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    Debate sobre el iluminismo. Luces y sombras de la Razón.
    Por Humberto Eco




    La polémica comenzó con un artículo del fundador de "La Repubblica", que sostenía que, aún hoy, las ideas iluministas tienen un potencial revolucionario y liberador. Aquí, Umberto Eco y Gianni Vattimo debaten sobre la necesidad de recuperar la confianza en la razón.

    Obviamente, me apasiona el debate sobre el Iluminismo. En esta oportunidad, y después de un inicio (hace veinte años) un poco demasiado Norte-Sur, las páginas se dividieron por partes iguales entre artículos sobre Nietzsche y evocaciones de los salones del siglo XVIII, y de esa forma un poco de las Luces también circuló. Desearía entonces decir lo que pienso sobre qué significa ser iluminista hoy, teniendo en cuenta que desde la época de l''Encyclopédie, mucha agua ha corrido bajo el puente y no creo que siga valiendo la pena que nos interesemos en el trabajo de los ebanistas como lo hacía en aquellos tiempos Diderot.

    Naturalmente, condición indispensable para una ética intelectual iluminista es que estemos dispuestos a someter a crítica no sólo cada creencia, sino incluso las que las ciencia nos ofrece como verdades absolutas. Pero, dicho esto, creo que deben individualizarse algunas condiciones irrenunciables para poder decir que nos inspiramos, no en el criterio de una Razón fuerte (estilo Hegel), sino en una humana racionalidad. Porque la herencia fundamental del Iluminismo se resume en esto: hay un modo razonable de razonar, y teniendo los pies sobre la tierra, todos deberían coincidir respecto de lo que decimos, porque también en filosofía es necesario hacerle caso al sentido común.

    Esto implica que hay un sentido común, o un buen sentido, que no será tan invasor como la "recta razón" pero, en suma, algo cuenta. Basta con no confiar responsabilidades demasiado metafísicas al cálculo, o, como sugiere Leibniz, siempre vale la pena sentarse a una mesa y decir calculemus.

    Por lo tanto, pienso que un buen iluminista es alguien que cree que las cosas "se dan de cierto modo". Este realismo minimalista fue reafirmado recientemente por John Searle, quien no siempre acierta, pero que cada tanto tiene ideas límpidas y razonables. Decir que la realidad se da de cierto modo no significa decir que podamos conocerlo o que un día lo conoceremos. Pero aunque no lo conociéramos nunca, las cosas se darían así y no de otra forma. Aun quien cultivara la idea de que las cosas se dan hoy de un modo y mañana de otro, y que por ende el mundo es bizarro, caótico, mutable y pasa de una ley a la otra a despecho de metafísicos y cosmólogos, admitiría que esta caprichosa mutabilidad del mundo es, justamente, el modo en que se dan las cosas. Y por eso es que vale la pena seguir proponiendo descripciones de estas malditas cosas.

    En una oportunidad le decía a Vattimo que probablemente haya leyes de la naturaleza, dado que si cruzamos un perro con un perro sale un perro, pero si cruzamos un perro con un gato o no nace nada o nace algo que no nos gustaría ver dando vueltas por casa. Vattimo me respondió que hoy la ingeniería genética llega incluso a alterar las leyes que rigen las especies. Justamente, le respondí yo: si para cruzar un perro con un gato hace falta una ingeniería (luego, un arte), significa que existe en algún lugar una naturaleza, alguna forma de naturaleza, sobre la cual se ejercita artificiosamente este arte. Esto significa que yo soy más iluminista que Vattimo, pero no creo que le disguste saberlo.

    El sentido común nos dice que hay casos en que podemos coincidir todos en cómo se dan las cosas. Decir que el sol sale por el este y se pone al oeste no es cuestión de sentido común, pues se basa en convenciones astronómicas. Peor decir que no es el sol sino la tierra que gira. Quizá deba cuestionarse la cosmología galileica. Pero que vemos salir el sol de un lado y ponerse del otro, ése es un dato de sentido común y es razonable admitirlo.

    Mientras escribo, me enteré hace poco de la muerte de Quine: si ha habido un empírico, es él; tanto que llegaba a decir que el mismo significado de una palabra, a fin de cuentas, estaba ligado a nuestra regularidad de respuesta a un estímulo. Pero si ha habido un pensador convencido de que cada verdad nuestra no se presenta sola, sino ligada a un complejo de convenciones culturales, también es él. ¿Cómo mantener juntas estas dos posiciones aparentemente contradictorias? Porque sabemos por experiencia que nos caen gotas de agua en la mano, y afirmamos por convención cultural que probablemente llueve. Si antes de discutir qué significa "lluvia" meteorológicamente hablando, dos personas admiten de común acuerdo que les caen gotas de agua en la mano, tenemos a dos buenos iluministas mínimos.

