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Direción de la autora Escribir un mensaje a Alicia Genovese



Anónima

vete Federico a la cruzada
si regresas
asaré carne de venado
y sonreiré junto al fuego
al verte desgarrar
un muslo entre los dientes
tu barba crecida
XXXxcon olor a pólvora

vete a mí me toca
raspar con arena
XXXXiel tizne en la marmita
cuidar a los niños
de la fiebre azul
cuídate tú también
XXXXXXdel escorbuto

ojalá tengáis tiempo
de inventar la penicilina

vete tranquilo
los hombres que se quedan
rimarán mi lamento
y mi dolor suspendido
XXXXXXXXXXde un gancho
como una res
o una brillante cacerola





Carmina de goliardos

el vino no es para las mujeres
XXXXXXse les ha prohibido

pero aquellas risas
XXXXXXXXdesde la cocina
aquellos agujeros escondidos
XXXXXXXXXXXXen los toneles

en la cama una mujer
XXXXXXse vuelve líquida y roja





Museo I

Chicago
una tormenta de nieve
quizá la única vez en mi vida que usé sombrero
XXXXXXera negro y las alas
XXXXXXxxxxxse acomodaban hacia abajo
XXXXXXen forma de ondas

en el museo el hombre de la guitarra azul
el de Picasso el de Wallace Stevens

alguien habla del poema
en un inglés sudamericano
y soy yo

alguien recuerda
la reproducción de Picasso
XXXXXXavejentada en un living
y otra vez

nieve que se inicia
XXXXen las mismas calles
lo visible aquí
XXXXxexpande
xxxxxuna callada euforia:


los originales
XXXXXXel sombrero
XXXXXXsobre la primera persona
esa aparente pérdida
XXXXXXXXbajo la novedad o su pudor





La obturación

más tarde volverá
XXXXXXXXa escribir
lo que ahora tacha

dejará de pelear

quizá olvide lo tachado
pero no aquel movimiento
donde la memoria
XXXXXXempuja ciega

sobre el silencio de lo borrado
se reanuda
hojas retoñan
XXXXXXen el tallo del rosal
la poda dejó cortes al sesgo

la luz del jardín amplifica
XXXXXXXXXXno selecciona
XXXXXXXXXXno descarta





Lo natural, lo artificioso

pensó que una bandada
XXXXXXxxxxde pájaros azules
XXXXXXera lo natural
que nadie del lugar
XXXXXXXXXse asombraría

en la segunda primavera
sólo alguna mancha azul
XXXXperturbó los árboles
XXXXXXXXXcomo un artificio



de Anónima, Ultimo Reino, 1992


La conversación

Hablar
como si el murmullo fuese
el aire que azora
XXXXXX las cortinas
como si el lenguaje
armase y desarmase el movimiento
en los pliegues del voile
o abriera postigos
XXXXXXa una orgullosa camelia
XXXXXXa una olorosa dama de noche
Hablar
hasta el roce
que reacomoda
la voz
hasta que algo como caballos desajustados
contraviene
la elegancia del encuentro
o interrumpe
el sueño de normalidad

Campo magnético
XXXXXXxxxdonde el mundo gira
y el cuerpo
xxxpor la interdicción arreciado
se recorta
XXXXXX como un bajorrelieve medieval
XXXXXXXXXXXX en su pasión
la conversación,
universo colapsado
por el gesto de las palabras
La mirada mínima
desde una caja negra




Boceto, espacio provisorio

De hojas, el único
movimiento en el fondo
y un primer plano de figuras
impostadamente quietas
XXXXXXen un borde filoso
XXXXXXen el frescor de un contacto
que lo visible omite;
saturación
de polen disperso el aire
No eran tilos
XXXisino plátanos
la causa de las alergias
cuidarte podría
o ser cruel
si lo acabado reemplazase
la perturbación del movimiento
XXXXXXXXXXXXXXXXen el fondo
las hojas
La risa, el agua, si algo supiese
saltar o fluir
pero un alacrán da vueltas
en un círculo de fuego
y el follaje no abre un cauce
xxxdespliega la atracción
xxxen un acontecer de plantas carnívoras
Lengua
contra el paladar
como una playa amarga
la boca
La risa, la risa
XXXXXX incontrolable y sombreada
toca
el aire deseoso
XXXXXXXXiy lo retiene
Quo vadis cuerpo
en el caos del verde humedecido
solo
corazón




Arces

Escribir otoño, el paisaje
los bosques de arce en Quebec
rojo llameante de las hojas
última pasión en el aire
leve de octubre. Relámpago
amarillo sobre el verde
aún,
el verde. Luz que inicia
su apagamiento hacia
el estupor del frío denso,
las nevadas

Ultima pasión flameante
en los arces
carente de congoja
salto apabullante de las ramas
corte de toda distancia
la mayor cercanía, lo más abierto
y múltiple, en el follaje
la confusión armónica de los cambios

