero entrevé la verdad, pretende convencer a Edipo de que no siga adelante en su pesquisa, y cuando, también la primera, descubra el horror, se retira para suicidarse. La mujer del médico también comprende la inutilidad de “interrogar lo íntimo de las personas”, (“Lo comprenderé mejor si no dices nada”).

Sin embargo es Yocasta la que no sobrevivirá, mientras que la mujer del médico, como el Edipo reflexivo, el Edipo que sobrevive a la trágica peripecia de la anagnórisis , es la que sigue vi(vi)endo, aunque claro que no sin dudas ni luchas internas: “[...] por primera vez se preguntó si tenía algún motivo para seguir viviendo. No encontró respuesta, las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, muchas veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible”. Pero subsistirá, para ver, conocer y reconocerse a sí misma y a los otros, pese a que tenía “[...] unas ganas locas de envolverse a sí misma, los ojos, ah, sobre todo los ojos vueltos hacia adentro, más, más, más, hasta poder alcanzar y observar el interior de su propio cerebro, allí donde la diferencia entre el ver y el no ver es invisible a simple vista”. Aquí se produce un desplazamiento semántico: en un primer momento, como ya se ha dicho, la mujer del médico era aquella cuya personalidad estaba cruzada por el aspecto del Edipo vidente-ciego, ahora pasa a encarnar las características del Edipo sobreviviente, el que, ya ciego, por fin ve.

En cambio, Edipo para esto necesita efectivamente liberarse de los ojos que lo habían llevado por el camino equivocado en su vida, y es este el aspecto de Edipo que se cruza con el resto de la humanidad del universo saramaguiano: la ceguera. Edipo, el que con la luz de su intelecto venció a la esfinge, el que se proclama vengador de Layo “como si fuera mi propio padre”, es el que más ciego está y puede gritar como los hombres y mujeres de Saramago “lo que verdaderamente nos está matando ahora es la ceguera”. El oxýmoron, la ironía sofóclea se da en los pares ignorancia-conocimiento, grandeza-miseria, el sabio que resuelve el enigma ignora su propio ser, el parricida se propone vengar a Layo como si fuera su padre, el contaminador de Tebas es su protector . La buscada ambigüedad del lenguaje sofócleo es terrible de oir para quien tenga doble oído así como el adivino tenía doble vista.




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