    Es famosa, de Quine, la historia de Gavagai, que relato libremente. Pues bien: un explorador que no sabe nada de la lengua india, al pasar un conejo entre el pasto, lo señala con el dedo al nativo y éste reacciona con "gavagai". ¿Quiere decir, quizá, que para el nativo "gavagai" significa conejo? No es seguro, podría significar animal, o conejo que corre. No importa, se repite la prueba mientras pasa un perro o cuando el conejo está quieto. Pero, ¿y si el nativo hubiera entendido con "gavagai" que estaba viendo el pasto agitado por el movimiento del animal? ¿O que frente a sus ojos se estaba produciendo un hecho espacio-temporal? ¿O que le gustan los conejos? Moraleja: el explorador solamente puede hacer hipótesis y construirse un manual propio de traducción, que tal vez no sea mejor que otro (lo importante es que presente una coherencia).

    El buen iluminista pondrá en duda todo posible manual de traducción. Pero no podrá nunca negar que el indígena dijo "gavagai" y que no lo dijo mientras miraba el cielo, sino justamente mientras dirigía los ojos a ese espacio en el que al explorador le había parecido ver un conejo.

    Observen que esta postura es suficiente incluso para los debates más trascendentales. Que tenga razón el Papa cuando sostiene que los embriones ya son seres humanos o Santo Tomás cuando afirma que los embriones no participarán en la resurrección de la carne, es materia de cultura. Pero es materia de sano empirismo reconocer, de común acuerdo, las diferencias físicas entre un embrión y un feto. Después, calculemus.

    ¿Hay una ética no trascendente que todo buen iluminista mínimo debería reconocer? Pienso que sí. En general, un ser humano querría tener todo lo que le gusta. Para eso debería sustraérselo a cualquier otro ser humano al que le guste la misma cosa. Para evitar que después el otro se lo sustraiga a él, la solución más cómoda es matar al otro. Homo homini lupus y que gane el mejor. Pero esta ley no puede generalizarse, porque si mato a todos me quedo solo, y el hombre es un animal social. Adán necesita al menos a Eva, no tanto para satisfacer el deseo sexual (para eso le bastaba una cabra) sino para procrear y multiplicarse. Si Adán mata a Eva, Caín y Abel, es un animal solitario. Si Eva e hijos lo matan a él, peor todavía.

    Por lo tanto, el hombre debe negociar benevolencia y mutuo respeto. Debe, por ende, suscribir un contrato social. Cuando Jesús dice que amemos al prójimo y sugiere no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros, es un iluminista óptimo (lo es casi siempre, excepto cuando sostiene que es hijo de Dios —porque ésa era una evidencia empírica clara en todo caso para él, pero no para los otros, y por ende no podía basarse en la racionalidad sino en la fe). El iluminista considera que se puede elaborar una ética, incluso muy compleja, incluso heroica (es justo por ejemplo morir para salvar la vida de los hijos) basándose en el principio de negociación necesaria.

    Por último, el iluminista sabe que el hombre tiene cinco necesidades fundamentales (por el momento, no logro encontrar más): la nutrición, el sueño, el afecto (que incluye el sexo, pero también la necesidad de vincularse por lo menos con un animal doméstico), el jugar (o hacer algo por el puro placer de hacerlo) y el preguntarse por qué. Los puse en orden de irrenunciabilidad decreciente, pero es cierto que hasta el bebé, una vez que se alimentó, durmió, jugó y aprendió a identificar al papá y la mamá, apenas crece pregunta el por qué de todo. Las primeras cuatro necesidades son comunes también a los animales, la quinta es típicamente humana y requiere el ejercicio del lenguaje. El por qué fundamental es por qué las cosas son. El filósofo se pregunta por qué es más el ser que la nada, pero pregunta igual que lo hace el hombre común cuando se pregunta quién hizo el mundo y qué había antes. En el intento por responder a esa pregunta, el hombre construye a los dioses (o los descubre; no quiero abordar cuestiones teológicas).

    Por ende, el iluminista, entre otras cosas, sabe que, cuando el hombre nombra a los dioses, el hombre está haciendo algo que no se puede tomar a la ligera. Nuevamente, el iluminista sabe que la forma de un panteón es un fenómeno cultural, que se puede criticar, pero que la pregunta que lleva a la construcción del panteón es un dato de naturaleza, digno de la máxima consideración y respeto.

    Estaría, pues, dispuesto a reconocerme iluminista, hoy, en esas condiciones irrenunciables. Si así está bien, me inscribo.
    (c) La Repubblica y Clarín, 2001. Traducción de Cristina Sardoy.