Nada ha muerto aún
hay un final
que el fuego anticipa
en su terrible delicia, arces
Llegaré a Montreal
cruzaré de nuevo el río
el goce boscoso
y esta alteración
imperceptible que es mi aliento
mi ruido de viaje en los oídos
una aireación insensata
de la piel, boca voraz
y transpirante
un bosque de arces, una extranjera
intenta atraer la imagen
hasta su respiración regular
Bosque, eso que rompió
la postergada dicha
esa campana que hizo del aire
y de mí un hueco retumbante
eso que toqué y se encanta
en mi ojo táctil
¿era tu corazón?


de El borde es un río, Libros
de Tierra Firme, 1997


Puentes

Puente Avellaneda, Pueyrredón
Puente Alsina cambiado el nombre
en los mapas,
por el mismo zanjón del Riachuelo
Puente La Noria. Pasajes
al otro lado de la ciudad;

no son postales congeladas
mis idas y vueltas
sino pigmentos tornadizos
como la capa de asfalto
El paso capturado y la mirada
en la misma
agua grasosa que no absorbe
el desecho químico. Amargor
que queda flotando en la superficie
como en el cuerpo
lo inasimilable

Hay un pozo imantador
en este cruce
de puentes suburbanos
que en cada pasada
me desvía
hacia tiempos suspendidos
como hacia un carril
de detención
Petróleo muerto, desgastes
erosión obsesiva
que no ha logrado disolver
cierta hora de niebla temprana
y cielo opaco para llegar
al sitio de los comienzos
Más allá, del otro lado
el viento para en los oídos
y empieza la gravedad, la filigrana
de pequeños actos perecederos
y su trazo enmarañado
Pero aún sobre el puente, suspensa
puedo asir del trayecto
el goce a futuro
de la expectativa,
ese rocío ensoñado que fue
siempre a escondidas, una forma
instantánea de felicidad

Napas geológicas de la memoria
en la napa oscura de río, mezcla
donde no llegan grandes obras
de saneamiento
y ninguna partida es concluyente

Manchas de brea y plomo
paisaje quemado que tiembla





Puente Alsina atravesado
desde la ventanilla del trolebús
con los ojos de nena saltones
Cinco años, seis,
la madre hacía malabares
con los paquetes de costura
lista para entregar
al fabricante
Los mayores decidían
como otra orilla
la zona diferida de respuestas:
más tarde, un día
tal vez la próxima quincena
Pero la vista del puente
y el resonar de los neumáticos
en los férreos encajes
eran la inequívoca señal
de que llegábamos;
la espera disuelta
en ese breve tránsito, ese voceo festivo
de arribos y vendedores ambulantes;

me contaban cómo en el `55
levantaron los puentes y paraban
a los obreros encolumnados
que venían de curtiembres
y frigoríficos del sur,
después los vi
aislando la ciudad
durante un golpe
parecían miembros deformes
las vigas metálicas alzadas;

me negué a coser
a ser mi madre:
hierro apuntillado
en la orfebrería de Puente Alsina,
criar mujeres fuertes
y que todo pase
por ellas. La entereza,
un modo de hacer la continuidad:
entregar, y decir
en diferido;

pero ávida
la hija huye para desear

el puente se tiende
fuera de sí
se abre al llamado
de la autopista
boca húmeda del camino
borde apenas rojizo
donde sólo cuenta
tu disposición
para el presente. Armar
con lo que haya
la fogata, el festejo
hacer de lo quieto
fruición. Desarreglo
del movimiento constante
y pérdida

perderse

cruzar un puente
en tierra extranjera
no es costoso
no acarrea pasado;
cada tramo suelta una amarra
como un deshecho
de inútil identidad
cada lugar donde amaneces
reclama el cuerpo,
su piel nocturna empacada
junto con sábanas y trastos,
despegada. Rielar
en la materia nueva que se interroga
y devuelve descontrolado
el propio yo

El puente es el lugar del nómade
la única construcción que se permite
su fuga, su visa
su salvoconducto

De Colorado recuerdo
un pueblito fantasma
abandonado al correrse
la frontera del oro:
mecedoras quietas en los porches
sin peso, sin cuerpos;

carril de detención,
en tu zona de baja velocidad
tu pueblito fantasma,
espacio sobrecargado
y nadie, lugares
de mala combustión
Retardo, retorno
al paisaje ausente,
sustancia que no termina
de entenderse con el agua
ni se deja dócil traspasar

Pasos del Riachuelo,
garganta de agua pesada
que me vuelve
costosamente a mí



(fragmento) de Puentes, Libros de
Tierra Firme, 2001



Azar y necesidad del benteveo

Cualquiera diría que
con el follaje nuevo
con los despuntes verde agua
sobre el marrón traslúcido
de los troncos
volvían los pájaros
o mansa, la primavera se cumplía
más visible
en este extremo de la ciudad
Pero unas semanas atrás
había que ver a aquel benteveo
sobre el palo pelado de los árboles
golpeando las ramas
con su pico y su canto
como si ya oliese en la madera
la savia estallante
o incitase a las resinas
a hacer su trabajo
No por eso
habría que convertir
en causalidad el azar
distorsionar la materia,
el simple canto;
pero las azaleas de octubre
florecieron en septiembre
y las camelias extendieron su rito
de reinas invernales a pesar
del verde profuso
El benteveo con sus gafas
negras, como de pájaro
egipcio o maquillado
no ostentaba señas;
el inferos, lo celeste
eran datos de otro orden
para la oscuridad de los ojos
Algo ocurría y el benteveo
era el eslabón inestable
sobre la sequedad,
el desvío que anticipaba
con el enlace de hojas,
otros pájaros;
una de esas fluctuaciones
en las que el azar,
más imprudente,
altera la objetividad,
corrobora el cambio
La imagen del benteveo
en retrospectiva,
también, se arbolaba:
subía desde la memoria
a la flecha del tiempo
En ese terreno casi baldío
que para queja de los vecinos
permanecía dejado a su suerte
la naturaleza resolvía
su quehacer
necesario y fortuito
previsible y alterado
Baldío, también
el lugar donde una imagen
era raíz, si albergada,
y luego árbol deseado
no sólo entropía
y espontánea destrucción
En las notas repetidas del benteveo
esa composición que reordenaba
monótona los mismos elementos
en ese acorde exaltado; inexacto
al acompasar los duros golpes,
las ramas secas fueron
transitoriamente inertes
cumplidamente invernales





El árbol alto

Desde un elevador mecánico
en el cantero de la calle serrucharon
las ramas de un árbol enorme
Tajeado,
bajo el devaste tosco
de la sierra, mieles
de leves roces,
irresueltas libaciones
se le derraman hacia adentro
inapropiadas; como él mismo
fuera de lugar
Silencio
de su rumoroso modo
de su abundancia
vuelta aridez,
destilación
de agrios deseos sin cumplir
Si el pasado comenzase
legalizaría
la sensual turbamulta
que el presente corta,
derrumbe del ramaje
Melancolía
es pudor, interrupción
de lo abierto,
ropaje enternecido
donde no puede el reproche
Un árbol alto,
de bosque; su corazón
no halla sombra





El pájaro oscuro

En la luz enceguecedora
de la media mañana
un pájaro oscuro
sobre los arbustos;
un tordo, quizás, aunque no es
definitivamente negro;
al ladearse parece
tomar un color: un veteado
azulino en las alas;
no es el cuervo de Poe,
no es el mirlo de Stevens,
es lo que llega, impreciso
sin nombre
y el lugar adquiere
movimiento,
se posa y deja
como semillas el alerta
de lo recién tocado;
se acerca a los sauces
y en su plumaje, el verde;
otro filtro de ramas
en el mismo
tafetán cambiante:
tordo, azulejo, mirlo del sur,
se tornasola sin respuestas
como los ojos
que dan felicidad;
es un brujo de tribu
señalando con el vuelo
la vigilia del paisaje
Lo sigo
sin lograr fijarle
identidad;
un pájaro oscuro
que en la química del día
escapa de lo exacto;
conocedor de follajes
y de espejos ilusorios
burla mi percepción;

gira la cabeza, me ha visto,
abre vuelo entre las cañas
y se va, poderoso
inclasificable





El baño

Hay una ducha al fondo
de la casa
y cada tardecita
después del calor, el río
los mates, las conversaciones
sudorosas en el porche
es la hora del baño
Atravieso los ligustros
dejo la toalla en una rama
el jabón
sobre un tronquito
hachado al ras; un mínimo
preparativo antes de hacer
correr
el agua
Fría al comienzo
después más tibia
llega la que el sol
abrasó en el tanque
de fibrocemento
el día entero
Al aire libre
la caña de ámbar
vuelve encantamiento,
el rito diario;
me lavo la cabeza
me bajo los breteles,
la malla y vigilo, casi
con inconsciente cuidado
que los sonidos sean
los habituales:
algún zorzal
que levanta vuelo
una gallineta que picotea
las últimas migas
en el pasto, esa quietud
atardeciendo
las casas vecinas
y la variedad inabarcable
de hojas y ramas en el monte
extasiadas rozándose
Me enjabono
la espalda, los hombros
arden y otra vez el agua
reciben plácidos,
más sensible
el borde sin solear
del cuerpo siempre enmallado;
los pelitos de la vulva emblanquecen
con la sedosa jabonada
y los pezones se agrandan
bajo las marcas
geométricas del escote
Abro por completo la ducha
y el caudal
cae a brochazos
casi helada me apura
fuera del letargo
de la respiración;
hasta que cierro y vuelvo
al calor de las telas
al sigilo en la toalla
mientras el agua
por la zanjita
perfumada corre
como un suspiro aliviado
como un instante amoroso
y su exigente vigilia
No sabe nadie
nadie presencia
mi tarde detrás
del arroyo;
piedrita que alguien regala
y al aceptarla toma
la forma de tu mano;
no tiene valor
no se cotiza
ni siquiera se pone
en una vitrina
de objetos exóticos;
se vive con poco
con nada
se hace un reino





de Química diurna, Alción, 2004





Alicia Genovese :: Poeta argentina
Copyright Alicia Genovese 2006